Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

El paseo de compras o Shopping como dicen los ingleses exhibía en sus escaparates todas las ofertas que os podéis imaginar. Las carteras de cuero rivalizaban con las telas estampadas y los maniquíes ondulaban sus formas, ostentando el último grito de la moda estallado en llamativas pelucas.

Hombres y mujeres avanzaban y se detenían conforme a sus gustos y sus necesidades, pero el conjunto de los mismos permanecía aislado entre si.

Dentro de cada negocio, los vendedores se afanaban por complacer a cada uno de los potenciales clientes y las sonrisas forzadas se extendían en los rostros, mientras los posibles compradores titubeaban entre los colores claros y el dinero de sus billeteras.

Una discreta vigilancia aseguraba la transparencia y la tranquilidad sobre posibles robos y alteraciones del orden y la jornada aparentaba desarrollarse con la tranquilidad de todos los días. No obstante, en la intimidad de cada uno de los presentes se desarrollaba un clima de nerviosismo que no resultaba fácil de explicar. Era una sensación indefinida, una inquietud que se pegaba a la boca del estómago y que se bifurcaba desde los pulmones a los intestinos.

Aún estaba fresco el recuerdo de las bombas en  la estación ferroviaria de Atocha y las imágenes desgarradoras de destrucción y cuerpos mutilados se sucedían a pesar de la luminosidad de las marquesinas y la música funcional que intentaba ser un bálsamo placentero y relajante.

En la distancia del horizonte externo se expandió el sonido de una sirena y todos (o casi todos) experimentaron un estremecimiento de pavor. La ambulancia fue alejándose con su carga de urgencia sanitaria, dejando su estela temblorosa y el horror de un pasado reciente.

Marcial Lafuente se sonrojó al abrir su maletín, mientras el dependiente que lo atendía sentía correr una pequeña gota de frío sudor que iba desde su nuca en dirección a su cintura.

Con un imperceptible movimiento realizó una señal de alerta al vigilante zonal y éste, como al descuido, llevó la mano derecha hacia su pistola reglamentaria.

En el momento que Marcial Lafuente, pálido, con una voz sibilante, pidió al vendedor que acercara su rostro hacia él, ya tenía el caño del arma apuntando a sus omóplatos.

-No es agradable hacer esto, pero no tengo mas remedio – dijo con la resolución de los condenados y continuó –Algo hay que modificar – e introdujo su mano  en el interior del maletín.

Cuando la bala partió, el estruendo no alcanzó a tapar la sorpresa de su rostro. Lentamente se fue deslizando desde el mostrador al piso, sin por ello dejar de aferrar el sostén que su esposa le había solicitado que cambiara.

 

Ricardo Alvarez Morel

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Comentario por Ricardo Alvarez Morel el septiembre 8, 2012 a las 4:29pm

Agradecido por tu comentario, Pilar. Si, estos los sabrás de memoria. Los nuevo que estoy haciendo, no. jajajaj.

Comentario por Ricardo Alvarez Morel el septiembre 8, 2012 a las 6:01am

Gracias Trina por tus conceptos. Tomé un hecho trágico para imaginar un estado de psicosis que bien puedo haber estado latente

Comentario por TRINA MERCEDES LEÉ DE HIDALGO el septiembre 8, 2012 a las 5:55am

Un relato corto, preciso, conciso, con una temática que nos mantiene en zozobra y merma nuestra estabilidad emocional: la inseguridad social. Felicitaciones. 

TRINA

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