Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

 

Dedico este cuento a los amigos que desde esta pagina me leen y apoyan, haciéndose presentes con sus palabras  y afecto...   Para ellos dejo este relato... Gracias

...Siempre creí que el camino terminaba en la tranquera de mi casa. Para mí, el otro, el que seguía de largo era sólo la prolongación de un sendero que recorríamos, bordeando sus acequias paralelas de álamos, para juntar hinojo para los conejos o arrebatarle espárragos a la tierra, espárragos que nacían y explotaban de un día para otro. El tiempo me persuadiría que por sus estrechos matorrales se podía ir lejos, muy lejos.

Por aquel tiempo, la casa se adaptaba a los estados de ánimo de los mayores, que enfrentados en el disentimiento de quienes no querían escuchar, debatían por ver quién tenía la razón. El miedo a quedarme solo me hacía estremecer, pero los hechos se fueron sucediendo fatalmente. Cada día nos acercábamos más al abismo; todo, siempre, a punto de estallar.

Las peleas se fueron transformando en crueles enfrentamientos y las palabras abrían heridas que sangraban el dolor de perder lo que más amaba: la familia, mi casa, los hermanos. Más tarde, cada cual tomaría su propio camino buscando aire limpio donde crecer sin resentimientos. Mis padres, ciegos de ira y de reproches, se negaban a ver cómo se desmoronaba todo cayéndose a pedazos, sin que fueran capaces de sostener desde el amor lo que un día quizá se juraron.

En ese espacio convulsionado y a punto de trisarse caminábamos los más pequeños sin más salida ni opciones que andar por debajo de la mesa tapándonos los oídos para no escuchar cómo se lastimaban sin importarles nada. Ansiábamos que llegaran los silencios, que cesaran los gritos y que viniera la noche para que todo acabara y nos atreviéramos a soñar un mundo mejor.

Nunca supe las razones de ese odio que los separó, ni cuándo se apagó el amor con el que nos trajeron al mundo. Siempre pensé en ello, pero nunca los entendí, tampoco los culpé. Como decía el abuelo, cada cual con su cruz.

Llegaba el verano y la separación de nuestros padres ya era un hecho. Yo solía entrar a su dormitorio y contemplaba la cama en donde ya nadie dormía. Me quedaba por instantes pensando que los volvería a ver juntos. Después, descolgaba las cortinas y partía llevando un gusto amargo en la boca y una lágrima a punto de flaquear.

No pasó mucho tiempo para que llegara el día en que mi padre decidiera irse. Desde temprano lo supe, lo percibí cuando lo vi juntar sus cosas: fue hasta la despensa, descolgó el cabestro y las riendas trenzadas (regalo de un amigo), eligió con cuidado los aperos más finos y del corral trajo el alazán, su preferido. Lo ensilló. Luego, lo haría esperar hasta que diera la última mirada a la casa, a los corrales, a su enramada y a las herramientas que desde hacía tiempo permanecían envueltas por el ocio y el desgano.                                   En esos momentos me aboqué a seguirlo tratando de comprender tantos porqués que me desgarraban el alma, sufría al verlo más viejo, más cansado, en un estado de resignación y agonía.                   Él no era así, era pura pasión, todo ganas, emprendedor y entusiasta en cada cosa que se proponía; él no era así, y yo - en mi interior - lo sabía.

Guardó en un morral un poco de maíz para su caballo; después, sabría que para él no se llevaba más que su sombra, su silencio y esos ojos azules humedecidos de penas. Me vio que andaba detrás de él y se detuvo, me tomó en los brazos, me besó, no dijo nada y me dejó con tanta ternura que no lo sentí alejarse. Corrí detrás del caballo, mi padre se detuvo en el puente, giró sobre sus hombros y vio a mi madre parada en la puerta.

Ella estaba triste, su palidez denotaba dolor, pero siguió callada. Mi padre miraba la casa quizá esperando una palabra, una mera señal para desistir y volverse. Con dolor, taloneó al caballo y descendió del puente largándose al camino, por ese camino que nunca pensé que fuera capaz de llevarlo tan lejos y para siempre, por ese mismo sendero que yo creía que no conducía a ninguna parte.

Pasó el tiempo sobre el dolor sentido. Un día salí a buscarlo, mi madre nunca lo supo, sólo yo sabría de él. Cuando fui hasta su tumba, unas viejas flores de papel, desteñidas de olvido, entristecían de abandono la muerte.                                                                         Quizá habría bastado sólo una palabra para revertir la historia y que nada hubiese cambiado. Desde entones aprendí a no callar mis sentimientos y a validar con palabras el amor y el perdón.                   Hoy, a pesar del tiempo, aún percibo sus olores a tabaco negro y el de su manta marrón. ¿Dónde habrán ido las cosas que alguna vez fueran suyas? ¿Me habrá recordado, habrá pronunciado mi nombre? Quizá espera por mí, a lo mejor vuelva a buscarme por ese mismo camino por el que un día le dijo basta a la vida, dejándome solo con esta angustia con que hoy escribo.

A MI PADRE

 

 

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el julio 3, 2017 a las 10:26pm

valla es un cuento muy triste amigo, y muy doloroso 

saludos . 

Comentario por LUIS GONZALO MACHADO SÀNCHEZ el junio 30, 2017 a las 10:33pm

Bellas letraas,gracias por compartir sentimientos que se adentran en el alma.felicidades,un fraterno abrazo.

Comentario por celeste hernandez el junio 30, 2017 a las 7:31am

QUE DOLOROSA SITUACION SE VIVE YA ARRASTRA A LOS MAS PEQUEÑOS POR PURO ORGULLO, Y DEJAN HUELLAS QUE JAMAS PODRAN BORRASE , GRACIAS ROLANDO , UN PLACER LLEGAR HASTA TUS LETRAS, BENDICIONES. CELESTE.

Comentario por Beto Brom el junio 30, 2017 a las 7:29am

Conmovedor...gracias por compartir, poeta.

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el junio 30, 2017 a las 2:58am


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