Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Las distintas Juventudes argentinas y la Infidelidad generacional

 

Disertación dada por Ricardo Álvarez Morel el 10 de Agpstp de 2012 en el Auditorio de CAMED 

 

Si en alguna oportunidad he recibido preguntas comprometidas, éstas han sido cuando se han referido a la juventud, porque al hacerlo siempre me he remitido a la propia, ya que pareciera ser que ha sido la más auténtica. No obstante, esa visión tiene un corte netamente subjetivo, dado que uno le coloca el máximo valor a su propia época. Es dable destacar que se entiende por juventud a un periodo de tiempo que va desde el final de la adolescencia a la primera madurez. Ahora bien, con el correr de los años y el avance de la tecnología, ese periodo pareciera no ser el mismo, dado que el alargamiento de la vida torna difuso el real periodo de las juventudes anteriores. Si nos basamos en datos específicos, vemos que el tiempo promedio de vida en el siglo XVIII no sobrepasaba los 55 años, mientras que en la actualidad ronda en los 78 años. Esta diferencia no solo es notable en cuanto a los números, sino que tiene gran significación con la forma y el sistema de vida empleado en las diferentes generaciones.

Tal vez, esta afirmación pueda parecer dogmática y basada exclusivamente en datos leídos, pero intentaré dar un ejemplo básico y tan simple que hasta me avergüenzo por lo pueril del sistema.

Si tomamos a los nueve (9) integrantes de la Primera Junta de 1810, podemos hacer un muestreo para ver si esa afirmación sobre la vida promedio del siglo XVIII tiene algún asidero.

En el ejemplo que presento, la totalidad de los miembros de la Primera Junta nacieron durante el siglo XVIII  y murieron durante el transcurso del siglo XIX, y a las pruebas me remito:

Cornelio Saavedra /1761 – 1829) – 68 años

Mariano Moreno (1778 – 1811) – 33 años

Juan José Paso (1757 – 1833) – 76 años

Domingo Matheu (1768 – 1831) – 65 años

Juan Larrea (1782 – 1847) – 65 años

Manuel Belgrano (1770 – 1820) – 50 años

Domingo de Azcuénaga (1754 – 1833) 79 años

Juan José Castelli (1764 – 1812) - 48 años

Manuel Alberti (1763 – 1811) – 48 años

 

Al sumar los años de estos próceres nos encontramos con la cifra de 532 años y si este número lo dividimos por la cantidad que los conforma (9 personas), nos hallaremos con que la vida promedio fue de 59 años.

Considerando que la estadística dice 55 años para el siglo XVIII, la cifra de 59 años no deja de marcar una realidad cercana a la estadística.

No obstante este cálculo matemático, lo importante es que estos hombres realizaron uno de los hechos más importante de sus vidas cuando contaban un promedio de edad de 44 años (Revolución de Mayo de 1810)

Al observar esta realidad cabe preguntarse qué sería de nosotros si nuestros hechos más valiosos los hiciéramos cuando nos restan todavía 34 años más de vida teórica. Ellos alcanzaron su gloria y su punto de madurez tanto política como de pensamiento cuando en teoría les restaban 10 u 11 años de aliento. Este es el verdadero punto, ya que si bien para nuestra concepción actual, ellos estaban aún dentro de una primera madurez, para la expectativa de vida de la época, su ciclo vital estaba dentro de la recta final.

¿Qué quiero decir con esto?, algo que salta simplemente a la vista: Que la juventud de mediados del siglo XVIII se preparaba para una vida extremadamente más corta que las juventudes posteriores y no contaba con el vicio de creerla eterna.

Pensemos como era la vida en la colonia y notaremos cuanta diferencia tienen con la de años venideros.

El adolescente de 1720 o 1730, nacido en este lugar de América, debía desarraigarse para continuar sus estudios ya sea en España (caso de Belgrano) o en la universidad del Alto Perú. Si bien adquiría sus conocimientos en lugares lejanos a los de su entorno, mantenía un grado de respetuosidad hacia sus mayores a quienes consideraba los hacedores de su futuro. Toda su formación era la de un vasallo de la Corona. Tenía un rey a quien debía obediencia y sumisión y por ende, se encontraba regido por la voluntad paterna. Ese joven era un dependiente con rigidez victoriana, al cual cualquier acto de insubordinación le parecía abominable y pecaminoso. Claro está que en su intimidad sentía la rebeldía tan propia de los jóvenes, pero era una rebeldía que no terminaba de asomar dadas las circunstancias y la época. ¿Los podemos llamar cobardes y timoratos? No. En todo caso podemos circunscribirlos a que eran una juventud conocedora de sus límites temporales y que no podían perder parte de un tiempo escaso, hecho que los obligaba a cultivarse y desarrollar todas sus facultades con relativa urgencia.

Si observamos las costumbres de ese siglo, notaremos que la voluntad paterna se patentizaba aún hasta en la elección de sus vínculos sentimentales, y era algo común y aceptado las uniones por conveniencia o por apellidos. No está de más decir que esos matrimonios fraguados por la voluntad de los padres, culminaba en un gran porcentaje dentro de la fragilidad del amor, ya que eran uniones programadas, pero no elegidas. Si esto que afirmo no fuera tan así, no se explica el distanciamiento del General San Martín de su joven esposa (era 21 años mayor que ella) o la imposibilidad de Belgrano para concretar un matrimonio con la madre de su primer hijo o la de su segunda hija.

La historia nos muestra, más allá de las batallas y de las luchas por la emancipación, a una juventud que luchaba dentro de sus límites, para que cambiara ese estado de cosas.

Tampoco debemos dejar de lado el aspecto cultural de la época, ya que las reuniones sociales y la música ejecutada, distaba años luz de la forma, familiaridad y cierto desenfreno que predomina en la época actual.

La ruptura de esos patrones de conducta era muy mal visto por la sociedad y quienes así lo hacían, terminaban siendo marginados de los lazos familiares (caso de Sánchez – Thomson).

En los albores del siglo XIX y a pesar de la emancipación territorial, la situación no ofrece grandes variantes, excepto que los jóvenes ya no estudian en España y se instruyen en las universidades de Cuyo o en la de Córdoba. Claro está que no todos los jóvenes tenían acceso a esos altos centros de estudio, ya que una gran cantidad de jóvenes con menores recursos encuentran una salida a sus pasiones enrolándose en las filas soldadescas para luchar en pos de la libertad. Las teorías filosóficas de Montesquieu y de Rousseau, con sus ideas de humanidad igualitaria y pueblos independientes se hacen carne en la mentalidad de los jóvenes intelectuales que a su vez, arrastran a las masas de los otros jóvenes sin formación.

