Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Después, que él falleciera comenzamos a estar más solos. Para ella ya no significábamos nada, porque ya nada nos unía. Solo su necesidad la habían llevado a convivir con nuestro padre. Él dejaría este mundo pensando que había sido amado por aquella mujer que de todo lo prometido solo dejo mentiras y dolor.

Aquella mañana fría de julio un coche vino por nosotros. Recuerdo que juntamos alguna cosas –las más necesarias- se preocupaba de hacernos saber aquella mujer que ya era para nosotros una extraña. Ropas deshilachadas y pobres y algunos útiles del colegio que pasarían a ser inútiles objetos es desuso, más dos pares de zapatillas boyeros blancas, guardadas "para una buena ocasión", habíamos escuchado decir a nuestro padre poniendo asentó en ello. Nos miramos con Julia preguntándonos ¿SI era esta una buena ocasión?

Un señor con cara de malo, todo vestido de negro, nos puso en el asiento de atrás del coche. Adelante, ella dando explicaciones y justificaciones y motivos de nuestra internación, el hombre conducía como si no la escuchara. Ella savia de futuras molestias y de próximas cadenas que atarían su vida a nuestro cuidado.
-. Prométeme que si me sucede algo cuidaras de los chicos- aquellas fueron las últimas palabras de mi viejo.

El instituto, como pomposamente sé lo llamaba realzando su nombre sobre el gran portal en letras de blanco mármol. El lugar no dejaba de ser uno depósito de almas abandonadas. Sentaditos, con las patitas colgando de los bancos podíamos ver tras los cristales de la puerta, como aquella mujer que juraba querernos como hijos, firmaba, dejándonos allí en manos de extraños, rodeados de miserias y abandono.

Después, sin que nada nos alentara, la vimos salir y venir hasta nosotros, dejo un beso de condena y sentencia en las mejillas humedecidas de julia y, para mí un golpecito en el pecho como diciéndome "hacerte hombre muchacho". La vimos partí, seria para siempre.
Dos monjas viejas vinieron por nosotros, desde atrás guiaban nuestros pasos por las descarnadas galerías, después, nos separarían. Julia extendió sus manitas que se volvían lejanas, no pude alcanzarlas no pude detenerla y desde aquel día, por mucho años, no la volvería a ver.
Sufrí por ello, ella quizás lloro en el miedo de la inocencia de perder lo único que tenía en la vida. Espere en una blanca sala a que vinieran por mí, dos guardias me llevaron hasta un gran salón, enseguida me daría cuenta que eran las duchas, se me indico bañarme, esperaban por mí, no había apuro, el agua tibia acariciaba mi cuerpo con una extraña sensación de placer, después, vendrían las lágrimas y el frío.

Rociaron mi cuerpo de hediondo líquido por mis axilas, mi pelo y mis partes íntimas y cuando creía que todo acabaría allí, esparcieron en todo mi cuerpo un polvo blanco que me encegueció por un instante. Un médico abrió mi boca, miro mis oídos, verifico mi ano y estiro mis extremidades, después, firmo planillas que dejo en las manos de mis custodios, quienes sin decir palabras me dejaron en el amplio patio. Después de traspasar un gran portón, único obstáculo que me separaba del escaso sol que se filtraba como un frío y acerado puñal por detrás de las paredes.

Un aire tibio de otoño calentaba la mañana, a los costados del muro las sombras se descolgaban de su altura, oscureciendo a mohecidos bloc de cemento que elevaba su tétrica fachada de cárceles y castigo. Me detuve a contemplar el espacio y su entorno lleno de bullicio y juegos. Una canchita improvisada llenaba de tierra los ojos de los pibes que se empecinaban en hacer picar una pelota de goma pinchada, no les importaba y corrían tras de ella despavoridos de ganas, olvidando por un instante el lugar que los sitiaba...

Me senté en un rincón, escondí la cabeza entre mis piernas, no quería ver ni sentir, después, en la fragilidad de los pensamientos, a solas me entretuve recorriendo con la vista el largo y alto del muro que amenazaba caer sobre mí, sentía multiplicarse los gritos, parecían estrellarse contra el muro que los devolvía agudos y en lejanos ecos, multiplicándose, tratando de escaparse. Con dolor Imaginaba a Julia pasando por la misma situación, tenía miedo de que no resistiera que se entregará vencida a su puto destino y sucumbiera al dolor y al castigo.

Aún no estaba todo tan mal, luego vendría lo peor. Las cosas tomarían su cuse, las ordenes, los castigos y las privaciones. Los encierros, acentuando el castigo en los inhumanos solitarios, allí donde sobraba el tiempo para pensar, llorar y maldecirte hasta odiarte. Una férrea disciplina nos paralizaba de miedo, el terror a las represalias enmudecían las bocas y, apretando los dientes nos llenábamos de fuerzas para esperar que nos llegara a cada uno su hora. No había escapatoria, tarde o temprano vendrían por nosotros. Entre risa los pibes nos decíamos.

