Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

En mi pueblo nunca hemos celebrado la noche de Halloveen. Es una moda que se implantó hace unos años cuando unos ingleses llegaron y nos sorprendieron con sus calabazas huecas y sus atuendos oscuros y macabros. Desde entonces, y como un juego, los niños se dedican a vestirse de muertos, se pintan la cara y recorren las calles del pueblo gritando “truco o trato” mientras adornan las casas y tiendas que visitan con pollitos y serpentinas.
Este año, mi nieta me ha dicho que van a venir a visitarme, así que me he colocado mis mejores galas, he decorado el salón con velas olorosas y he preparado una gran bandeja llena de frutos secos y golosinas.
Cuando han llegado y tocado el timbre, yo he contestado un poco sorprendida:

– ¿Quién es?
– Somos los muertos –contestaron con voz ronca.
Entonces abro la puerta, sonriente, y los invito a entrar.
–Hola, muertos, ¿qué os trae por el mundo de los vivos?
–Queremos chucherías –dicen con la misma voz ronca.
–Pero, si los muertos no comen, ja,ja,ja
– ¿Cómo que no comemos? –Dice una de las niñas destapándose la cara–. Y no somos muertos, somos niños. Así que venga… ¿truco o trato?
– Truco –respondí al momento.
–¿Truco? –Dijo la niña–. Con los muertos siempre hay que decir trato. ¿Acaso no te damos miedo?
–Pues no, no me dais miedo porque mi madre siempre me enseñó a querer a los muertos y a los fantasmas.
– ¿Tampoco te dan miedo los fantasmas? –dijeron algunos tocándose con el codo.
– No. Siempre les tuve respeto y admiración porque me trataban muy bien.
Todos se quedan asombrados porque no esperaban mi respuesta. Entonces yo, acariciando la cabeza de mi nieta, les digo:
–A ver, chicos… yo os cuento una historia y si vosotros os asustáis perdéis las chuches; si no os asustáis… yo os doy el doble de lo que traéis. ¿Hay trato?
Asintieron con la cabeza y se sentaron alrededor de la mesa. Sobre ella estaba la bandeja con los bombones, chocolatinas, y toda clase de golosinas.

–Veréis –comencé a narrarles– hace muchos años, cuando yo era una niña como vosotros, vivía en un pueblo muy pobre. Las familias apenas tenían comida para alimentar a sus hijos y los maridos trabajaban en los campos durante largas temporadas. Las mujeres permanecían en sus casas, cuidando a sus pequeños y procurando compensar con cariño lo que les faltaba de alimento. Las calles estaban en la más completa oscuridad pues la única luz que recibían era la que les proporcionaba la luna.
Pero, en los días en que la luna estaba de descanso, aparecían los fantasmas. Recorrían las calles dando fuertes alaridos que sonaban a muerte y destrucción. Iban vestidos de negro y entraban en algunas casas, las que estaban malditas, por las ventanas o los patios. Los demás vecinos permanecíamos en silencio, ocultos bajo las camas o escondidos en las alacenas.
Una noche el tocó el turno a mi vecina. Cuando el fantasma se acercó a su puerta, la empujó con el pié, en silencio, aunque nosotros lo vimos por el postigo de la ventana.
No sé el tiempo que estuvo dentro ni lo que hizo, pero el fantasma se evaporo en el interior de la casa y nunca lo vimos salir.
Mis hermanos y yo estábamos aterrados, no queríamos que el fantasma nos visitase porque pensábamos que nos mataría a todos.
Sin embargo, a la mañana siguiente, los vecinos seguían vivos y el fantasma no estaba con ellos. Cuando fui a jugar con mi amiga Isabel le pregunté qué había pasado en su casa la noche anterior.
–Nada –respondió.
– ¿Cómo que nada? Anoche el fantasma entró en tu casa, nosotros lo vimos por la ventana.
–Te lo cuento si me guardas el secreto –dijo Isabel, nerviosa.
–Vale –contesté yo preparándome para lo peor.
–Mi madre dice que hay fantasmas buenos y malos. Dice que los fantasmas malos son aquellos que se han portado mal en vida y cuando mueren no van al cielo, sino que se quedan en el pueblo hasta que, a base de hacer buenas obras, dios los perdona y se los lleva. Por eso, algunos fantasmas malos vienen a mi casa por las noches, cuando nadie los ve, y nos traen comida y lo que necesitamos. Yo no los he visto nunca, solo sé que cuando alguno nos visita, nosotros estamos varios días sin pasar hambre.
– ¿Y te dan miedo?
–No, porque mi madre dice que los que vienen a mi casa son todos buenos y no nos hacen ningún daño.

Desde entonces, nunca más volvieron a darme miedo los fantasmas.
–Decidme niños...¿os habéis asustado?
–Nooooooooooooo –gritaron todos a la vez.
–En ese caso no me queda más remedio que regalaros mi bandeja llena de chuches –dije fingiendo resignación.
Los niños cogieron las golosinas y las colocaron en las mochilas que traían a la espalda. Se despidieron con un beso y, cuando salían por la puerta, pude oír como le decían a mi nieta.
–Qué abuela más maja tienes, pero esa historia de fantasma a mi no me ha asustado nada de nada. Seguro que se la ha inventado.
–Seguro, con la imaginación que tiene… –contestó mi pequeña.
Los niños marcharon a otras casas con la intención de asustar a lo demás vecinos. Yo me senté en mi butaca y seguí pensando en aquellos fantasmas de la infancia; unos fantasmas que, sin ser malos, sembraban el terror por donde pasaban.

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Comentario por conchi el noviembre 4, 2009 a las 6:09pm
Muchas gracias, elcoleta, es un placer saber que te ha gustado.
Un besito
Comentario por elcoleta el noviembre 1, 2009 a las 5:37pm
Bello y entrañable relato, me a gustado, te felicito.

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