Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Causas y efectos del amor

Siempre esperaba que él saliera y para ello me sentaba a la mesa del café de la esquina desde donde podía verse la entrada a los departamentos donde ella vivía, después de ver lo partir demoraba por unos instante para ir a su encuentro, siempre existía ese resquemor de que él pudiera regresar. Tomaba valor y cruzaba la calle, inconscientemente cuidándome de no ser visto.
Desde el portero eléctrico me anunciaba con tres timbres largos, sonaba la chichara de la puerta y corría escaleras arriba hasta el segundo piso , con ansiedad esperaba que ella me abriera, siempre demoraba en hacerlo, yo suponía que algo quedaba por arreglar, ya sea el pelo el rubor de las mejillas o simplemente un perfume que no terminaba de convencerla. Como un intruso espera asechado por el miedo sintiéndome perseguido en la presencia de algún vecino chismoso que siempre acuden al timbre del de al lado, convenciéndose vaya saberse de que, creo que por una curiosa manía es que se actúa así, en los que me incluyo.
Ella abría la pesada puerta ,y desde la luz de la ventada que se estallaba sobre su cuerpo la veía majestuosa y bella, corría a mis brazo posesionándose de mi boca asiéndome callar de cualquier intento de decir algo, luego se alejaba de mi unos pasos y giraba sobre sus torneada figura asiéndome notar todo cuanto me podía brindar , tomándome de la mano me invitaba a seguirla recorríamos despaciosamente el amplio departamento con la intención de hacerme notar que todo estaba en su lugar “ a solas me preguntaba sus razones y llegaba a la conclusión que en ello se mostraba mujer y esposa dueña de su espacio segura de darme todo aquello de lo era capaz para entregarse en cuerpo y en alma.
Un café con espumosa crema nos separaba por un breve instante, sus delgadas y finas manos entrelazas a las mías me retenían en un sudor tibio que me elevaban asiéndome y sintiéndome más bueno, mientras dos alucinados ojos negros me miraban formulando preguntas, interrogándose los porque, de ese inmenso amor. Momentos necesarios para relajarnos y dejar de lado los temores y los remordimientos, de mi parte siempre pensé que él desgraciado se lo merecía , mientras ella en reiteradas ocasiones se mostraba arrepentida interrogándome si hacíamos bien en mantener aquella relación , yo callaba y la dejaba convenciéndose que lo importante era el momento, después reía y agregaba ya más segura - bueno que se joda, mira lo que se pierde- luego , con desenfado pasaba sus manos de arriba abajo por las sinuosas curvas de su cuerpo.
Como en un soléenme acto reiterábamos los movimiento día tras día, ella venia hasta mi. se sentaba sobre mis piernas y se enrollaba a mi cuello, en silencio se quedaba aferrada a mí piel que la consentía, no hacían falta las palabras cada uno daba lo mejor de sí , era ese el momento , quizás en el lugar equivocado pero era el instante en que nos consentíamos sin reproches ni preguntas sin pasado ni mañanas los dos lo sabíamos y disfrutábamos de nuestros cuerpos, de sudores y agitados latidos que amenazaban hacer estallar nuestros corazones aliados para un mismo fin, el de amarnos hasta reventar si era preciso.
Terminado el café nos dirigíamos hasta el cuarto principal , donde ella se despojaba lentamente de sus ropas en un sugestivo y provocador ritual de deseos que enardecía mi sangre, me trastocaba y confundía verla caminando lentamente por el cuarto acariciando las cosas con la suavidad de la ternura y en el tacto frágil de las caricias asiendo prolongar el momento mostrándose frágil, su voz cambiaba de tono en la respiración agitada de una boca humedecida de ansiedades reteniendo palabras , dejando escapar minúsculos sonidos en la armonía de los silencios que partían en pedazos el momento. El fuego en llamaradas ocultas invadía sus manos que en la levedad del momento recorría mi cuerpo pedazo a pedazo dejando sus huellas en el mordisco lacerante de su blanca y filosa dentadura y en el paso raudo de su saliva con sabores de sales y con aromas a pétalos de rosas.
El cielo al alcance de mis manos y el corazón activo me llenaba de felicidad. Respiraba un aire fresco y mis ojos embellecían los grises del dolor postergando la tristeza para cuando la fragilidad del cristal estalle volviéndome a la realidad. Por entonces disfrutaba vivir, vivir para entregarme en la plenitud consiente de quien ama a destajo sin importarle nada.
Con arrepentimiento y dolor recuerdo aquel día en que por primera vez murmure un no, la retengo en la memoria del tiempo, su rostro transfigurado de tristeza contemplándose en el borroso espejismo de lo algún día fui, después, borre las palabras de mi memoria aislándome en la negación. La libertad de mis actos amenazada no pudo soportar aquella realidad que se sustentaba desde la lógica de los hechos, cuando murmurando me digo casi alucinada -vamos a tener un hijo- y llevo mis manos hasta su vientre latente de vida producto de un amor inconcluso que se rompió al segundo siguiente en que la cobardía y la irresponsabilidad se posesiono de mi inconsciencia.
La deje sin decir palabras y sin adioses, el silencio frio y mortal acudió a la cita acomodando mentiras, justificando razones inexistente en donde resguardaba mis bajezas. Le di la espalda huyendo de todo cuanto me aprisionaba, y en mis débiles razones creí encontrar la repuesta y la deje partir llevándose lo que más amaría en la vida. Ayer vino hasta mí, me llamo papa y me conto de ella. - Esta tan vieja como vos- me digo casi con dolor- y ahora más sola que antes, cuando partiera el que la perdono…

Rolando Bebel

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