Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.


CUANDO COMENCÉ A AMARLA

Colgada del barral del colectivo dejaba caer su cansancio sobre un diminuto cuerpo adormecido de horas y trabajo, la vi sobre su espalda buscando diferentes posturas para descansar del largo viaje. Sentí una dulce y tierna pena, la invité a sentarse, escuché su voz murmurando silencios en unas lánguidas gracias, señor. 
Acomodó su pequeño cuerpo mientras miraba en lejanías un paisaje repetido; después, el cansancio. Cerró los ojos, y me propuse a adivinar lo que soñaba. Una mueca angelical dibujó una sonrisa. Dormida, parecía un pichoncito desvalido en un frió vendaval, una torcaza frágil acurrucada en sus alas en un despiadado invierno de dolor. 

Pasaba el tiempo, y seguía contemplándola, esperando a que despertara antes de descender, pero no sucedió. Llegó el turno de apearme y me llevé enmarañadas sensaciones que no alcanzaba a discernir. Toda ella se quedó pegada a mí y en las ganas de volverla a encontrar. 

Quiso el cielo que aquella mañana la volviera a encontrar en el andén. Era inconfundible su pequeña figura aniñada, trasparentando ternura en esos ojazos negros que se posesionaban de su infantil rostro. Estaba allí quieta entre la gente. Vestía de dolor y pobreza. Una carita de piba buena pintaba de pálidos matices su bella juventud. Me entristeció, sentí pena de verla aislada del mundo. Fui hasta donde estaba con la esperanza de que me reconociera. Me detuve frente a ella, me mostré amable esperando una palabra, un gesto para saber si se acordaba de mí. Cuando creí que todo estaba perdido… ¡sorpresa!
- ¡Hola! ¿Cómo estás? -murmuró con un poco de vergüenza. 
Me alegró oírla, me entusiasmó la idea de poder viajar a su lado y de tenerla sólo para mí. Aún no sabía cómo ni por dónde comenzar.
- ¿Hasta dónde vas?- pregunté sin insistir.
- Bajo en Flores; y de ahí, “el cole” hasta Belgrano.
- ¿Trabajas por allá?
- Si, en dos casas. Después, a la facultad a estudiar. Tengo que rendir.
No supe qué decir. Grande fue mi sorpresa, no podía suponer que detrás de un gris retrato, existiera tanta belleza iluminada de dignidad y sueños.
- ¿Qué estudias? -balbuceé confundido.
- Estoy en cuarto año de arquitectura. El último año y, después, a trabajar en lo que más quiero.

Me hablaba y la soñaba recorriendo las obras, subiendo y descendiendo escaleras, volviéndose lejana y distante de mis sueños. Mezclada entre los hombres, oyendo otras voces, observada de otras miradas. Una pizca de celos ruborizó mi cara. Me recompuse y traté de seguir charlando. Después, ella agregó.
- Y vos, ¿qué haces? 
- Trabajo, nomás 
Se quedó mirándome, esperando que terminara de completar la frase. Me volvió a mirar, y supuse que debería agregar algo más.
- En un comercio, dejé Derecho en el segundo año. Cuando me di cuenta que no me gustaba, ya era tarde, y seguí en esto.

El tren se fue llenado, y nosotros nos fuimos juntando un poquito más. Sin proponérmelo, me di cuenta que mis brazos, en el pretexto de socorrerla de las bestias matinales, la abrazaban contra mi cuerpo. Pequeñita y frágil se dejaba estar acurrucada en mí, la percibía latente y viva. Un calor de tibio aliento llegaba hasta mi boca cuando alzaba la cara buscando mis ojos para quedarse en ellos. Levantó el rostro enrojecido de apretones y empujones; y desde los confines de mi mente y en cada latido de mi corazón, creí oírla decir: “sálvame, llévame lejos, déjame a tu lado y abrázame más fuerte”. Eran sólo deseos que llegaban del inconsciente de mi ansiedad por meterme en ella y hurgar en su alma para sentir plenamente la vida. 
En el borroneado cuaderno de su cara me imaginaba andando la ciudad, mostrándola. Contándole a la gente que era mía, sólo mía, pensaba embriagado de deseos. Volví a la realidad, y allí estaba ella esperando que descendiera del mágico mundo en el que viajaba estremecido de amor y cautivo de agitados pensamientos.