Durante la mitad del siglo XIX, los jóvenes argentinos comienzan a transitar dentro de una conciencia algo más liberal que la de sus antecesores. Ello se debe a que el progreso y un mayor conocimiento de Europa, les permite adecuarse a modas y tendencias que son furor en Francia e Inglaterra, pero por sobre todo Francia. Lógicamente no toda la juventud puede seguir esos dictados, pero aquella que se encuentra mejor ubicada económicamente y que a su vez se prepara para regir los futuros del país, tiene sus ojos permanentemente enfocados hacia la tierra de Verlaine. Asimismo se modifican los gustos literarios y las jóvenes argentinas elevan sus fantasías dentro de un romanticismo que desde nuestra óptica nos resulta ingenuo, pero que era una revolución para el momento. Sin embargo, y a despecho de esa pequeñas conquistas liberales, el yugo de la voluntad paterna se sigue imponiendo por sobre los instintos sarracenos de esos  jóvenes.

La curia mantiene un gran control sobre las familias y dicta una moral basada en los sacramentos del matrimonio y la fidelidad conyugal sin aceptar errores de elección o desaparición de un primitivo amor.

La iglesia, al igual que toda organización  cerrada es quien menos acepta los cambios y adopta una posición absolutista. Todavía no se conocen los clubes sociales y las reuniones festivas de los jóvenes se limitan a tertulias con presencia masiva de adultos. Los jóvenes de segunda mitad del siglo XIX, a pesar de alcanzar una supuesta mayoría de edad, no son considerados mayores mientras permanezcan solteros.

Es trágico observar el caso de Camila O´Gorman y su furioso amor por el sacerdote Ladislao Gutierrez. La concreción de sus sentimientos les cuesta su propia vida.

Esta acción ya nos demuestra cuan dificultoso resultaba para esa juventud modificar estructuras y provocar aperturas de mentalidades. Las diferencias sociales se hallaban tan marcadas que, era prácticamente imposible acceder siendo un joven perteneciente a una escala social a otro joven de escala social diferente. De una manera consciente o inconsciente comenzaba a darse forma a la sociedad de un nuevo país. Ya en los finales del siglo XIX y con la llegada masiva de inmigrantes europeos, comienza a cambiar la fisonomía de ese Buenos Aires colonial que aún se mantenía y se hace perentorio aceptar una nueva juventud; una juventud que tardará un poco más en realizar cambios en las provincias del interior del país, donde las costumbres zonales se encuentran más arraigadas.

En los albores del siglo XX, los jóvenes ya no pertenecen a una etnia específica (Hijos directos de España) y se ven entremezclados descendientes de italianos, polacos y judíos. Cada uno de ellos proviene de culturas diferentes, con gustos y tendencias disímiles que van desde lo culinario hasta el lenguaje. A pesar de las incipientes integraciones que se suscitan, los jóvenes ven la necesidad de agruparse conforme a sus gustos y comienzan a nacer las primeras sociedades y los primeros clubes. En Buenos Aires, La Boca es la franja de los hijos de italianos, Barrancas de Belgrano de los ingleses, Villa Crespo de los judíos y la Avenida de Mayo agrupa a los españoles. Los cafés y bares adquieren un toque similar a los cafés de Francia y es en ellos donde la Juventud de un Buenos Aires cosmopolita se reúne a discurrir sobre los acontecimientos de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918).

Aquellos jóvenes que pertenecen a la alta sociedad se vuelcan a los deportes y a una incipiente aviación. Jorge Newbery parece ser el referente que puede mostrarse como prototipo (Boxeador, vuelos en globo, etc.).

Si quisiéramos una pintura de esa época, sólo debemos remitirnos a la obra de Samuel Echeambaun  “Un guapo del 900” o a la película “Los muchachos de antes no usaban gomina”, protagonizada por Rodolfo Beban y Susana Campos. En estos arquetipos pueden notarse los restos que aún quedaban de la férrea influencia paterna y de la exaltación de la figura materna. Aparece una música de vanguardia que hace furor en el Río de la Plata y que no es aceptada en las casas que dicen ser decentes. Esa música es el Tango y es bailado por los jóvenes en suburbios y locales considerados de mala fama. Las mujeres jóvenes mantienen su postura de recato ante sus progenitores, pero sufren de envidia por no poder practicar libremente ese baile sensual donde los cuerpos se abrazan.

¿Diremos que es hipocresía? Tal vez, pero es una hipocresía obligada por el respeto que deben a sus mayores; un respeto que llegaba a confundirse con sumisión.

La cultura de la época señalaba a la mujer como un ser destinado al matrimonio y a la procreación de sus hijos. Su formación educativa (en su gran mayoría) estaba sujeta a los rudimentos del piano, las labores de bordado y costura y la aceptación de la palabra del hombre. El macho de la especie era el único que tenía la obligación de aportar el sustento y quien debía cursar una carrera en caso de contar con una familia solvente.

Dentro de una sociedad machista por excelencia, la mujer era venerada como madre, como novia o como hermana, pero no se la consideraba capacitada para ejercer su opinión y mucho menos en política. No existían ni senadoras ni diputadas y…!Ni soñar que una mujer podría prepararse para alcanzar la presidencia de la nación!,

La sociedad marcaba un ritmo y cada ser debía acatarlo más allá de su “personalidad”, porque la rebeldía unitaria significaba la marginación de esa sociedad (caso Alfonsina Storni)

En el periodo que va desde 1940 a 1950, la juventud sufre una metamorfosis. Los horrores de la Segunda Guerra Mundial muestran lo endeble de los sistemas rígidos anteriores. El Tango alcanza su máximo esplendor y se instala en todos los hogares. La depresión hace que la mujer deba salir a trabajar y allí la sociedad se da cuenta que no se hallan preparadas. De esta problemática surgen las jóvenes fabriqueras, ya que al no tener estudios, su única habilidad radica en las manos. El trabajo fuera de la casa es la ayuda económica que brinda al hombre, pero aún no ha alcanzado la verdadera independencia, porque puede independizarse económicamente, pero sigue siendo una dependiente intelectual. No posee bases culturales ni filosóficas para mostrar sus embrionarias ideas y debe permanecer sujeta a la voluntad del hombre. No obstante, el discurrir de los varones ya no es el mismo. Algunos jóvenes como Eduardo Mallea o Roberto Arlt, intentan a través de sus escritos darle un plano que si bien no es de igualdad, elevan a la mujer del ostracismo a que han estado sometidas.

Ya en 1952 la mujer accede al derecho de votar y elegir a sus representantes. La juventud es una juventud de posguerra, clama por una incipiente igualdad de derechos y las mujeres comienzan a darle una mayor importancia a la adquisición de conocimientos. Desde el mundo desgarrado van naciendo nuevas ideas y los jóvenes se inclinan a la filosofía del existencialismo y leen a Sartre, mientras que otros comienzan a inclinarse por las teorías de Marx y devoran “El capital”.

Los viejos cánones de la democracia concebida por los griegos son cuestionados por los principios comunistas y empieza una división marcada por la polaridad de los conceptos. Las parejas formales culminan en matrimonio y la nueva pareja comienza a convivir en casas alquiladas, con los muebles elementales y un confort precario.

