Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

- CUATRO LEONAS - (dedicado a la dulce Akemi y sus secuaces, "las enfadadas" de la página Principal)


La alarma de mi teléfono celular sonó a la hora programada: 7 a.m. En media hora vendría el remis que me llevaría hasta la zona céntrica de la capital provincial. Debía efectuar un depósito en la sucursal de una entidad bancaria y luego visitar la oficina inmobiliaria a cuyo titular le delegué la venta de una propiedad.
Decidí lavar mi cabello para poder peinarlo con mayor grado de ductilidad y estar más lúcido gracias al masaje que dicha acción requiere. Luego de acicalarme adecuadamente y vestirme en tonos grises y azules me dirigí a la cocina. El mate amargo y unas tostadas que improvisé mientras oía las noticias desde el receptor de radio fueron mi desayuno, que incluyó algo de manteca y algunos dulces.
Al sonar el timbre del portero eléctrico supe que mi chofer había llegado. Tomé mi maletín con todo lo necesario, me coloqué los anteojos para sol y me encaminé a la puerta de salida.
Un día esplendoroso aguardaba ser consumido vorazmente como si de un exótico manjar se tratase.
Raúl, mi chofer habitual, se quejaba de haber hecho pocos viajes durante la noche. Ya en el centro, y a sólo una cuadra del banco, lo despedí deseándole suerte.
Realizado mi trámite caminé hasta la oficina inmobiliaria donde me informaron que la propietaria aún no regresaba de un viaje de negocios a la capital del país.
Al observar el reloj de mi teléfono móvil y ver que disponía de casi dos horas hasta el horario acordado con Raúl para el regreso, pensé que era una buena oportunidad para escribir. Así fue que mis pies me llevaron hasta una hermosa plaza, muy transitada por hallarse en las inmediaciones de la estación de colectivos.
Bastó una breve observación para elegir el sitio donde me ubicaría. A escasos segundos de mi llegada a la plaza me hallaba sentado sobre la hierba, apoyada mi espalda en el tronco de una muy erguida palmera, con el sol detrás, lapicera y papel en mano.
Fue entonces cuando las divisé. Eran cuatro mujeres gitanas. Una de ellas sostenía a un niño pequeño entre sus brazos. Con sus largos cabellos recogidos en una cola y sus típicos atuendos las observé acercarse a personas que estaban sentadas en los bancos o a transeúntes a los que abordaban sorpresivamente. La más joven era alta y su rubio pelo caía en una trenza que llegaba hasta la cintura. Su porte era majestuoso y el vientre abultado anunciaba un embarazo de varios meses. La que parecía ser la mayor enfiló sus pasos hacia donde me encontraba. En ese momento yo sostenía un libro de cuentos que me disponía a leer para inspirarme. Haciendo caso omiso a mi supuesta concentración en la lectura, la gitana se plantó ante mí y me saludó con naturalidad y tuteándome como si ya nos conociéramos de antes. Respondí a su saludo sin incorporarme pues no estaba dispuesto a charlar del tema que ella proponía: mi futuro. Cuando inició su estudiado discurso de supuesta videncia ya se hallaba agachada y solicitándome un trozo de papel. Al notar que el especimen elegido no era de los que acceden ciegamente a las estrategias ancestrales optó por regresar al clan como una leona agitada tras su fallido intento de caza. Las vi alejarse mascullando frases en su dialecto gitano.

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