Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Él estaba allí desde hacía mucho tiempo, colgado de un herrumbrado clavo que lo perpetuó en las descascaradas y enmohecidas paredes del baño. Al fondo de la casa íbamos para vernos en él; y así, constatar cada día que se sumaba a nuestras vidas. Existencias plagadas de misterio y ansiedades, de crecer, desandar y partir. Siempre persiguiendo sueños, emplumando alas para volar lejos a los confines de un mañana incierto.

De aquel tiempo vuelven nítidos los recuerdos que rondaban a la memoria por la necesidad de reencuentros en el repaso final de un inventario inconcluso. La casa estaba allí entre dolorosas ruinas, árboles secos y tamarindos vencidos de vientos y sequedad. Al fondo, detrás de la enramada desnuda de hojas, él seguía de pie, desafiando lluvias, dejando pedazos de barro en cada invierno, cascoteado de inclemencias y tormentas de granizo. Sin techo ni puertas, el viejo baño guardaba en su interior el destrizado espejo cubierto de óxido, lleno de sombras y años.

Me asomé por las rendijas y miré por entre las heridas abiertas de olvidos y abandono. Me vi en él, ya de cuerpo entero, no como antes cuando trepaba a la silla para peinarme el jopo pegoteado de gomina o para anudar el elástico del moño entre el endurecido cuello almidonado de blancas camisas, signo del esmero de mi madre para resaltar entre los compañeros de escuela. 

Retraído en el espacio, me dejé llevar en el tiempo. Me contemplé, no como antes cuando embadurnaba la cara de espuma en el intento fallido de querer crecer. Me miré en él, desafiándome en el caprichoso empeño de lograr por mi mismo el nudo de la deseada corbata. Me detuve para observarme pasar el cepillo por los hombros de mi primer traje, resguardándome de caspa y cabellos, atento a mi obsesiva pulcritud.

Derrumbé pedazos de muros que amenazaban caer. Entré y me posesioné frente a él. Me sentí más viejo, cerré los ojos y desde el interior de mi alma, llegaban retazo de un ayer lejano y bello. Voces y risas, eran mis hermanas desesperadas de ansiedades porfiando por peinarse y pintarse, objetivo que casi siempre terminaba en peleas, en un enfrentamiento sin tregua para posesionarse de él y salir airosas y bellas provocando al amor, detrás de una máscara de felicidad y juventud que irradiaba hasta en las oscuras sombras de los salones, escapándose a las miradas inquisidoras de mi viejo, velando por ellas, cuidando la pureza y la dignidad.

Entre risas, recordé las caras de mis hermanos varones pegados al cristal, apretando barritos, sonrojados de vergüenza, limpiando huellas de una niñez que quedaba atrás. Con luz de velas nos peinábamos. Con luz de candil se afeitaban, secando asesinos cortes con pedazos de papel para cortar el sangrado, revelador de torpeza y apuros. Una sombra que llegó de atrás, oscureció el espejo y se tornó transparente. Él estaba junto a mí, esperando que se esparcieran los fantasmas, esperando verse reflejado en el opacado cristal. Él se enfrentó navaja en mano, brocha y una toalla humedecida de agua caliente. Yo, en mis miedos, veía ascender y descender por su cara el filo brilloso del metal que pasaba cerca de su boca e iba hasta su cuello. En mis temores presagiaba lo peor. Luego, agachándose, se limpió el rostro. Vapores blancos dejaban tersa y joven su piel, poniéndole más azul a sus ojos. Quedé extasiado, lo veía partir dejándome solo con mis miedos y temores. ¡Qué bello y alto era mi padre!

Una voz llegó desde el otro lado del tiempo. Tiempo de un casi remoto pasado, la oía decir con autoridad y firmeza.
- ¡A ver si dejan el baño y el espejo, ya es hora de partir! 
Partir, pensé, mientras esperaba ver a mi madre asomarse mansamente por entre los rasgos amarillentos del viejo vidrio. Vino hasta mí, me tomó de los hombros y me hizo a un lado. Sentí que en sus manos aún había ternura. Se soltó el pelo, movió la cabeza y la furia de la juventud se posesionó de ella, sus ojos brillaban por entre las frisaduras del cristal. Una dentadura filosa y mortal emblanquecían las sombras. Se peinó con parsimonia. No tenía apuro, estaba sola, no quedaba nada por hacer en la casa, era su tiempo y disfrutaba de ello. Pintó de rojo sus labios, depiló las cejas y ruborizó las mejillas. Mostró sus uñas. El espejo le devolvió una alerta, las limpió con sumo cuidado, luego, en fino detalle las sopló. El espejo y yo, únicos testigos de aquel instante. Ella, ausente del mundo, se dejaba llevar en el instinto maravilloso de saberse bella. 

Las sombras deformadas de la tarde comenzaron a caer despiadadas, y carentes de luz ensombrecieron de tristeza el moribundo baño, el espejo se refugió en las sombras negando su lacerado brillo. Ya no me vi, y me sentí solo, retrocedí unos pasos y miré con amplitud el patio, la represa y los corrales. Cuando estaba por partir, vi a mi madre corriendo a los brazos de mi viejo, radiante y bella, como él la quería, como yo la recuerdo guardada en el espejo de mi alma.

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Comentario por Ángela Pamela Juan Gálvez el febrero 27, 2015 a las 7:14am

letras llenas de nostalgia que me trasladaron a tu espejo...

gracias por compartir

saludos y bendicioones

Comentario por Beto Brom el febrero 26, 2015 a las 1:24pm

Gracias por regalarnos este bello relato.

Shalom poeta

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