Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

LA AUSENCIA DE UN ÁNGEL

“el miedo ya me recorría,

mientras cruzaba los deditos tras la puerta…”

Bebe, Malo.

I

Enrique apretó el viejo periódico entre sus manos mientras se dirigía al final del corredor. Respiró hondo, contó hasta cinco y dejó salir el aire por la boca antes de entrar. El hombre que se hallaba sentado en la silla blanca estaba pulcramente vestido, pero su ropa estaba descolorida y ajada. No lo saludó, solo extendió el periódico sobre la mesa, delante del hombre encorvado y encanecido.

- Solo quería ver tu cara para saber a quién odiar el resto de mi vida.

- ¿Solo viniste a eso?

- Sí, solo a eso. Cada día de mi vida, he recordado ese momento. Desde la última vez que estuve aquí, esa noche ha estado presente en todas mis pesadillas, hasta hoy lo sigo soñando. No recordaba tu rostro, era solo un niño cuando pasó.

- No sé lo que me sucedió esa noche, Enrique. No busques odios ni revanchas, comprende que el odio te hace más daño a ti que a mí. Todos estos años han sido suficientes para odiarme cada día, para arrepentirme por mis actos en todo momento. Nunca me lo voy a perdonar; pero, tú no vivas odiando a nadie, yo no valgo la pena.

- El odio es inevitable, eres la persona que más daño me ha hecho en la vida.

- Lo sé.

II

Adriana cruzó la última reja asiendo al niño de su manita, avanzó hasta la puerta entreabierta. Su corazón latía desbocado en su pecho, se agachó y le pidió al niño en un susurro que la espere sentado en la silla que se encontraba junto a la puerta de la sala de visitas. Le dio un beso en la frente y le sonrió radiante. Se apoyó en el umbral para tomar aliento, cuando pudo respirar sin dificultad, entró. La habitación pequeña estaba iluminada por los últimos rayos de sol que entraban por una ventana pequeña suspendida en lo alto del muro blanco. Había una cama pequeña cubierta con una colcha vieja y rasgada en tonos púrpura. Rudy se encontraba de pie, apoyado en el muro del fondo. En cuanto ella entró se acercó, pero, no la tocó. Ella le lanzó los brazos al cuello y lo besó en la boca con desesperación. Rudy le devolvió el beso y la estrechó entre sus brazos.

- Mi amor, te he extrañado cada segundo desde el momento en que nos separamos –le dijo Adriana, mientras lo cubría de besos.

- Yo también, mi vida –Rudy la empezó a acariciar con ardor, le levantó los cabellos largos que le caían en dos cascadas sobre sus hombros. Se acercó a su cuello y quiso besarla, al advertir la mancha cárdena en su cuello, se separó de ella con brusquedad, la miró con los ojos inyectados en sangre, su expresión de ira le desfiguró el rostro. Adriana, retrocedió asustada. Se llevó las manos al cuello y su rostro se desencajó por el temor y la angustia.

- Rudy… yo… -no pudo decir más, las dos manos enormes se cerraron sobre su delgado cuello, mientras le presionaban la garganta hasta que sintió que no sobreviviría a ese doloroso contacto. Quiso defenderse, levantó las manos e intentó con todas sus fuerzas aflojar esos dedos de hierro que la envolvían en un abrazo mortal-. Por fa… -su voz se iba ahogando-, perdón… -sintió que algo caliente y húmedo corría por sus entrepiernas, hasta sus tobillos y toda su resistencia fue vencida. Cerró los ojos, mientras su mirada se perdía en el rostro tan amado que estaba transfigurado en ese momento. Sentía que sus pulmones estallaban por la falta de aire, sin poder soportar más tiempo, se dejó ir como una hoja seca a voluntad del viento.

Al sentirla desplomarse sobre la cama, Rudy se miró las manos, quiso reanimarla; la sacudió suavemente primero, con fuerza luego; la llamó por su nombre, con la voz enronquecida de dolor. Adriana no reaccionaba. Al volverse a la puerta sus ojos se cruzaron con la asustada mirada de unos enormes ojos que se clavaron en el fondo de sus pupilas como cuchillos candentes.

III

La imagen de Adriana se apoderó de sus recuerdos. Hace mucho tiempo ya que las lágrimas se habían secado en sus ojos fríos y nublados. Lo miraba con detenimiento, Enrique se parecía tanto a ella, con ese cabello ondulado desprendiendo destellos cobrizos bajo los rayos del sol, con esa piel blanca que parecía de porcelana y los finos rasgos de ese rostro espigado. Cada detalle le iba dibujando en su memoria la gracia de Adriana.

- Ya debes irte y recuerda que ni todo el odio del mundo podrá revivir a tu madre.

- Solo quise conocerte –lo miraba sin emoción- No sé qué pudo ver ella en ti.

- Me amaba, tu madre me amaba, más que a nada en el mundo.

- Lo sé. En su desesperación por sacarte de aquí, no le importó acostarse con tu patrón para que pueda costear los gastos de tu defensa. No le importó nada.

- ¡Calla!, ¡calla por Dios! Te repito que no hay día en que no piense en ella y en lo que le hice. Ese mi genio endemoniado… Nunca pensé que podría hacerle daño. En ese momento los celos me cegaron, me dejé llevar por la ira. Ese día, Enrique, no solo terminé con su vida, también acabé con la mía.

- ¡Y arruinaste mi vida! Me privaste del amor, de la presencia, del cariño de mi madre. He perdido a toda mi familia. Desde ese día lo he perdido todo. ¿Entiendes? ¡Todo!

- ¡Ya basta! ¡Vete! ¡Vete! No quiero verte más.

- Sí, ya me iré; te dejo en tu propio infierno, ni siquiera vale la pena odiarte; para mí, desde ese macabro día, ya no eres nadie.

Los pasos de Enrique sonaron secos en el pavimento. No se despidió, ni se volvió al momento de salir.

Rudy, tomó el viejo periódico amarillento que databa de hace veinte años atrás y lo acercó a sus ojos, leyó el título del reportaje policial con los ojos anegados por las últimas lágrimas que corrían por su rostro enjuto y surcado por líneas profundas:

PRESO MATÓ A SU PAREJA DURANTE VISITA ÍNTIMA EN LA CÁRCEL DELANTE DE SU HIJO DE CINCO AÑOS.

Puno, 29 de enero de 2017

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Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el mayo 20, 2017 a las 1:49am

El odio no tiene razón de ser.
Grado menor de amor

:)))

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