No debemos olvidar que la televisión es una quimera que apenas se conoce en los países más avanzados. Continúa el ritual de almorzar los domingos en casa de los padres y se considera una traición si ello no se hace.

Musicalmente también existe una revolución. Ya los jóvenes no se contentan con el Tango argentino o el Jazz norteamericano; en el horizonte asoma la rebeldía del ropaje, la rebeldía del cantante estereotipado y las melodías con letras naif. James Dean es el rebelde ante todo y Elvis Presley arranca gritos histéricos con sus movimientos de pelvis sobre el escenario. Los ídolos son elevados desde el celuloide y Humprey Bogart hace suspirar hasta el llanto desde la película “Casablanca”.

En la década del 60, un médico guerrillero comienza a ser admirado. Fidel Castro y el “Ché” Guevara son elevados por esa juventud que comienza a plantearse el por qué del capitalismo Norteamericano. Ya no son las parejas de malvones, glicinas y patios emparrados, ahora los clubes se llenan con los bailes de carnaval que dejaron atrás a los corsos de serpentina y agua florida. Los jóvenes comienzan a pensar en la igualdad del hombre con el hombre, a cuestionarse sobre la inferioridad de los negros, a aplaudir al talentoso boxeador Cassius Clay, campeón mundial de todos los pesos que es despojado de su título por negarse a ir a la guerra en Asia. Corea está dividida en dos por los ideales políticos que rigen el mundo y lo mismo después acontece con Vietnam.

En Francia aparecen los “graffitis”, que muestran el pensar de los jóvenes testimoniado en las paredes. No son las leyendas actuales de “Marta ama a Juan”, sino que son leyendas donde se comprometen a luchar por la paz, se comprometen a luchar por la vida y se comprometen a reafirmar esa paz por la que luchan.

Los jóvenes argentinos pretenden lanzar su grito contra las tiranías militares y buscan una reivindicación a sus derechos. Los estudiantes (ahora de ambos sexos) se agrupan en confiterías céntricas de la calle Corrientes y empiezan a elaborar una primitiva idea de orden interno. Las diversiones se realizan con funciones en los clubes y se popularizan los “asaltos”, que son bailes en casas de familias, donde el objetivo es juntar dinero para los primeros viajes de egresados. (El popular viaje de egresados es una conquista de esa juventud). Sigue existiendo el respeto a los mayores, pero hay una mayor flexibilidad en cuanto a la formación de las parejas como asimismo una protesta contra la ropa formal y el cabello clásico. Los Beatles, desde Inglaterra convulsionan el mundo discográfico y se hace moda el cuello “Mao”, los pantalones “Oxford” y el Rock alterna con la Cumbia. Los noviazgos se concretan a una edad inferior a los noviazgos de principio de siglo. Ciertas tendencias europeas se siguen imponiendo y las nuevas jóvenes aspiran llegar al matrimonio con un confort superior a los existentes diez años antes. Empero, se sigue manteniendo como inalterable la convicción de los mayores sobre la virginidad de la joven casadera y ella, a pesar de los reclamos masculinos, mantiene (no siempre) la postura impuesta por las convicciones paternas. La virginidad era una demostración de pureza, aunque el hombre era bien visto que no llegara casto al matrimonio.

Las ideas sociales de los jóvenes los llevan a reclamar por una justicia social más equitativa y el reclamo por el “boleto estudiantil” trae aparejada la llamada trágicamente “Noche de los lápices”. Asimismo ya han existido enfrentamientos entre “Laicos” y “Libres” que defienden o atacan a una educación con tendencia religiosa. (Por la lucha de esta generación sobreviene en la actualidad el boleto económico de los estudiantes y la enseñanza sin religión en los colegios estatales, con la anulación del latín como materia de estudio de los colegios secundarios). Aparecen los “Hippies”, que no son más que jóvenes que pregonan el amor libre, la igualdad de las etnias, el rompimiento de las estructuras y que cuestionan el manejo del planeta. Desgraciadamente, sus ideales son loables, pero muchas veces, llevados por su inexperiencia caen en la promiscuidad y comienzan a ser desechados por una sociedad que dice ser cristiana y civilizada.

Ya en la década del 70 los jóvenes comienzan a cuestionarse ciertas tendencias de vida cotidiana que los lleva a no ser independientes. Estos jóvenes vienen de observar una conducta que más que respeto, es una aceptación tácita a lo expresado por sus mayores.

Todavía se mantiene en una gran escala con tendencia a reducirse, la virginidad femenina, y ya los hoteles por hora albergan de manera espaciada a algunas parejas jóvenes. Esta juventud ha visto como sus padres no cuestionaban nada a sus abuelos y se inicia una tendencia que los terapeutas denominan “crisis generacional”. Sin embargo, la economía se impone por sobre los ideales y debido a que no se puede llegar al matrimonio con lo indispensable y precario de los años 40, los jóvenes recurren al socorro de los adultos y así se inicia la etapa de la construcción sobre las construcciones. En algunos casos pueden alcanzar una pequeña independencia de vida solitaria, pero siempre dentro de un radio cercano a la vivienda de alguno de sus progenitores. Son los padres de esos jóvenes quienes se ocupan en gran medida de la crianza de sus nietos y quienes mantienen una autoridad real sobre toda la familia. El tema es satirizado en la televisión que aboga por  “la familia unida” (Programa “Los Campanelli).

No obstante ese estado de cosas, los jóvenes ya se sienten maduros para pensar por si mismos, pero aún conservan sobre sus mujeres esa idealización que tienen por sus madres. El hombre de ésta época olvida que la mujer también ha alcanzado el mismo grado de independencia intelectual que cree pertenecerle en su totalidad..

Surge desde distintas partes de América el simbolismo de pensar como los griegos y actuar como demagogos. Esta situación enardece a aquellos que manejan el orden mundial, no tanto por las arengas que estos jóvenes proclaman, sino porque tienen la capacidad de pensar y tener ideales. Filósofos anteriores ya han expresado: “Los Pueblos que piensan jamás serán vencidos”. Si se propaga esa costumbre de cultivarse y pensar defendiendo los valores morales, de familia, de latinidad, y disfrutar de la música autóctona, la Argentina resultaría un bastión inexpugnable, y eso es algo que los amos del mundo no pueden permitir.

Comienza una etapa que es tan cruenta como aquella de la Inquisición y son inmolados en nombre de una guerra sucia, muchos jóvenes cuyo único delito era pensar, mientras que los más afortunados huyen hacia un destierro involuntario.

Tantas muertes injustas deben dejar su mensaje y las jóvenes (conscientes o inconscientes) lo recogen. Comienzan a plantear el plano de la igualdad y la defensa de sus derechos, pero si bien esos argumentos son válidos, los plantean a sus hombres que aún no comprenden la maduración que en ellas ha sobrevenido. Tal situación provoca rupturas, desencuentros, y un resultado previsible: La apertura de cada cual por su lado.