Llegamos a su parada. Me atreví y descendí, tomé coraje para pedirle si podía acompañarla. Ella, sin sorprenderse, agregó.
- ¡Veni, vamos! 
Caminamos despacio, apretándonos por las estrechas veredas. Tomé su mano y un sudor de ganas envuelto de sentimiento, me hacía feliz. Después me atrevería a un poquito más, respondiendo a sus miradas complacientes que me invitaban a decirle, en un estado de confusión.
-Creo, que ya te amo.
Más tarde balbuceé, casi desesperado de que me aceptara.
-¿Queres que te espere a salida de la fucú?
Tomó tibiamente mis manos y aceptó mi necesidad de volver a verla.
- ¿Me esperas en el café de la esquina? 
Fue lo último que la oí decir después de dejarme un beso que se quedó pegado a mi piel, entrando camino a mi corazón necesitado ya de ella.

Llegó, después de esperarla interminables minutos. Algo en ella me sorprendía gratamente. Las carpetas en sus manos, apretadas sobre su redondo y erosionado pecho. La sonrisa amplia y las caderas al viento la mostraban distinta. Embriagaba la noche su perfume, colores y flores se esparcían por el pequeño café, decorándolo de ternura. Fui hasta su cuerpo y la abracé como si mi amor viniera desde ese siempre cuando me propuse a amar y entregarme en la total plenitud de mis sueños. Sueños que se hacían realidad en el preciso instante en que humedecí mi boca con un sabor a jazmines y a todas las rosa del mundo.

Ya era tarde cuando descendimos del último tren de la noche, tuve miedo por ella y me ofrecí a acompañarla.
-¿Hasta tu casa? - dije contento de saber que me diría que sí. 
La vi dudar, y calló. 
-¿Cuál? - dije con seguridad, señalando un colectivo.
-Aquél –dijo con timidez.
Nos acomodamos en la tenue luz del interior y viajamos por terrenos atestados de casas precarias. Descendimos y caminamos abrazados y apretados uno dentro del otro. Ignorábamos el mundo, en un incipiente amor que comenzaba a dolerme. 

Un aire tibio nos elevaba por encima de todo, del dolor y la pobreza, de la maldad y la envidia. Atravesamos por descampados de almas, en el silencio roto de aullidos de perros y soledades. Entre senderos de barro y por veredas inundadas de lluvia dejábamos nuestros pasos.
- Es aquí - murmuró con un dejo de vergüenza.
En la humildad del dolor y la pobreza mordió su boca, no quiso decir más y se abrazó a mí para dejarme sentir todo cuanto le dolía. Estiró sus manos en un adiós en que quizás pensó sería para siempre. La retuve abrazada a mi incapacidad de cambiar su mundo, y en una quietud de siglos besé sus ojos, su boca y me quedé en su pelo para pensarla y sentirla viva en cada lagrima que mojaba mi quebrado y débil corazón. Retuve sus lágrimas entre mis manos; y en el plácido esfuerzo por amarla, murmuré despacito: te quiero; y borré su tristeza en el primer beso en que nacimos a la vida para amarnos siempre. 

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el julio 25, 2016 a las 7:46pm

es preciosa esta historia amigo de principio a fin me ha encantado,

fue un amor a primera vista si

saludos .

no importa donde viva ni como viva si el amor es verdadero . 

Comentario por LUIS GONZALO MACHADO SÀNCHEZ el julio 25, 2016 a las 12:14pm

Hermoso viaje que dan lugar al amor felicidades por tu trabajo un fraternal abrazo

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el julio 22, 2016 a las 4:59pm

Un placer volver a leer tus hermosas letras amigo Rolando Bebel

Comentario por Ingrid Zetterberg el julio 22, 2016 a las 12:27pm

¡Qué hermosa historia de amor!, Rolando....me mantuvo pendiente de comienzo a fin, y lo lindo es que tiene un final feliz.....espero haya sucedido en la vida real. Felicito tus letras y te dejo un cordial saludo.

Comentario por celeste hernandez el julio 22, 2016 a las 8:16am

ROLANDO BEBEL:

Hay tanto talento en tus letras, que son una belleza y alimentación al alma. Gracias por compartir.

Celeste.

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