Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

EN BUSCA DE LA ESENCIA MILAGROSA (relato a dos manos / cuarto capítulo de cinco)

 

 

 

Capítulo IV

 

Luego del reparador descanso y bien llenas las forjas destinadas a la comida, partieron alegres y satisfechos hacia el río para bordearlo y así encontrar la choza del ermitaño que quizás les indicaría el camino a seguir.

No les fue difícil el trayecto, al punto tal que, cuando Alex comenzó a entonar cierta canción de amor, todo el grupo lo acompañó con un suave tarareo, aún sin conocerla, como deseando compartir unos momentos de relax que tanto necesitaban. 

Después de una hora de caminata, percibieron a un costado del sendero una choza de gran tamaño y un anciano sentado a su entrada, a su lado dos perros levantaron sus cabezas, como olfateando a los recién llegados, emitieron un ronroneo y siguieron descansando sin demostrar gran interés.

German se acercó, saludó, y se sentó frente al dueño de casa. Los demás se quedaron un poco retrasados, aguardando el resultado de la charla. Después de recibir la información deseada, el profesor dejó un pequeño cuchillo de regalo, que había adquirido en el mercado, pues le pareció un gesto adecuado. Posteriormente se dirigió al grupo para informarles que -a decir del anciano- deberían continuar bordeando el río hasta toparse con unas piedras de color obscuro, agrupadas en decenas de montículos; con las últimas precipitaciones era muy posible que todo el lugar alrededor de ellas estuviera sembrado de hongos. Agregó que si buscaban entre ellos, quizás la suerte les ayudaría.

    -Ya escucharon al profesor, así que ¡En marcha! De aquí en más pongan especial atención a todo, iremos a paso lento para no perder detalle de nada. Francesca y Mateo llevarán la delantera, yo los seguiré muy de cerca y colaboraré con Varda y Alex en la inspección de aquellas zonas en las que la vegetación presente características poco comunes. El profesor ayudará a Lionel a escoger las mejores tomas para su cámara. Caminen con cuidado, el sendero está lleno de barro – indicó el guía

Y de esta forma todos iniciaron el último tramo de su aventura, ya faltaba poco para arribar al objetivo. La flor Selvius estaría oculta en alguna parte de la frondosa vegetación.

Francesca ya imaginaba cómo se vería con el rostro rejuvenecido. Ella en realidad era joven y hermosa, pero la idea de serlo aún más la volvía ansiosa por descubrir cuanto antes esa maravilla de la naturaleza.

Mateo, por su parte, sólo pensaba en la fortuna que tal descubrimiento representaría para todos, luego de hacer analizar las muestras en el laboratorio y comprobar el milagroso efecto de esa flor sobre la piel.

Varda y Alex, principiantes en este tipo de aventura, eran movidos más por su curiosidad que por otra cosa. Querían tener algo para contar en el libro que pensaban publicar más adelante.

Lionel esperaba consagrarse como fotógrafo, tal como le había augurado Bernardo que sucedería.

En cuanto al profesor, él quería darle un broche de oro a su trayectoria como antropólogo y expedicionario, consiguiendo un ejemplar de esa flor, para luego disecarla y exhibirla en el museo que planeaba inaugurar.

Bernardo quería que Selvius le proporcionara todo: juventud, dinero, y fama. Era el más ambicioso, aunque no lo demostraba abiertamente, pues en su carácter de conductor del grupo debía controlar sus emociones.

Inmersos cada uno en sus cavilaciones, los expedicionarios no recordaron las recomendaciones de su guía acerca del mal estado del terreno. Y fue el profesor quien primero derrapó a causa del lodazal, y se llevó con él a Lionel, de cuyo brazo se aferró al notar que estaba a punto de caer.

Varda y Alex se dieron vuelta al escuchar el grito del antropólogo en el momento de impactar contra el suelo. Y al hacerlo perdieron el equilibrio y también cayeron.

Y cuando los tres restantes fueron a socorrer a los embadurnados de lodo, patinaron de igual modo y se sumaron al patético espectáculo.

