Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

A JONATHAN… aquel niño que un día fue mi hijo.

 

El crujido de la mecedora al balancearse se escuchaba como una delicada música por cada rincón de la habitación. Mientras tanto, los ojos cansados de aquel hombre seguían fijos mirando la única parte del cielo que se podía observar a través de la vieja ventana de madera. Con toda probabilidad, se encontraban en ese lugar perdidos mientras su mente, como venía haciendo desde hacía veinticuatro años atrás, volvía a recordar las ya tan desgastadas imágenes que a tan buen recaudo guardaba ya no solo en alguna carcomida neurona, sino que también lo hacía en la parte más oculta de su corazón, allí donde nadie podía mirar, allí donde solo él podía entrar. Al final, y como también era habitual en esos íntimos momentos, sus párpados caían sin que apenas el hombre se diera cuenta y era entonces, cuando aquellas viejas imágenes se volvían nítidas hasta el punto, que parecían de una realidad aplastante.

Un niño con amplia sonrisa corría con la emoción reflejada en su rostro, era como si de pronto, se hubieran abierto unas grandes puertas y sin más, hubiera aparecido ante los ojos infantiles todo un mundo mágico. Detrás de él, el padre trataba de darle alcance, sin embargo, tal era la emoción y la alegría de ver aquel lugar que el niño, a duras penas atendía a razones. ¡Habían llegado por fin a la estación! Lo que para muchos no era más que una simple estación de trenes de cercanías, para aquella criatura en concreto, era un mundo tremendamente especial. Los trenes se alineaban uno al lado del otro mientras en silencio, esperaban la hora de su partida. La gente iba de un lugar a otro ajenos por completo a lo que pasara a su alrededor. El niño, ante semejante espectáculo, explotaba en emociones contenidas, gritando y saltando mientras indicaba a su padre con el dedo la dirección donde los trenes estaban colocados, y lo hacía gritando con la emoción que le provocaba el momento. ¡Mira papá… mira papá!>> Y a su vez, a aquel orgulloso padre se le ensanchaba el pecho para poder dar cabida a tanta felicidad. Era como si el hecho de estar en aquella estación, o el saber que en un momento estaría en el interior de uno de aquellos trenes, fuera el regalo más preciado que jamás alguien le pudiera ofrecer. Su padre, ya con él de la mano, lo sabía… en silencio lo observaba de reojo mientras comprendía qué era el verdadero significado de la palabra felicidad al observar el rostro de su pequeño. El niño tiraba del padre ya sin poder contener el ansia que le provocaba subir en el tren.

Una vez en el interior, ocurría lo que era de suponer. El pequeño de cabellos rubios y ojos avispados se sentía como el rey del universo. Sus pupilas se dilataban para poder observar todos y cada uno de los detalles que en aquel viejo y destartalado vagón pudieran haber. Sus pequeñas manos tocaban como incrédulas los asientos uno por uno, los cristales de las desgastadas ventanillas, mientras pegaba la cara al cristal y se llenaba de vaho alrededor suyo sin que eso le impidiera observar con orgullo el exterior, como si él, y sólo él, fuera el capitán de una poderosa nave. El padre lo miraba sabiendo que de nuevo, se sentía el rey, aún mucho más que antes, pues ahora veía a muchas personas fuera del vagón del tren andando de un lugar a otro y él, se encontraba allí dentro. Él, y no todo aquel gentío iba a viajar en el tren. Él y nadie de cuantos veía, iba a pasar el fin de semana junto a su querida yayita Toti… Él y solamente él, iba a disfrutar junto a su padre como sólo ellos dos sabían hacerlo. Como siempre que uno y otro estaban juntos, descubrían. Tal era el punto de complicidad de ambos, tal era la pasión del uno por el otro, que quienes les conocían, sus más allegados, decían del niño que estaba empadrado y, del padre, que parecía que únicamente él tuviera hijo y los demás no.

Aquellos viajes que durante casi tres años pasaron a ser como un ritual, algo especialmente sorprendente que se repetía el noventa por cien de todos los fines de semana, formaron parte de los tres años más felices de aquel padre.

Seguía el acompañamiento del ruido de la mecedora en su pausado ir y venir mientras que el hombre, con las manos inconscientemente apretadas con extrema fuerza al apoyabrazos, seguía con los ojos cerrados mirando en su interior, una y otra vez, aquellas deliciosas imágenes. Veía como una vez en casa de la abuela, el niño corría de un lado a otro sin perder en ningún momento la sonrisa. Sus sonoras carcajadas empapaban cada rincón del hogar de su abuela mientras jugaba con su tío, o hacía rabiar a su tan querida yaya Toti. Todo eso, sin perder de vista ni un solo momento a su padre, al cual, no tardaba más que un segundo en ir en su busca si veía que no se encontraba cerca de él.