Para los padres de estos jóvenes, los primeros casos son traumáticos, pero a medida que se generalizan pasan a ser moneda corriente. Si el joven o la joven torna al hogar paterno, significa recuperar al vástago al que siguen considerando niño.

Es probable que haya sido ésta una generación desencontrada, pero también es digno reconocer que fue la que tuvo que amoldarse a los grandes cambios que asumió.

Por último, resta hablar sobre la generación de los jóvenes que van de 1980 a 1990. Estos jóvenes son el producto de hogares “desavenidos”, han tenido un inicio que pareció ser la continuación de etapas anteriores y que bruscamente tuvieron que aclimatarse a una situación novedosa y angustiante: La de tener a sus padres en hogares diferentes.

Por los cuestionamientos de la juventud anterior, fueron criados en el intento de no reprimirlos con la severidad de las generaciones pasadas. El avance tecnológico también ha sido partícipe de su formación, ya que sus padres tuvieron que acondicionar sus discursos a los mensajes por imágenes que, directa o indirectamente les llegaba.

La juventud actual es la del televisor en almuerzos y cenas como un interlocutor más.

Asimismo, y debido a una penetración ideológica subrepticia, asocian de manera confusa el éxito con la estética. Distorsionada la idea de la familia tradicional  y proyectados al mundo de la unidad como centro del universo, encuentran que su esencia es primigenia y separada del resto de las otras esencias. Es una juventud dolorida por el quiebre del matrimonio como institución y por ende desconfía totalmente de él. La juventud encuadrada en ésta generación posee un mayor grado de discriminación aunque argumente que son los que más aceptan la igualdad y las diferencias. Es en esta generación donde el acceso a sus lugares de diversión se halla condicionado por el valor de su vestimenta o por el grosor de su cuerpo. Entre sus valores primarios ejercen una gran influencia las marcas de ropa y calzados, la dedicación masiva al perfeccionamiento de sus formas corporales y la planificación del éxito material como generador de sabiduría. Sus ideas sobre los lazos familiares resultan inferiores a sus ideas sobre los lazos de amistad, o sea que ponen a sus amigos por encima de padres, abuelos, tíos, primos o hermanos. modificado el lenguaje por la gran incorporación de vocablos ingleses y perdida toda intención de cultivarse mediante libros, aquilatan informaciones mediante servicios computarizados.

Los jóvenes actuales pertenecen al círculo del “mail”, “fax”, e Internet; todo ello sin olvidar al teléfono celular. Sus gustos se hallan atomizados por los visores informáticos y debido al facilismo del consumismo dejan de lado todo aquello que tenga que ver con lo artesanal. Sus reuniones sociales se distribuyen entre “pub”, boliches, megasonidos, luz psicodélica y la incomunicación del estruendo a pesar de ser la era de las comunicaciones. Mantiene una religiosidad entre multitudes, pero no abreva en los templos como se hiciera en los siglos anteriores. Esto no quiere decir que exista una disminución de la fe, pero marca una baja en el poder de la iglesia como formadora de conciencias y árbitro de la moral y regidora de la familia.

Peregrinaciones a Luján parecieran ser más una moda que un acto de contrición y la misma  se realiza no en el marco de oraciones y rosarios, sino matizada con las grabaciones de moda que cada un escucha con sus “wokman” individuales. Existe en los jóvenes actuales un determinismo al YO como centro estelar y un no compromiso con todo aquello que implique algo más que su YO.

Cansados de ver como lucharon por diferentes motivos las generaciones anteriores, prefieren encerrarse en la liviandad de los temas intrascendentes, en resguardar su propia seguridad. Sin darse cuenta se han convertido en una generación “Light”. Asimismo, puede verse como se globaliza el vocablo amistad, dado que ese sentimiento se expresa hacia infinidad de seres, aunque pareciera ser dudoso que pueda ser tan real. Quizás ello se deba a que existe una falta de conocimientos reales sobre las definiciones, ya que si bien es una juventud atiborrada de información, ello no sustenta que esa información se encuentre correctamente elaborada. Es meritorio tener en cuenta que todas las informaciones que reciben son por medio de pulsaciones electrónicas, donde la velocidad impide una detención para ahondar e investigar.

De aquí podemos desprender lo reducido del lenguaje de los jóvenes actuales, donde las frases cercanas a la obscenidad pululan entre los labios de hombres y mujeres. Es menester aceptar que luego de la muerte del General Franco, en España, se inició en esa parte de Europa un libertinaje conocido como “el destape” y que llegó a nuestras tierras con su carga de grosería, produciendo en nuestros jóvenes una sensación mezcla de picardía y divertimento. Pero cuando la chabacanería deja de ser sorpresa y asombro para transformarse en algo común y cotidiano, sólo es un retroceso dentro de la cultura oral.

Las luchas de las juventudes anteriores permiten a la juventud actual adquirir una cuota de permisividad que antiguamente no existía y de esta forma empiezan a salir como de un sumidero las sociedades de “gays y lesbianas”. Personajes que siempre existieron, pero que se recluían en el anonimato-

Los jóvenes actuales prontamente buscan la independencia del seno familiar y comienzan a vivir en departamentos propios o alquilados, donde no tienen que tolerar ni consejos ni sermones. En los casos que permanecen dentro de sus hogares primarios, los adultos pasan a ser entidades molestas a las cuales hay que desplazar.

Los noviazgos se convierten en encubiertos concubinatos y las relaciones sexuales son tomadas como algo natural más allá de cualquier posibilidad de futuro en común.

La joven actual ya no guarda el recato de esperar la conquista del hombre y desenfadadamente se vuelca hacia él, dejando su actitud pasiva.

Las antiguas reuniones familiares son transformadas en reuniones con amigos donde no tienen cabida los adultos. Ante el “no compromiso” dejan de existir las madres solteras con hijos bastardos. Ahora el hombre da el apellido a sus hijos aunque no formalice la unión con la madre.

Producto del final de la generación anterior y con continuidad en la actual, proliferan los institutos geriátricos, donde los ancianos son depositados para que resulten atendidos por otros. El anciano ha dejado de ser el sabio de otras civilizaciones, para ser la molestia que debe ser arrojada en unas instituciones que representan un depósito de cuerpos gastados y soledad descarnada.

La juventud actual posee escasos resabios de la anterior, es teóricamente más independiente aunque no vislumbra totalmente de qué se ha independizado. Si la juventud actual me lo permite, le diría que se ha independizado de los afectos, de los compromisos, de los ideales y ha borrado todo aquello que tenga que ver con los roles: ha confundido los valores que diferencian al hombre de la mujer, para mezclarlos e igualarse con su pareja hasta el grado de la estupidez. No es el joven actual más hombre que el hombre joven anterior, como no lo es la mujer joven actual más mujer que la joven mujer de épocas pasadas. Lo único que ha cambiado es la forma de vivir y en esa búsqueda de mejorar la vida se han perfeccionado virtudes embrionarias y se ha eliminado errores evidentes y anteriormente cuestionados, pero no por ello deben creer que han alcanzado el paraíso existencial, dado que cometerán errores nuevos y no lograrán enmendar en su totalidad algunos de los errores anteriores. Este continuo proceso de cambio es infinito y llegará el instante que sus propios hijos pasarán facturas como los jóvenes actuales lo hacen y como las generaciones anteriores lo hicieron. Si el hombre pudiera alcanzar la perfección en el corto lapso de su existencia, la tierra no tendría razón de ser, ya que se transformaría en un planeta aburrido y previsible.

