Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.


 La infausta relación con Rodrigo Berti
 la escaldó al punto de no querer saber nada más del amor. Llevándola a enclaustrarse en un mundo de impía y tenebrosa soledad, entre las ataduras esclavistas de un pasado transgresor, dilapidando un precioso tiempo en el transitar de su existencia.¡¡¡Pobre e insulsa mujer!!! Dejó ir sus mejores años, encadenada al recuerdo de un mal amor.

      Camelia Mondragón lleva por nombre, vivió enajenada en sí misma paralela a la realidad que la tanteaba, privándose la oportunidad de desarrollar su ser interior, sin atreverse a explorar nuevas y excitantes aventuras que llenaran el gran vacío en su inapetente existir.   

      Aquella hermosa mujer se creyó libre como un pájaro tricolor, cuando en realidad estaba estancada en un sentimiento no correspondido; derrochando su belleza se mantuvo sola, triste y vacía; a punto de perder la esencia de soñar, de vivir con alegría y disfrutar sus más profundas fantasías.

      Como dicen por allí, “No hay mal que dure cien años y ni cuerpo que lo resista”. Haciendo acopio de esa remembranza decidió darle un cambio a su escueta vida. Se levanto de aquel nefasto sofá en el rincón más oscuro de la habitación, donde yacían sus días entre penas y desilusión, seco de su rostro la última lagrima que derramo. 

        Deteniéndose frente al espejo, Camelia observó un rostro marchito por el indetenible tiempo, quien sin ninguna contemplación se posó sobre ella profanando todo su candor; dejando profundas huellas a su paso, semejando las grietas de un corazón vilipendiado por el dolor. 

      Encismada en la tétrica imagen que se propagaba frente a sus lesos ojos, no percibió la sutil brisa que acariciaba su cuerpo encrespando hasta los lugares más ocultos. Sin embargo, el constante golpeteo de un carpintero en el umbral de su amplia ventana, logro extraerla de la profundidad de su embelesada sumisión ante el aterrador remedo de mujer que se había convertido.

      Dio un paso atrás rápidamente, dando poca credulidad a lo que se exponía frente a ella, cuestionándose con premura por haber permitido que un desengaño amoroso, la entregara con mucha soltura a los brazos de la temida locura.

       –¡¡¡Oh, mi dios en que me he convertido!!!

Fue aquel grito silente el benefactor de su buenaventura. Desesperada corrió a la ducha fregando con fuerza su desdeñada piel, tratando de arrancar la miserable imagen que le carcomía la mente. Camelia Mondragón tomó todo el tiempo necesario para acicalarse, con grácil nostalgia sintió en lo más recóndito del alma, el inminente cambio que requería su existencia, para dejar atrás de una vez por todas, los cruentos días de melancolía por una relación que no la merecía.

     Respiró profundo y salió a la calle, había olvidado cuando hermosa era su comarca. Con extensos jardines multicolores cuna de infinidad de aves. El dulce cantar de los pajarillos, llenaba sus ávidos oídos con hermosos trinares, saludando otro amanecer en los resplandecientes días primaverales, donde los capullos perdían su pureza al abrir sus pétalos a los vivarachos picaflor.

      Camelia suspiraba sin cesar ante la hermosa sonrisa de la primera mañana de Abril, acariciaba con ternura cada ramillete florecido que se interponía en su andar, como quien permanece privada de su libertad y vuelve abrirse paso a la sociedad. Atraída por la dulce y aromática fragancia del café de Don Facundo, encamino sus pasos por la estrecha calle del Bulevar “Mocedades”, cuyos vecinos eran sus antiguos amigos, siendo acogida con sobrado entusiasmo por aquellos cariñosos conocidos.

      ¡Jubilosos, sí! jubilosos de verla recorrer nuevamente los caminos por largo tiempo había olvidado. El sonriente rostro de Camelia pretendió esconder, aquel trance amargo tras una máscara de alegría. Fue todo lo que necesitaron sus más allegados, para comprender que todo lo malo quedó sepultado en el ayer. Y volvió a la vida en un sólo instante entre los abrazos de sonrisas fulgurantes.

      Y volvió a nacer aquella hermosa mujer que permaneció en la memoria de aquellos habitantes. Y la reseñaron como el “Ave Fénix hecha mujer” por resurgir entre las cenizas del desamor. Así trascurrirían sus días compartiendo un rico café, entre estruendosas risas de alegrías y jocosas anécdotas del diario convivir. Don Facundo era un agradable anciano muy querido en aquellos barrios, había acumulado más de treinta años de vivencias en la comarca, su estandarte era la esmerada atención a propios y extraños.

      Sin duda alguna preparaba el mejor capuchino de la comuna y sus alrededores, por tanto la cafetería siempre estaba llena, sobre todo en los gélidos días de invierno. Camelia jamás imagino que aquella fría época traería consigo nuevas esperanzas a su vida.

