Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

-¿Llegamos ya a las montañas? –Preguntó David a su padre.

-No hijo, todavía falta un buen trecho. Yo venía aquí con mi padre y conozco bien esta región. Primero tenemos que llegar a una llanura. La montaña está más lejos.

-Yo ya no puedo más, –dijo David a su padre en voz baja- tengo hambre y mis pies están cansados.

-De acuerdo hijo, -contesto Andrés a su vástago- nos detendremos un poco, comeremos algo y luego reanudaremos nuestro camino.

Se dejaron caer sobre el lecho pedregoso. A su alrededor no había más que hierba pobre, escasa y baja, piedras blancas, olorosas flores y recias matas de tomillo.

Por encima de ellos, el sol iba subiendo a lo largo del cielo azul, calentando más y más el día esplendoroso que se abría ante ellos.

Una vez saciada su hambre y haber descansado un buen rato, sintieron renacer sus fuerzas y alegres reanudaron la marcha.

Padre e hijo empezaron una serie de carreras y peleas, jugando en plan de broma. Se perseguían uno al otro dando grandes brincos, y se echaban a rodar por la fina capa de hierba y hojas que cubrían el suelo.

-Nada de familiaridades. -decía Andrés al chico- Es mi territorio. –Y empujaba a su hijo con suavidad, haciéndole rodar por tierra.

-¡Que divertido, es! –Grito el chaval y se puso a correr a su alrededor a toda velocidad.

Pronto el bosque se inundó con el ruido de sus diversiones, sus risas y voces.

Finalmente llegaron al borde de una meseta. Desparramándose por la ladera, un rebaño de terrazas ocres descendía escalonadamente, hasta llegar al verde de la llanura. Andrés tenía que sujetar a su hijo para poder salvar algunos obstáculos difíciles; bajando con cuidado las escabrosas pendientes, hasta llegar al borde de la estrecha llanura que parecía escavada como una garganta.

Al otro lado de la planicie aparecieron los primeros contrafuertes de las montañas, cuyas cimas se difuminaban en medio de la bruma que las envolvían.

Andrés se detuvo y, sentándose, contempló el paisaje.

-Ahí está. –Dijo con un movimiento de cabeza- Sé que está allí. Lo sé, Lo presiento.

David que se había acurrucado junto a su padre le preguntó.

-¿Cómo puedes estar tan seguro papá?

-Tu abuelo me lo explico antes de partir. –Contestó Andrés al mozalbete- Ya hace muchos años que estuve por estos parajes con él, pero los reconozco como si hubiera sido ayer. ¿Estás cansado, hijo? –Preguntó seguidamente-. Sí, ciertamente estás fatigado. Yo también. Ya no soy joven, ¿sabes?, y mis viejas zancas ya no son lo que eran.

- ¿Y ahora que vamos a hacer? –Preguntó David a su padre.

-Pasaremos aquí la noche. –Dijo Andrés- Vamos a montar la tienda de campaña. Cenaremos, y esta noche contemplaremos las estrellas y las constelaciones. ¡Es maravilloso! ¡Delicioso! Mirar al cielo desde este paraíso y ver como van apareciendo, con un esplendor y fulgor que es imposible de vislumbrar en la ciudad. Después nos iremos a dormir. ¡Mañana nos espera una gran jornada!

Poco a poco el cielo se oscureció y las sombras se hicieron más alargadas. Se levanto un suave viento y el ambiente refresco algo.

Cuando Andrés planteó este fin de semana, tenía motivos. David ya tenía doce años y creía que estaba llegando a una edad difícil, quizá conflictiva. Pensó iniciar este viaje para intimar más con el muchacho. No quería que se fuera alejando de él.

Aprovechó cuando se metieron en la tienda para charlar un rato antes de dormirse; recordar anécdotas de cuanto el chico era más pequeño, hacerse algunas confidencias… Pasaron las horas explayándose, ambos reían divertidos.

Esa noche padre e hijo durmieron poco, pero el sueño fue reparador. Seguían compenetrados.

A la mañana siguiente cuando el sol había rasgado la cortina del alba y sus rayos dorados iluminaban la montaña, aún con brumas, sintieron su poderosa atracción. Admirados, la contemplaban y Andrés, con un café humeante en la mano exclamó:

-¡Hay la tienes, con sus cimas blancas!

-No, -dijo David- ¡Blanquiazules, papá, blanquiazules!

-¡El día será magnífico! –Exclamó Andrés. Y así iniciaron el camino del ascenso.

Escalaban con dificultad la pendiente por unos senderos estrechos y traidores. El otoño había pintado los árboles con sus colores más hermosos y el aire se hacía cada vez más frío. Hora tras hora seguían subiendo y subiendo. El viento soplaba a sus anchas, cada vez se hacía más frío. De sus gargantas salían bocanadas de vapor.

-Ya estamos en la cima de la montaña –dijo Andrés volviéndose a su hijo-, ya hemos llegado.

-Sí –dijo el chico- hemos llegado.

Padre e hijo se sentaron. En toda la extensión de tierra que la vista podía abarcar, sólo se veían bosques y más bosques, pintados de nieve por arriba, oscuros más abajo. Cuando David piso la nieve de la cima y avistó el paisaje del entorno, un escalofrió de emoción recorrió su cuerpo al contemplar tanta belleza y esplendor y, dijo a su padre:

-Papá, tenía una idea que rondaba mi cabeza y después de ver esto me reafirmo en ella. Quiero ser montañero para admirar la belleza del planeta y, también ecologista, para luchar por su vida y supervivencia.

-Y yo, contigo, hijo.
Josefa Alcaraz Martínez

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Comentario por ana el julio 1, 2011 a las 6:21pm
Un relato simple y bellísimo como la naturaleza misma. Felicitaciones!!!!!

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