- . Esto es como las paperas y el sarampión, a todos nos llega- y reíamos antes de llorar.
Me aislé del mundo en que me tocaba vivir y de apoco fui aprendiendo, supe, no sin dolor a sobrellevar mi destino, me fui adaptando y camuflándome por los rincones y, en las sombras, pase inadvertido y ausente de esa danza macabra que te marcaba para siempre, sin dejarte trascender más allá de un registro olvidado, cajoneado de decidía y desprecio, a nadie le importábamos, éramos solo números, nombres borroneados en la desmemoria. Un macabro experimento, donde resistir era el doloroso resultado de una suma de castigo y vejaciones. Solo parias al servicio de la intolerancia y el odio, manipulados por los rectores del mundo.

Atrincherado en el dolor me adapté a mí soledad, fiel compañera de noches sin estrellas ni lunas, ennegreciendo un despintado muro que se alzaba allí afuera, infranqueable y amenazante. Adentro, en los quejidos de los cuartos, sangraban enmohecidas paredes, portadoras de retratos y nombres garabateados en la urgencia de dar testimonio, aquí entubó mi alma, de aquí me fui un día sin que nadie supiera de mí. Nombres escritos con uñas y sangre. Delineados he inconclusos dibujos, grotescos cuerpos lacerados de lágrimas y heridas.

Sin odios ni venganza, solo para no dejarme morir, me aboque a la tarea de sobrevivir, aprendí a callar todo de mí y silencie mi breve historia de guacho y sin amor y, sin saberlo, me daba cuenta, que en el cada día en que se sucedía el tiempo, me parecía más a ellos. En algo, solo en algo me distinguía. Mí empecinada soledad y mi muda y esquiva ausencia, decía de ello.
Horas del día pasaba mirando el muro, él estaba allí para mostrarme los límites y hasta donde trascendía la libertad. Afuera, estaba la vida y, socavaba con ello mis ganas de fugarme. Llegar hasta Julia y su vida, ahondar en el futuro y en la oportunidad de comenzar sin cadenas ni candados.
Tenía que hallar la manera de traspasarlo, el muro, latía y, mudo contemplaba mi ansiedad, prevenido de un desesperado arrebato, de una furiosa envestida , esperaba por mí, indemne y vivo. Pensé en alas y en plumas, luego desistirá de soñar y volvía a la realidad. Ni un resquicio, ni el más mínimo indicio de que pudiera evadir su sombra, siempre amenazante y fría, ennegrecida y oscura de humedad y de perpetuas lágrimas descolgando de su miserable existencia, aplastándonos, empequeñeciéndonos cada día más. Un cielo lejano corría sobre el patio, nubes pasajeras llevándose mis sueños me ponían de nuevo allí, donde ya comenzaba a pertenecer.

Pasaría el tiempo, tiempo en que me resigne a esperar mi mayoría de edad, sería el momento de partir y dejar atrás todo cuando resistí. Afuera nadie que esperara por mí. Mientas me prometía.
.-saldré a buscarla por los orfanatos y depósitos de ángeles y residuos, entre ese excedente humano que a nadie importa. De julia nada sabía, pero en algún lugar esperaba por mí.
Un día en que Dios quiso devolverme algo de cuando me quito, fui llamado a la oficina del director donde se informaba, "que ha cuidado de un asistente" al que debería dar conocimiento de domicilio y actividades, se me ponía en la calle, De regreso por mis cosas volví a oír las mismas voces, las repetidas palabras. Todos, algo me pedían, antes de dejar las sombras de la inhumanas "tumbas".

Los que traspasábamos el muro nos obligábamos a buscar por ellos. Simples y fáciles palabras -.Busca a mi vieja, avísale de mí, contarle a mi padre, tráeme algo, no me olvides, que el mundo sepa de este cubo de sangre y dolor -
Eran tantas las palabras, tanto el dolor que llore, llore por mí, por sus putos destinos, por tanta y repetida soledad. Salí de allí sin llevarme nada, en mi catre deje mis lágrimas, mis enmudecidos rezos y un olor a miseria esparcido por el colchón, humedecidos de lastimas, ajado de soledad.

De allí solo rescate mi dignidad, sentenciada a la brutal posesión de la carne. A pesar de todo me sentía ileso, mis ganas, mis rabias y mis sueños me sostenían de pie.
Traspase el patio por un caminito lateral cercado de mohecidas rejas, a mi costado, el muro se elevaba sentenciando mi partida, prometiéndome y alertándome de otros muros. No quise mirarlo, solo me anime a escupir en su podrida sombra. Ya, a fuera me di vuelta y lo contemple con lastima, él seguiría allí, quizás por siempre.

A mí me esperaban días de sol y de lluvias mojándome el rostro, lavándome lágrimas, alentándome a vivir. Después, en la distancia ganada en la partida lo mire, se empequeñecía hasta que desapareció a mis ojos y de mi vida. Julia, mi sangre, la mitad de mi dolor, esperaba por mí, en algún lugar, en alguna "tumba "podrida de sombras Y soledades...

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Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el octubre 12, 2017 a las 1:28pm

Comentario por celeste hernandez el octubre 12, 2017 a las 7:10am

Comentario por celeste hernandez el octubre 11, 2017 a las 6:24pm

Que magistrales letras compartes, llenas de dolor por los olvidados y recluidos...Gracias ROLANDO en verdad un placer leerte.

Celeste

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