 

La Infidelidad Generacional

 

Luego de haber realizado un viaje a través de la historia e intentar comprender actitudes y épocas, es importante arribar aciertos puntos que parecieran ser eje de todas las generaciones. Este punto podría situarse dentro del marco de los sentimientos y las voluntades, pero entiendo que sería un único punto y que dejaría en el oscurantismo a otros tópicos que también merecen ser destacados.

Ante tal situación y sin por ello pretender pecar de absolutista, intentaré dar una explicación sobre las relaciones existentes entre los sexos y a la fidelidad de esas relaciones.

Hemos podido observar que los jóvenes del siglo XVIII eran súbditos de una Corona y por lo tanto debían una fidelidad a su rey. Cuando por razones potencialmente económicas y secundariamente patrióticas y filosóficas deciden separarse de España, incurren en lo que podríamos llamar un primer acto de Infidelidad.

Asimismo, deberíamos decir que conforme a las costumbres de la época, cuando Remedios Escalada de San Martín utiliza su residencia en Córdoba para reunir en veladas y tertulias a jóvenes oficiales del ejército libertador, también incurre en un acto de infidelidad.

Ambos casos no poseen un nexo igualitario, pero en los dos se ubica el mismo vocablo que parece sonar como una pedrada: INFIDELIDAD. De igual manera podemos decir que Manuel Belgrano comete un acto de infidelidad al tener relaciones con Dolores Helguero luego de haber engendrado un hijo con María Josefa Ezcurra, a la postre cuñada de Don Juan Manuel de Rosas. Reafirmando estos casos de personajes históricos podemos decir que el General José de San martín después de enviar a su esposa de regreso a Buenos Aires, parte para Mendoza acompañado por una mulata, o que el mismo San Martín, olvidándose de la mulata, mantiene efusivas relaciones con Rosa Campusano, hermosa dama peruana.

Estos casos tomados al azar y de manera escueta pueden dar esa imagen, pero si nos adentramos más en una realidad de épocas y situaciones, ya no podremos afirmar tan sueltos de cuerpo sobre que es infidelidad.

En el caso del joven que se insubordina a su rey, nos encontramos ante un problema de bolsillo y de conciencia, e incluso hasta con un conflicto de convicciones, dado que por sobre una ecuación tradicional se impone una realidad de monopolio comercial. Ese joven, deslumbrado por nuevas ideas filosóficas y despojado por los acontecimientos en Europa de su monarca (El rey de España se halla prisionero de Napoleón), siente que mantiene una fidelidad ridícula, y a la vez comprende que está llegando la hora de sentirse autónomo e independiente. Su infidelidad es política, pero a la vez es una fidelidad a sus pensamientos. No hay una real traición. En todo caso existe una determinación a crecer.

Ya hemos dicho que la esposa de San Martín era 21 años más joven. Su enamoramiento pudo resultar prematuro y hasta su casamiento fue por una imposición de su tiempo de vida.

No olvidemos que su hija nace a los cuatro meses de haberse unido al General. De haber sido una joven actual, sin la estrechez de criterio de las familias de la época, doña Remedios hubiese sido una madre soltera con un hijo reconocido. Debido al tiempo en que le toca actuar, debe  pagar su “desliz” casándose con un hombre mucho mayor y  que se pasa la mayor parte de su tiempo en los cuarteles planificando invasiones y soñando liberar pueblos. Tal vez haya sido infiel o tal vez su infidelidad no pasara de fantasías inocentes, pero visto a la distancia es una infidelidad con demasiados atenuantes; tantos que ni vale la pena llamarla infidelidad.

El general Manuel Belgrano perteneció a una familia medianamente acaudalada y eso hizo que se formara en las universidades de Sevilla y Salamanca. A su regreso de España, traba conocimientos con una dama porteña de la familia Ezcurra (María Josefa).

Desgraciadamente su padre, por los malos negocios, pierde su fortuna y Don Manuel debe empezar a valerse por si mismo con su título de abogado. La dama de sus sueños es soltera, pero si bien el futuro de Belgrano puede ser promisorio, su presente es inferior a lo que aspiran los Ezcurra. Por tal motivo María Josefa es casada con un primo que llega de España con dinero suficiente para montar una curtiembre. (El materialismo ha resultado en todas las épocas uno de los factores más importantes para el advenimiento de las parejas).

Un casamiento impuesto rara vez llega a buen fin y al cabo de un tiempo donde surgen desavenencias, el comerciante español regresa a su tierra dejando a su esposa en una condición que no es ni la de viuda ni la de soltera (no se puede colocar el vocablo de separada o divorciada ya que no se concebía en esa época excepto en la nobleza).

Ante esta situación se reanudan los amores de los primitivos novios, pero ya son amores clandestinos, dado que la curia y las costumbres sociales no aprueban una unión que no puede consagrarse.

De esos amores prohibidos nace un niño que fuera criado por su tío, Don Juan Manuel de Rosas y que llevará el nombre de Pedro Rosas y Belgrano.

Las contingencias militares hacen que Belgrano parta hacia el norte, mientras que su amante permanece en Buenos Aires. Es en Tucumán que Belgrano conoce a una dama de la sociedad tucumana (Dolores Helguero). esta dama estaba casada con un aventurero brasileño que la abandona y desaparece. Belgrano entabla relaciones con dicha dama y pretende casarse con la misma, pero al no haber certeza que el brasileño haya muerto, el clero niega el permiso y Belgrano queda nuevamente sin posibilidad de contraer matrimonio. Otra vez los amores prohibidos y ahora es una hija la que viene al mundo (Manuela Mónica Belgrano).

Como puede verse, ha existido infidelidad tanto femenina como masculina, pero ¿estamos en condiciones de juzgar como infiel a éstas conductas humanas?.

Siguiendo el hilo de lo expuesto con anterioridad, podemos concebir a la conducta del General San Martín como una conducta lógica para un hombre viril y a la vez, como una conducta lógica para un hombre de su época y sus circunstancias. Quizás un análisis psicológico arrojara más luz sobre estas conductas, pero sin llegar a teorizar sobre los diferentes comportamientos, podemos tomar al personaje bíblico de Abraham y ver que aún en el Antiguo Testamento se halla la licencia de dos mujeres para un hombre (Sara y Agar) y la de un hijo con cada una de ellas (Isaac e Ismael).