El hombre, sin dejar su balanceo, abrió los ojos por un instante. Notó como una furtiva lágrima se escapaba resbalando con total libertad por su ya muy cansado rostro. Fue el preciso momento en que apareció ante él aquello que siempre que padre e hijo se encontraban sucedía. Vio con toda claridad, como si estuviera sucediendo en ese mismo instante, cómo el hombre se agachaba cuando iba a recogerlo y abría los brazos de par en par mientras el pequeño, al verlo, echaba a correr hasta rodearle el cuello con sus pequeños brazos y, tal era el ímpetu del niño que ambos caían al suelo envueltos en un fantástico abrazo, uno de los que puedo asegurar, nunca más aquel hombre recibió.

Pues el niño, a los cuatro años de edad, desapareció de la vida de aquel hombre para siempre.

Aunque la búsqueda fue intensa, y ni que decir tiene, que lo sigue siendo, no dio fruto alguno… Alguien muy cercano a ellos cumplía a rajatabla la promesa realizada al hombre…

(Si algún día te separas de mí, te quitaré lo que más quieres en este mundo)… Aquellas malditas palabras volvieron a sonar una vez más en su cabeza como si fueran acabadas de pronunciar, con la fuerza de un tornado, como si una gran lápida de toneladas de peso, cayera sobre él en ese instante volviéndolo a dejar nuevamente destrozado. Y así fue. Lo que más amaba, lo que más adoraba, su pasión, el ser por el que hubiera dado la vida, había desaparecido como por arte de magia para ya nunca más volver.

De nuevo, una vez más, sintió cómo nuevamente se le desgarraba el alma, si es que en verdad, quedaba algo de ese alma por desgarrar.

Después de muchos años de batalla, cuando por fin se dio cuenta de que todos sus esfuerzos eran inútiles, y que por más que buscara, preguntara, investigara, indagara, revolviera el universo poniéndolo incluso boca abajo, no había forma de saber el paradero de su querido hijo, su corazón se detuvo y ya, nada fue igual. El mundo se había parado bruscamente y él, se había apeado de un viaje que al final, lo condujo al infierno del dolor.

Sus párpados ahora empapados, caían de nuevo apretando con fuerza el dolor que le provocaba recodar aquellos momentos vividos con su amado hijo.

Veinticuatro años después, seguía igual que el primer día, con el mismo amargo sabor de boca, con el mismo dolor instalado en su corazón, aunque ahora ya sin alma pero con la misma angustia de imaginar que ya, nunca más, volverá a tener ni uno solo de aquellos abrazos, que jamás, volverá a escuchar aquella contagiosa sonrisa, que en ningún momento disfrutará de la compañía del ser que tan feliz le hizo, ni de la complicidad que ambos tenían…Desde hace veinticuatro años, sigue llorando la ausencia de un niño que ya se ha convertido en todo un hombre sin saber quizás, si él existe, y tal vez, ni recuerde ni un solo momento vivido con aquel hombre, el mismo que una vez fue su padre, el mismo que lo amó hasta la saciedad desde el primer instante en que nada más nacer, y aún cubierto de suciedad, su abuela lo depositaba en sus brazos…

Y todo, por el cumplimiento del juramento de una persona en particular…

(Si algún día te separas de mí, te quitaré lo que más quieres en este mundo)…

El hombre abrió los ojos y volvió a mirar a través de la ventana con el rostro empapado en lágrimas. Respiró profundamente y en silencio, intentó recomponer su desgastado corazón que tan añicos está ya hecho… como hace siempre, como sucede todos los días desde hace veinticuatro años… 

Sabe que a estas alturas de su vida, ha perdido hasta casi ya su orgullo, pero aún está seguro de que si un día, Dios le permitiera volver a verlo, se sentiría muy orgulloso de él, de su pequeño ya… gran hombre.

Jose Perales

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Comentario por Jose Perales el diciembre 4, 2012 a las 7:34pm

Bueno, sinceramente no sé que decir. Estoy emocionado por haber recibido vuestro reconocimiento a mi relato. El premio, ni en sueños lo esperaba, sé que estoy rodeado de muy buenos escritores y yo, creo que estoy muy por debajo de muchos de los que estáis aquí. Aún me queda mucho por aprender.

Os agradezco de corazón esta mención honorifica y vuestros amables, cariñosos y bellísimos comentarios. Un muy sincero abrazo a todos.

Comentario por Isabel Guisasola el noviembre 24, 2012 a las 11:20pm

José impactante relato.Me he quedado muda.La vida es noble y dura a la vez .Las personas actúan por su propio egoísmo y no piensan en el terrible daño que ocasionan a veces para siempre. Me ha gustado mucho tu hermoso y sentido relato gracias por compartirlo José.Un cordial saludo.

Comentario por Camila Ardila el noviembre 24, 2012 a las 8:58pm

Que precioso relato amigo... realmente me dejaste unos instantes con la mirada perdida... y con esa esperanza de si DIOS lo permite volver a ver ese niño, pues se sentiria orgulloso, ya hoy estaria hecho todo un hombre.

Que hermoso sentir...

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