Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

 

Una pequeña vagabunda

como todas las que visten

los harapos de reales Cenicientas,

llegó hasta mí con sus verdes ojos

(quizás único punto de esperanza

en el rostro de toda su existencia)

cargando en sus brazos las espinas

de una mendicidad

disfrazada como venta.

 

Unas flores marchitas de ilusiones

fueron ofertadas de mesa en mesa

con palabras en deseos consumidos

por quienes monopolizan la miseria

y hacen esclavas del comercio

a los ojos verdes que aún sueñan con muñecas.

 

Y el diálogo se impuso sobre el silencio.

-¿Cómo te llamas?- Repuso: -Soledad-

-¿y que edad tienen esos hermosos ojos verdes?-

Ella estiró sus manos vacías de juguetes

mostrando siete hilos de sedados pétalos.

-¿Y dónde está tu madre?-

-No tengo, ya está muerta.

Se fue junto a mi hermano,

camino de una estrella

y desde esa distancia

presumo que me observa

cada vez que le hablo

del frío de las mesas,

y pienso que así escucha

cada una de mis penas

y al susurrar el viento

creo que me consuela-.

-¿y quién es responsable de tus ventas?-

-Mi abuela, mi madrastra,

y también mi padre

cuando está con la botella-.

 

El último sorbo de café

Tenía la amargura de la ciudad eterna.

Soledad se alejó con sus rosas

dejándome una lágrima que cayó al vacío

más allá de la vidriera.

 

Mely Bethencourt

                                                                                                                 .

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Comentario por Mely Bethencourt el junio 9, 2012 a las 12:38am

Elmar, agradezco tu grata visita y el tiempo que has dedicado a leer mi poema. Un abrazo.

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