 

Es evidente que ante una sucesión de matrimonios impuestos habrá de continuar una sucesión de actos infieles, ya que los jóvenes de esa época no contaban con la liberalidad de elección que se impusiera después.

Grandes luchas y desplantes debió soportar Mariquita Sánchez para poder casarse con el Capitán Thomson, y si bien logró concretar su anhelo, ello se debió a su fuerte carácter y a sus impulsos por no ser fiel a la voluntad paterna. Si hubiera sido una joven de este tiempo, todos sus problemas se hubieran circunscripto a obtener un buen trabajo para poder acceder a un crédito y a la compra de cocina, heladera, televisor, lavarropas, video casetera, computadora y muebles. Si algo sobraba del dinero tal vez adquiriera un libro de cocina o comería hamburguesas y salchichas, porque la joven mujer actual no es la que en otras épocas se consideraba ama de casa.

Ya en el siglo veinte las prioridades de los jóvenes se centraban en una actitud de decoro y honorabilidad ante la sociedad, ya que la sociedad juzgaba a las parejas como honorables mientras permaneciesen unidas. El hombre se encargaba de proveer y la mujer de limpiar y cuidar a los niños que el hombre le sembraba. El hombre decidía por ambos y la exigencia de fidelidad conyugal se remitía exclusivamente a la mujer.

No está de más agregar que las mujeres bellas y ligeras siempre han existido, pero esas mujeres estaban destinadas a ser amantes de hombres casados, aburridos de encontrar en su hogar a una mujer desgreñada, cansada y poco dispuesta a los escarceos amorosos.

Una cosa era practicar el amor con la esposa y otro muy diferente ejecutarlo con la amante. La realidad muestra en muchos casos que con la esposa se practicaba un ejercicio y el amor con la “querida”.

Si bien esta situación ubica al hombre como un individuo infiel, no podemos dejar de advertir que la misma estaba dada por una formación cultural, ya que la concepción de novia, esposa, madre, tornaba a la mujer como un ser asexuado. La condición de ella era la de un receptáculo, un útero fértil sin libido ni apetencias. Es la mujer de esta época quien no logra acceder a un estado de mujer plena por su propia incapacidad intelectual.

Educada con esas normas y preparada para ser un objeto utilitario, necesario para la continuación de la especie, se apegaba a ese sistema y hasta puede decirse que toleraba esos engaños del hombre. Ambos individuos (Hombre – Mujer) mostraban la dualidad de ser fieles infieles, porque contemplaban una fidelidad para la sociedad, para la iglesia, para el que dirán de los demás y para poder usar el apellido con respetabilidad.

La esposa era la Señora de…perdiendo toda su identidad y adquiriendo la identidad del marido. Sabedora (consciente o inconsciente) de las aventuras de su marido, mostraba cierto grado de indulgencia y se conformaba con el orgullo del anillo y del apellido; la “otra” no era más que otro objeto en la vida de su hombre, pero un objeto de menor valía. El hombre, a su vez, se enorgullecía de sus hijos y de la mujer que los había parido, pero se sentía incompleto sexualmente. Mientras disfrutaba con la totalidad del cuerpo de una amante, muchas veces tenía que cumplir con sus deberes maritales con una mujer que no respondía a los estímulos, que se cubría con gruesos camisones, que oscurecía el dormitorio conyugal y que no permitía ningún tipo de variantes.

Observado desde un ángulo equitativo, entiendo que esa infidelidad era un a infidelidad compartida y programada, concertada como un pacto tácito con sus debidas ventajas y desventajas, Podrá acusarse a esa sociedad de hipocresía, pero adjudicarle este epíteto es no tener en cuenta las condiciones sociales, religiosas, educativas y culturales de ese momento. No existe el ser infiel sin el conocimiento del otro (ya sea tangible o intuitivo) y por lo tanto, no existe una auténtica infidelidad.

Esto que afirmo nos es más que el resabio de una manera de ser de la mujer, resabio que provenía de épocas anteriores. Debemos tener en cuenta que la “querida” no era para la esposa de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, nada más ni nada menos que aquello que representaba la “fortinera”, para la esposa del soldado en las campañas contra el indio.

Con el advenimiento del Tango como música predilecta, los jóvenes de mitad del siglo XX comienzan a tener un mayor acercamiento corpóreo. Comienzan algunas mujeres a mostrarse algo más seductoras y algunas pioneras se atreven a fumar en público. No obstante, los encuentros de las parejas en los bares todavía tiene ese halo de perfume pecaminoso y por ello los locales se encuentran divididos en dos sectores netamente definidos: El sector de los hombres y el “reservado”. Para la sociedad, las miradas de amor o el roce las manos sigue siendo un acto de máxima intimidad. Era muy común observar los visillos que cubrían las ventanas que correspondían al “reservado” y la pared que lo apartaba del resto del salón. Aún se mantenía el estricto horario de visita del novio y los días de esa visita. Los paseos y las idas al cine no debían pasar de las 21 horas y en cuanto a las veladas bailables siempre eran con la compañía de la madre o en su defecto, de una tía de la novia. Quedaba un tiempo de zaguán de despedida para un beso corto y sin mucho apasionamiento.

El hombre, debido a su condición y a lo permisivo de la sociedad para con él, satisfacía sus instintos con mujeres de baja condición o en los prostíbulos habilitados, mientras que la mujer “hogareña y casadera” sostenía la culpa de frustrantes masturbaciones nocturnas. Cada uno de ellos terminaba resultando un infiel consigo mismo y un insatisfecho emocional.

Ante la urgencia del deseo, las parejas contraían matrimonio en cuanto les era posible y así se unían para habitar una pieza y un baño que no siempre estaban en condiciones de pagar. Debido a esas situaciones económicas, la amargura se apoderaba de ellos y aunque sabían que su unión había fracasado, se mantenían unidos nada más que por el aspecto social. Las frases de reproche encubierto eran comunes en esa época. “La bruja” y “el infeliz de mi marido” resultaban un estribillo repetido durantes las reuniones de los hombres o en las charlas entre vecinas.

En este caso, la infidelidad era más con los pensamientos que con la acción, pero por sobre todo era una resignación que se preparaba para el estallido en la próxima generación. En este momento histórico ya la mujer comienza a generar su propio dinero y la figura omnipotente del hombre da los primeros síntomas de decadencia.

Siguiendo un orden de ubicuidad, nos encontramos con la generación a la cual doy en llamar la “generación de los divorciados”. Distintas causales son las que hicieron naufragar una gran cantidad de matrimonios en estos seres, y ellas son variables conforme a la parte del universo que les corresponde, pero este fenómeno no se dio únicamente en la Argentina, sino que se evidenció en distintas partes del mundo.

