Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Desde el lugar donde se hallaba, podía contemplar con descarnada realidad todo lo que acontecía a su alrededor. Montículos de tierra, pozos de fango aprisionando los cuerpos que se esforzaban por escapar. Un cielo gris plomizo tapaba el sol. La luz llegaba tenue y mortecina filtrándose en pedazos de rayos por entre el polvo que esparcía un olor a pólvora y a carne chamuscada. Los lanza llamas barrían el perímetro en una acción a ciegas que acababa con la vida que en vano se resistía.

Él estaba allí para retratar y contar los hechos. La cámara en sus manos era la prolongación de sus ojos, el lente tomaba vida en cada imagen que se perpetuaba en la memoria de quien le daba vida. En cada clic dejaba un latido, en cada enfoque acortaba las distancias para dejar grabada la barbarie de la guerra: cuerpos mutilados, gritos de dolor llamaban a la reflexión, nada allí tenía explicación. Eran sucesos que se sumaban a otros pronto a ocurrir.

No había tregua, un silbido a muerte dejaba a su paso las metrallas que tartamudeaban en un sonido sin coherencia que enloquecía de miedo al campo de batalla, lugar propicio para esperar a la muerte desencadenada en cada arremetida del enemigo. Una nube de polvo terroso invadía de sombras las frágiles trincheras a punto de ceder. EL hombre de la cámara buscaba su objetivo, plasmando la muerte en la crudeza de la sangre que escapaba por las heridas abiertas que drenaban hacia la tierra. Manos sosteniendo entrañas, ojos desorbitados apagándose en las sombras, alaridos y llanto, mucho llanto; almas a punto de fallecer esperando la mano piadosa que las elevaran a un cielo más azul, más distante del horror.

El campo cercado aliviaba a los hombres en una pequeña tregua. Se silenciaba el lugar, apenas fuegos mortecinos se dispersaban como cálidos y entrañables fogones de inviernos. El fuego se sostenía de uniformes y cuerpos quemándose entre pertrechos y armas vencidas, falleciendo entre el lodo y las cenizas. Cada imagen sería un retrato, un testigo ocurrente de que el hombre genera muerte, engendra odio y lo manifiesta en cada acto de impiedad en que se propone terminar con la vida de quien se le opone a su razón. Razón sobre razón, igual intolerancia, sumatoria cruel y fría de falsas e inhumanas estadísticas.

Desde el lente puede verse el campo tétrico y llano, todo está expuesto. Cada hombre en su lugar, las bocas humeantes de negros fusiles prestas a la descarga. Sólo de una voz depende que se rompa la quietud. Es entonces cuando el hombre de la cámara observa su entorno: baterías destruidas, cascos que se movilizan dentro de las trincheras entre el barro y la sangre, pisando cuerpos, ignorando la muerte para resistir un poco más, hombres sin nombres ni rostros aferrados al cálido y efímero placer de un cigarro mientras esperan el desenlace. El lente se detiene, alambres enrollados de hirientes púas cortan cualquier retirada, pedazos de uniformes cuelgan de sus líneas, cascos estallados se arremolinan a sus pies. El viento lo arrastra todo por entre los arbustos vencidos y fallecientes, hasta el abismo más profundo de la muerte.

El hombre de la cámara ya no piensa; ve y retiene. Ya nada será igual. Quizás regrese llevando consigo fragmentos de todo cuanto vio y sintió. Querrá contar minuciosamente pedazos de su historia, querrá exponerla al conocimiento y a la conciencia de quienes ignoran a los caídos. Tal vez regrese para contarlo, quizás retrate su propio final. Cada hombre tiene su otro yo, cada cual deberá cumplir su promesa. La consigna es dejar algo de uno, aunque sea una frágil y fraguada memoria que diga: por aquí pasó mi alma y mi corazón harto de morir mil veces. 
- Si caigo- oye decir - lleva esta carta a las manos de mi madre. Si me toca morir, que mis hijos sepan de mí. Si no regreso, que ella sepa que la amé. Si muero aquí, no me dejes al sol, entierra mis huesos para que los buitres posterguen su festín. 
Palabras, sólo palabras de los hombre de la guerra en su íntimo deseo de ser recordados más allá de la muerte. 

