Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

CUYÚ- Cabezita morena-

Cuyú los vio llegar, venían del mar, los trago la marea alta de febrero, aparecieron detrás de la espuma envueltos en la niebla del pacifico, desembarcaron en la zona rocosa cerca de los elevados acantilados de rocas pétreas tapizadas de musgos y algas milenarias aferradas al salino frontón donde las olas embravecidas rompían, en furias desatadas por los dioses de las profundidades.

Cuyú atemorizado se oculto detrás del espeso follaje de la costa, desde allí los vio, trato de controlar la respiración, los acelerados latidos de su corazón amenazaban delatarlo, se contuvo como pudo y siguió observando,.
Venían cubiertos sus cuerpos de extrañas armaduras de pesados metales, sus pies calzados de altas botas de cuero que le cubrían extremidades hasta la cintura, cuellos encrespados de finas sedas adornaban su esbelto porte, curiosos y rígidos cascos protegían del sol sus cabezas de doradas melenas que escapaban sobre los hombros y al viento en un alarde de belleza que hipnotizaba el descreimiento del perplejo Cuyú.

La avanzada del desembarco se desperdigo por la costa ,miraban el horizonte, tomaban arena entre sus manos dejándola caer como si fuera un reloj de arena, luego con las manos entrelazadas detrás de sus espaldas caminaban despaciosamente , a Cuyu le pareció que estaban en un proceso de contemplación, analizando el espacio que los circundaba o quizás preguntándose a hasta donde habían llegado, donde los había arrastrado el mar, ese mar desobediente de timoneles y de velas desechas de embravecidas inclemencias.

Después de un largo tiempo comenzaron a llegar despaciosamente los botes con miles de remos -parecían pulpos de infinitos e incontables tentáculos peleando la corriente que los arrastraba amenazante contra las roqueras, que esperaban la muerte a brazos abierto, Cuyú sabia de ellas, allí quedaron desde imborrables siglos su gente, atrapados en la vorágines de las olas que rompían destellando multicolores arco iris, cuando no pudieron torcer la voluntad del mar, cobrándose con desprecio la vida de pescadores de almejas y ostras , recolectores de algas y perlas que yacen sepultados entre las cuevas ocultas de la costa -cavernas del mal- decían de ella los nativos-.

Después llegaría la segunda avanzada, los botes traían en ellos a hombres rudos y desgarbados de gruesas barbas ya no eran aquellos que deslumbraron a Cuyú, estos parecían sedientos y rabiosos, algo tenían sus ojos que a Cuyú atemorizaron, bien pisaron playa se desbocaron en la búsqueda de vaya saberse que, arremetieron contra la costa donde descargaron con vehemencia y desorden los bagayos que arrastraron fuera del alcance del agua.

Clavaron en la arena largas lanzas en forma de cruces con empuñaduras de preciados metales que parecían radiar el sol, solo reservados a los dioses, . Los hombres marrones, los obedientes fueron llamados por los de cabellos dorados, se reunieron alrededor de una cruz de madera que se elevaba por encima de quien la portaba y sostenía de pies entre una mancha deforme de hombres hincados emitiendo sonidos monocordes a los oídos de Cuyú que comenzaba a temer por su vida y por la todos los suyos,

De repente el silencio, un crujido, un repentino alerta inmovilizó a los hombres de la playa que al unisonó despertaron del trance en que se hallaban y callaron los rezos,- alguien nos observa- alcanza a decir el maestre empuñando la espada, una vos de mando vasto, todos al asecho, se inicia la búsqueda - alguien esta entre la espesa selva- dice a los gritos un robusto servidor que descarga en su garganta cuantioso liquido color rojo que desrama sobre el sucio ropaje que sin dignidad lo cubre apenas.

Cuyú permanece quieto, listo para correr cuando así lo decida, no lo ven, se confunde entre la frondosa vegetación, pero algo ocurre, un menor descuido y todo queda al descubierto, los ojitos negros y humedecidos son observados por un caballero alto como lo dioses de madera que protegen sus miedos. 

Debe decidir y se apresta hacerlo, se pone de pies y decide correr, pero, dos bolas de acero enfundadas por resecos cueros atados a largos tientos le enrollan sus pies y cae, de pronto un gruñido del hombre alto atrae hasta él a muchos obedientes, solo el largo de un lanza hiriéndole el pecho lo separan de las manos que lo atrapan y lo conducen a la rastra hasta la playa. Un hombre obeso y calvo de raro atuendo hace señas con sus manos sobre su enjoyado pecho, después las entrelaza entre si, eleva su mirada al cielo, murmura sonidos, finge piedad y calla. 

Basta un instante, la espada empuñada de odio arremete, se eleva, centellean rayos de sol sobre el criminal filo y desciende en velos vuelo horizontal. La cabezita morena de Cuyú cae, aun con los negros ojitos abiertos en el ultimo asombro, rueda por la arena, el mar se lleva su sangre, la espuma borra los pasos, el cielo y las estrellas dirán - por aquí pasaron los hombres altos y de cabezas doradas como el oro de los Andes..

Rolando Bebel

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Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el marzo 13, 2015 a las 3:43pm

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