      –Buenos días preciosa Camelia… ¿De que llevaras hoy?

      –Del que me recomiende Don Facundo… Honestamente para mí, todos los capuchinos que usted prepara son deliciosos.

      –¡Umju! Y no te quieres casar conmigo…Te mantendría calentita todo el día, con el toque justo que a ti te fascina.

      –¡Don Facundo! Me esta usted haciendo una proposición sumamente atractiva.

      –¡¡¡Atractiva proposición!!!– dijo el anciano. No, que va mujer… Atractiva tú tan rebosante de lozanía y yo con mi mosquete enmohecido.

      –Que te lo digo yo, querida Camelia– grito Doña Cata desde una de la mesa del fondo –Ayer le pase la manito y no encontré ni los cartuchos percutidos.

      Las risotadas de los presentes no se hicieron esperar cubriendo cada rincón del pintoresco local. Camelia no podía creer que Doña Cata se aventurara a decir semejante intimidad, mucho menos cuando el lugar estaba tan concurrido. Mientras ella sintió sus mejillas tonarse tan rojas como la piel de una manzana madura. Don Facundo reía a carcajadas al verla toda apenada. Dejando escapar una risilla aturdida por los ardorosos comentarios de su vecina la jocosa Catalina Pomarrosa, dueña de la lengüita más escandalosa de la comarca, mejor conocida como Doña Cata.

      En una mañana fría  -por cierto la más intensa de ese invierno-  Camelia leía una revista en un banquillo a las afueras de la cafetería, disfrutaba de una rosquilla mientras esperaba su cremoso capuchino. El clima estaba bajo cero y el local repleto a reventar, el jolgorio de los clientes enloquecían a Don Facundo y a su personal. Absorta en su lectura no lo miro acercarse, sin tapujos ni caprichos hasta su nariz llegaría un perfume varonil, selecta mezcla entre almizcle y flores de buganvilia.

      Levantó su rostro y con los ojos cerrados aspiro con descaro la exquisita fragancia, menuda sorpresa le esperaba un hombre maduro le sonreía con suma picardía. Aquel desconocido de avasallante figura, tría consigo dos envases del más aromático café, nunca antes percibido por su refinado olfato.

      En la distancia pudo Camelia observar a Don Facundo con una esplendida sonrisa, haciendo muchas señas que ella no comprendía, sin más remedio que levantar su mano y saludar lanzo un beso a viento. Instintivamente aquel caballero dio inicio a una interesante conversación entre dos desconocidos.

      -Disculpe molestarla señorita…Don Facundo le ha enviado su capuchino.

      -Le agradezco se haya tomado la molestias de tráelo.

      -Como no hacerlo si el local esta muy lleno…Mire usted nada como esta de azorado el personal.

      -Para mi es costumbre, aunque es innegable que hoy esta peor que nunca.

      -Hermosa señorita... ¿Será posible que acepte mi compañía para compartir un suculento café?

      La respuesta de parte de ella fue una sutil sonrisa, era innegable que aun estaba aturdida por aquella fragancia que la hacia desvariar. Agradeció al cielo en silencio, que aquel hermoso día fuese domingo y no tuviese que ir a laborar, ya que no se perdonaría tener que marcharse y terminar de escuchar aquella voz profunda que le permito soñar.

      A partir de ese instante cada mañana, dos almas solitarias se encontraban en el mismo lugar, compartiendo un rico café emprendieron una hermosa amistad, que con el trascurrir del tiempo se fortalecería cada vez mas.

      Y fue una mañana fría –Una mañana fría de verdad– en aquella pintoresca comunidad, donde a su tiempo el amor surgiría entre dos amigos, quienes vivían día con día albergando en sus corazones, la esperanza encontrar la felicidad algún día. Al igual que el primer día -En una mañana fría-, aquellos enamorados jugaban a ser dos desconocidos, para no perder de la dicha de haberse encontrado...

      ¡Y así fue! Sí señor, así fue como Camelia Mondragón, paso de ser “una pobre e insulsa Mujer” a convertirse en la mas esplendorosa flor de la comarca, rebosante de alegría antes las frágiles alas del amor, disfrutaba cada noche desatando la fogosidad contenida, sumiéndose en el interminable éxtasis de la pasión...

             


                   "Así que piénsalo amig@, hoy en un buen día para hacer una amistad mas. Tal vez tengas la misma suerte que Camelia Mondragón y le des la bienvenida a un nuevo amor..."


Derechos Reservados.

Denny N. Peñalver Pérez

Sublime y Dócil Dennoe

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Comentario por Denny Noeriht Peñalver Pérez el febrero 1, 2012 a las 12:15am

Creo que no les gusto.... Lastima

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