En nuestro país y luego de pasar por las experiencias de idealismo abortado con sangre, los jóvenes se sintieron burlados y rabiosos. Comenzó una escalada de manifestaciones que mostraba ese descontento. Las faldas cortas en las mujeres, los guardapolvos subidos para mostrar algo más que las rodillas, o el fumar despreocupadamente delante de sus progenitores, muestran a una mujer que ya no acepta imposiciones extremas y cuestiona el no poder hacer aquello que hacen sus mayores. Con hechos que ahora parecen pueriles, sienten que pierden parte de esa obsecuencia a la palabra del padre. El cabello largo de los hombres, o el conjunto de dos piezas de las mujeres en la playa son una manera de decir “somos nosotros quienes vamos a cambiar el mundo”. Sin embargo, todavía existe un gran caudal de ubicuidad con respecto a los roles. El novio sigue siendo novio aunque ya no tenga días específicos de visita y el horario de las mismas se haya extendido. Los establecimientos de enseñanza superior albergan a los dos sexos y la mujer se capacita a la par del hombre. Ese adquirir conocimientos la torna más fuerte y empieza a cuestionar la supuesta capacidad superior del hombre. Aparecen los primeros movimientos feministas y el hombre siente que se resquebraja su autonomía.

La mujer comienza a bajarlo del pedestal en que ha estado subido durante siglos, pero en lugar de igualarse, pretende ser ella quien ocupe ese sitial. Se considera independiente económicamente y ante tanto tiempo de postergaciones, entiende que lo  ha superado. Los cambios de personalidad de la mujer comienzan a notarse hasta en los estrados y uno de los casos más puntuales es que el hombre deja de ser el único que ostenta la patria potestad sobre los hijos. El hombre no se halla preparado para compartir ni resoluciones ni responsabilidades. La mujer exige un trato igualitario que el hombre no tiene previsto. La presencia física de alguno de los progenitores en esos hogares colmenas ya no es la presencia que rige, sino que toma la forma del tirano a quien hay que derrocar. Comienzan las infidelidades conyugales, aunque éstas no representan nada más que una descarga de bronca o de despecho. Acá la infidelidad también es compartida. Tanto hombres como mujeres buscan en otros seres (que están viviendo situaciones similares) el grado de comprensión que dicen no hallar en sus hogares. La iglesia ya no representa un freno a sus desilusiones y las palabras absolutas pierden su asfixiante significado. Se ha casado por iglesia y “para siempre”, pero empiezan a entender que ese “siempre” es una pesada mochila que no es posible sostener. Todo un proyecto primario que no ha sido nada más que una huída de un sistema paterno que entienden resulta equivocado, pero ante la pareja elegida comprueban que esa huída no es compatible con gustos diferentes, ideas competitivas o personalidades obcecadas. Los reproches ya no se hacen en los corrillos del barrio, sino que ahora se plantean cara a cara y en espacios reducidos ante la presencia de los hijos. Las situaciones empiezan a tornarse insostenibles y la separación termina siendo el resultado más sano para la salud mental de esos hijos y para su propia salud mental.

Han podido ser infieles por un tiempo, pero no han querido que esa situación se prolongara por tiempo indefinido y han optado por dar un corte a una relación que había estado signada con el estigma de “para siempre”.

¿Podemos en este caso considerar que ha sido una generación hipócrita? Tal vez las generaciones posteriores así lo consideren, pero es probable que así lo hagan porque no tendrán la valentía de enfrentar sus propias limitaciones y sus frustraciones subterráneas.

Y de esta forma llegamos a visualizar a una juventud actual que ha eliminado la infidelidad de igual manera que evita la fidelidad.

Producto de una vida con alteraciones de espacio y con un constante movimiento emocional, ésta juventud ha procurado colocarse una coraza sobre todo aquello que entiende representa debilidad. De esa forma se protege con planchas de frialdad para no ser vulnerada en los sentimientos. No van a tener actos de infidelidad corporal porque al hacer un culto de los cuerpos, solamente aceptan los cuerpos perfectos y, como la perfección se halla únicamente en la mente, jamás podrán encontrar el cuerpo que los atraiga en toda su dimensión. Asimismo, y por la misma razón tampoco logran ser fieles. Al haberse despojado de los antiguos, deficientes, paradigmáticos, pero fundamentados desde la  historia de la humanidad, valores familiares, no sienten apego a las tradiciones festivas o los homenajes onomásticos. Su sentido de vida es de neto corte material y en sus ansias de liberalismo, terminan siendo esclavos del dinero, el confort y la vanidad de lo suntuario.

Debido a la inconsistencia de su andar sin ideales auténticos, entienden que se encuentran parados en la cima de la existencia y pretenden no ver más allá de sus horizontes limitados, dado que consideran que han llegado a una edad donde nada les queda por aprender. Mantienen la tesitura de un orden fijo por su oculto terror al cambio y han olvidado que los cambios son permanentes y que la adaptación a los mismos provoca incertidumbre y sufrimientos y que es el verdadero sentido de la inteligencia.

Su ascensión tecnológica les ha traído la paradoja de un descenso en las sensaciones humanas y creen que en la genética se hallan todos los valores con que habrá de recubrirse el ser humano. Por deshumanizarse espiritualmente y por su ociosidad a bucear en las fuentes sabias de quienes los precedieron, caminan hacia una meta de robotización que los vuelve parejos y autómatas.

Desde ya, y al igual que en todas las épocas, existen las excepciones particulares, pero las excepciones no son el reflejo de la generalidad.

Habiendo entendido equivocadamente el mensaje de igualdad emitido por las generaciones anteriores, pretenden (y en parte se debe a su limitado lenguaje) a igualar hacia abajo sin intenciones de elevación. Es en nuestros días donde comprobamos que un sentimiento tan recóndito como el amor, es manifestado abiertamente con el mismo instinto que poseen los animales, haciendo que ese amor (o supuesto amor) se desnaturalice hasta parecerse fogosa pasión de seres irracionales. En la juventud actual sólo cabe la obediencia a sus propios deseos, el respeto a sus cerradas creencias, y la aceptación de su única palabra. Cuestionan todo lo pasado, pero no se esfuerzan por una mejor integración. Todo les resbala y prefieren congregarse con otros “no pensantes”, a tener que confrontar con los diferentes conceptos filosóficos que se desarrollaron dentro de la humanidad.

¿Podemos decir que son fieles? ¿Los podemos ubicar como infieles? Realmente es un enigma que no se puede responder a pesar de todos los conocimientos adquiridos a través de la historia. Su liviandad para tomar y dejar, y esa falta de compromiso comunitario  los ha transformado en seres desconocidos aún para sus propios padres.

Es evidente que tienen un gran enojo interno hacia sus mayores, pero también es notable su falta de capacidad para encontrar lo positivo que pudo haber existido en sus ancestros.

Sus teorías extremistas donde no tienen cabida los puntos intermedios, ni los atenuantes, ni las circunstancias, los muestran con una mentalidad cerrada sin ninguna amplitud de criterio. Su pseudo autosuficiencia simplemente los muestra como absurdos ejecutores de la necedad, y su falta de paciencia para escuchar las experiencias de otras épocas, los lleva a la más absoluta ignorancia.