Se miraron unos a otros y optaron por reírse en lugar de lamentarse.

Por fortuna, no se habían despegado de la orilla del río, así que sólo habría que echar mano de sus aguas para higienizarse.

Mucho no lograron con el agua, pues el barro era espeso y muy pegajoso, lo que dificultaba despegarlo del cuero y las ropas, pero decidieron dejar esas menudencias para otra oportunidad y emprender nuevamente el camino.

Dos perros aparecieron entre los matorrales con aparentes intenciones de acompañarlos en la travesía. Ambos se apostaron al lado de Francesca, que había tomado la delantera del grupo, como si su misión fuera guiarla en su cometido. Ella los miró y les dio unas palmaditas en sus cabezotas, haciéndoles ver que aceptaba la propuesta.

 

El sol era implacable y el calor resultaba agobiante para caminar, pero no aflojaron la marcha y continuaron en la búsqueda de las susodichas piedras.

Luego de una hora de extensa caminata, decidieron hacer un alto para tomar y comer algo. Los astutos perros comprendieron al instante el motivo de la pausa y se mantuvieron a la expectativa, por si también ellos recibían algún regalito. Francesca se encargó de no dejarlos sin su pequeña recompensa.

Ya descansados, reanudaron la marcha. Habían andado cientos de metros cuando los canes iniciaron una corrida alejándose del grupo, luego de lo cual desaparecieron tras un arbusto de gran tamaño. No era posible ver qué había del otro lado, pero se les escuchaba ladrar… y todos interpretaron que se trataba de un llamado, entonces apresuraron el paso para averiguar el motivo de tales ladridos.

Apenas sortearon el arbusto, encontraron una enorme piedra, frente a la cual los perros ladraban insistentemente.

Los animales intercalaban los ladridos con intensos olfateos sobre la superficie de esa roca.

Alex, que ya había demostrado un buen manejo en situaciones de riesgo, se aproximó a Francesca y le dijo:

    - Acerquémonos con cuidado, si lo que hallaron se tratara de comida, podrían molestarse con nosotros

    - Pero si acabo de alimentarlos… - argumentó ella

    - Son perros de gran porte, no creo que se hayan conformado con tan poco. – respondió él

    - Me pregunto cuántos más nos vamos a encontrar durante la expedición, tal parece que tenemos un imán con los perros – comentó ella

Ambos caminaron lentamente hacia donde estaba la piedra, mientras el resto del grupo observaba expectante… y cuando ya estaban casi sobre ella, Alex le indicó a Francesca que se detuviera y fue él quien se acercó para ver qué había.

Los animales no se interpusieron y lo dejaron hacer, como si supieran que era lo correcto.

    - ¡Ahhh… caray! – exclamó Alex

    - ¿Qué viste? – preguntó Francesca

    - Esto parece sangre – respondió

Al oír esto, la geóloga fue hacia allí para verlo con sus propios ojos. Y enseguida fue a buscar al profesor.

CONTINUARÁ

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Autores:

Laura Camus (Argentina)

Beto Brom (Israel)

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*Registrado/Safecreative N°1606058078337

*Imágenes de la Web

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Comentario por Beto Brom el julio 28, 2018 a las 10:37pm

Queridos CELESTE, NELSON, JOSEFA...

ya estamos esperándolos en el último capítulo...

Comentario por NELSON LENIN el julio 27, 2018 a las 10:02pm

Un relato fascinante que nos deja como decimos en ascuas y esperar que venga el desenlace para suspirar con el final,muy buen dueto amigo Beto con la poetisa a la cual felicito y les auguro mejores días, saludos para los dos 

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el julio 27, 2018 a las 5:28pm

Comentario por celeste hernandez el julio 27, 2018 a las 8:37am

WUAW ¿EN QUE QUEDARA LA INVESTIGACIÓN?¿DE QUIEN SERA LA SANGRE?

GRACIAS ESPERAMOS LA SIGUIENTE.FELICIDADES. CELESTE.

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