Se rompe la tregua. En la inconsciencia se inicia el horror. Gases naranjas tiñen el cielo, un olor a azufre sobrevuela la tarde, las sombras se deforman en una niebla espesa que tapiza los arboles. Sólo el oído está alerta. Los ojos se niegan a ver. Los sentidos, a medias, responden al reclamo de la ansiedad. Los cuerpos cansados se desvanecen. Las armas pesan. La conciencia se ablanda y el temor al final enlútese de silencios las almas expectantes. Más allá de los pozos, la visión se opaca en la densidad del humo. De repente, agudos sonidos trepan por las trincheras, las grullas de los tanques aplastan, a su paso, a los hombres y al pasto contra un mosaico de encendidos infiernos.

El lente está alerta. Las llamaradas distorsionan las imágenes, una flama de caliente aire se moviliza por entre los cuerpos caídos, todo se hace difuso, cuesta distinguir el horror. La cámara gira, se detiene; inmortal, se sostiene viva, después cae. Al siguiente estruendo rueda fosa abajo, en el lodo sepulta su latido. Las manos que le dieron vida están inertes, lejos de ella todo es quietud.

En la última imagen, en su último latido, la cámara pone su foco sobre el rostro transfigurado del hombre que la ha sostenido. Una mano desde el barro se extiende, en el último esfuerzo la aprieta sobre su pecho y la pone al abrigo de la memoria. El hombre de la cámara yace boca abajo mirando su próxima morada, allí quedará para siempre parte del olvido y de la muerte. Su póstumo deseo dirá: si me toca caer, que el mundo sepa lo inútil de la guerra.

ROLANDO PÉREZ BERBEL

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el diciembre 27, 2016 a las 7:07pm

muy buen escrito te felicito 

saludos . Imagen relacionada

Comentario por LUIS GONZALO MACHADO SÀNCHEZ el diciembre 20, 2016 a las 1:13pm

Qué  hermosa reflexión  gracias  por  compartir  un  fraternal  abrazo  lleno  de  afecto  

Comentario por celeste hernandez el diciembre 20, 2016 a las 8:00am

EL RETRATO A VECES DUELE POR LLEVAR TROZOS DE VIDA , DOLOR QUE NO SE QUIESIERA DAR LO MAS HORRIBLE DEL SER, A OTROS, GRACIAS ROLANDO PEREZ POR COMPARTIR. CELESTE. 

El hombre de la cámara ya no piensa; ve y retiene. Ya nada será igual. Quizás regrese llevando consigo fragmentos de todo cuanto vio y sintió. Querrá contar minuciosamente pedazos de su historia, querrá exponerla al conocimiento y a la conciencia de quienes ignoran a los caídos. Tal vez regrese para contarlo, quizás retrate su propio final. Cada hombre tiene su otro yo, cada cual deberá cumplir su promesa. La consigna es dejar algo de uno, aunque sea una frágil y fraguada memoria que diga: por aquí pasó mi alma y mi corazón harto de morir mil veces. 

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el diciembre 19, 2016 a las 1:15pm

Emotivo e impactante relato que nos regalas hoy amigo Antonio para reflexionar, mostrandonos la gran deshumanización a la que hemos llegado a pesar de todos los avances conseguidos.
-Ojala este escrito tuyo sirva para tomar conciencia de tal aberración que todavía hoy se da en muchos Países de nuestra amada tierra.
-Un honor volver a leerte y esperando de todo corazón que te encuentres súper bien.

Bendiciones, abrazos y besos navideños para ti y toda tu familia amada…

Comentario por Beto Brom el diciembre 19, 2016 a las 7:23am

Felicito tu obra, amigazo.

Has descrito con lujo de detalles esa sensación de impotencia frente a la guerra entre los hombres.

Esperamos la llegada del Shalom, para que cubra nuestro enfermo mundo.

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