En un gran afán por sentirse libres han confundido libertad con libertinaje, se han subido a la peligrosa montaña del “todo vale” y corren el riesgo de caer por el tobogán del “nada importa”. Tan así es lo que evidencian, que aún no han conseguido ninguna reforma positiva. Su época está marcando una etapa intrascendente de la historia y en un futuro podrán ser recordados como los precursores de los “chips”, astronautas de realidad virtual, o comandantes de las frases monosilábicas, pero no formarán parte de un cambio humano con mejoras en lo social y cultural.

Conclusiones

Cada etapa analizada muestra sus distintos colores y sus variadas concepciones. Tomar cada una de ellas sin relacionarla con la siguiente, es como desarticular los dedos de la mano. Todas son importantes en la exacta medida de su tiempo. No valen las recriminaciones ofensivas a aquellos que debieron transitar por la vida con menos elementos que quienes los precedieron. El hombre ha arrojado cambios desde su primitiva iniciación. Ha valorado y ha despreciado conductas, pero por sobre todo ha acumulado experiencias en su propio beneficio. Cada generación ha contribuido a mejorar o deteriorar la siguiente, pero no es el artífice total de esa mejora o ese deterioro. Ha sido la generación venidera quien ha modificado parte de una estructura sin por ello cambiarla totalmente. Si los cambios hubieran sido abruptos, la memoria resultaría una función inútil. Podemos modificar el presente, pero no podemos olvidarnos del pasado. Quedan en nuestras vidas huellas de las vidas anteriores, y es bueno que así suceda, porque de no ser así, nuestras crisis (que significa cambio) no lograrían ser superadas.

Las críticas siempre van a superar a los elogios, y los elogios sólo pueden brindarlos aquellos que han sido superados. Podremos achacarle a las juventudes del siglo XVIII una escasa disposición para confrontar sus pensamientos con el de sus mayores, pero no podemos negarles su clarividencia para aprovechar al máximo su avidez de elevación y la capacidad operativa para hacer nacer un país desde las profundas palabras de una teoría filosófica.

No se independizó la República sin sangre y cañones, pero esa sangre fue ofrendada y esos cañones dispararon por la luz que brindaron las teorías de Rousseau y Montesquieu.

Siempre hubieron pioneros para magnificar una idea, y tuvieron que ser esos pioneros los que marcaran el rumbo de las nuevas tendencias, pero hay que tener muy en claro que los cambios deben ser emotivos y con un contenido que mejore la humanidad.

Ya Confucio, el célebre filósofo chino, que naciera hace más de 2500 años decía: “La naturaleza hace que los hombres nos parezcamos unos a otros y nos juntemos; la educación hace que seamos diferentes y que nos alejemos”

Esto implica que la educación y las costumbres son vitales en nuestra existencia y a la vez colaboran con nuestra formación. Existe una educación que sobrepasa a la ejercitada en los colegios y universidades y es la educación de la convivencia con los afectos y los errores de aquellos en quienes hemos depositado el afecto y la confianza.

No es ilógico procurarnos una educación académica, pero la misma tiene que servir para elevarnos como personas y no para que únicamente resulte una posibilidad laboral.

Nuestras ambiciones hacen que pretendamos mejorar lo realizado por otros, pero no caigamos en el error de pretender mejorar todo un conjunto; mejoremos exclusivamente las partes que merecen una revisión. Shakespeare afirmaba; “procurando lo mejor estropeamos a menudo lo que está bien”

Hoy nuestros jóvenes se sienten dueños de la verdad absoluta y abominan de los consejos de las arrugas. A ellos sólo me cabe repetirles la frase de Víctor Hugo: “En los ojos del joven arde la llama; en los del viejo, brilla la luz”

Avancen con la tecnología, automaticen máquinas y superen velocidades, pero no olviden los 2500 años de Confucio. Desde lo inconmensurable del tiempo les sigue repitiendo: “Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso.

 

 

Ricardo Álvarez Morel

 

 

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Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 26, 2012 a las 10:29pm

Me satisface Samara, tu visita y la interpretación universal que diste a mi disertación. Como le dijera a Rosamelia, la problemática es global, pero me referí a la Argentina porque es la que conozco y palpo diariamente.

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 26, 2012 a las 10:26pm

Es un honor que agradezco profundamente, María de los Ángeles, la dedicación que tuviste para leer una obra algo extensa

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 26, 2012 a las 10:22pm

Muchas gracias Silvia por tus elogios y por todo el tiempo que dedicaste a leer esta disertación.

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 26, 2012 a las 10:21pm

Agradezco tu visita Alejandra y estoy en un todo de acuerdo con tus expresiones sobre nuestra sociedad

Comentario por Samara el agosto 26, 2012 a las 10:15pm

Una exposición sobre la sociedad no tan solo Argentina, diría general, esto es para releer y destacar, muchas gracias por compartir conocimientos, tan necesarios para todos y cada uno de nosotros, un abrazo y Chapeua

Comentario por alejandra noemi maldonado el agosto 21, 2012 a las 3:10am
No tengo palabras...es maravillosa tu exposición sobre la sociedad argentina a largo de su historia...como tu bien dices una sociedad que guarda su idiosincracia y carárter en la base de una cronologia social encriptada en la supremasia patriarcal ante un genero femenino educado para la sumisión y el conformismo, de ahi la evolución ciclica que tan bien has logrado describir en los jovenes que han conformado el perfil arquetipo en nuestro país.Como bien describes, ese tipo de esquema social, familiar e individual no solo ha ido evolucionando a lo largo de nuestra historia sino que también ha mutado en valores y prioridades, tal es asi, tu aclaración sobre las bondades y carencias de una juventud automatizada y mimetizada al avance informatico y tecnológico.

Hemos ganado en adelanto socio -cultural, lo que hemos perdido en respeto socio-individual.

Es un placer y un orgullo como argentina leerte estimado amigo.

FELICITACIONES. Ale
Comentario por Maria de los Angeles Cristal el agosto 20, 2012 a las 2:16pm

NO QUIERO DECIR NADA AL RESPECTO, NO TENGO ARGUMENTOS PARA RESPONDER ACERTADAMENTE ANTE ESTAS DISERTACION,SOLAMENTE TE DIRE QUE ANTE TI ME QUITO EL SOMBRERO.

BESOS

Comentario por SILVIA el agosto 20, 2012 a las 10:52am

No puedo decir nada , tan solo que usted es un gran poeta y le tengo mucha admiración y respeto , su obra es magistral , aunque yo ya lo espera de usted , un abrazo enorme y mi estrellita

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 20, 2012 a las 4:38am

Leonardo y Pilar, muchas gracias por vuestros conceptos, que aprecio con total sinceridad.

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el agosto 20, 2012 a las 4:37am

Gracias Rosamelia por tus efusivos conceptos. La problemática que aludes es global. En mi disertación sólo me referí a la Juventud argentina para no herir susceptibilidades de jóvenes de otras naciones,

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