Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

LA PLUMA SE MANCHA DE ROJO

Despertó esa mañana dentro de la oscuridad más profunda. La casa se encontraba en un misterioso silencio, -ya que siempre hay bullicio, gritos, reclamos, que suben por las paredes como víboras-, en esa ceguera en grises de luces y sombras, en sentimientos sin oxigeno.

Solo ingresaba una pequeña luz, que se filtraba por el marco de la ventana, como si fuera el filo de una espada. El no lo sabía aun, pero seria una noche especial, una noche donde los recuerdos tomarían vida durmiéndose en el amanecer de un nuevo día.

Tanteo sobre la mesita de luz los cigarrillos en medio de la penumbra, la suerte no le acompaña, solo queda uno. Lo enciendo y la habitación toma vida, llenándose de sombras, que bailan una danza macabra mientras dura la flama del fósforo.

No quería exponerse al frío y el viento de esa noche. Dio vueltas antes de tomar la decisión, buscando en los cajones y rincones, pero fue en vano. Con desagrado y bronca, se puso el abrigo, observando que sus manos estaban empapadas de sudor al igual que su cuerpo. Pero debía salir a la búsqueda de un lugar abierto.

Mientras bajaba las escaleras, sentía que la vida pasa llevándose el aire tibio, en mezquindad de palabras, en copas que nunca estuvieron llenas. Grito dentro de la ronquera misma, buscando la respuesta a ese sentimiento que lastima. Y en voz alta se dijo así mismo; el hombre es el alimento del hombre.

La calle estaba desierta, dentro de esa soledad podía apreciar la hermosura arquitectónica de los edificios defendiéndose del clima, rodeados de esa frondosa arboleda, que envolvía el contorno del paisaje, como una madre protegiendo a su niño, en la desnudes de esa calle muerta.

Camino varias cuadras bajo la tormenta, en la búsqueda de un comercio abierto, luchando contra el frío y esa molesta llovizna, la cual hacia que todo estuviera envuelto en una niebla amarillenta, efecto de las luces que iluminaban la avenida.

Se apresuro a cruzar. En su carrera, tropezó con una mujer vestida de negro, que apareció entre la espesa bruma, -en medio de esa nada-, de esa tormenta que envolvía la noche.

En el choque, -la mirada de ella-, se posa en su pecho con la misma suavidad de la luz que se recuesta sobre una piedra abandonada. Se paralizo. Alcanza a tomarse de ella, agarrando la punta de sus cabellos largos, tirando desesperadamente de esas hebras que se le hacían un infinito, como si fueran hilos de teléfono que se pierden en la oscuridad del tiempo. Se detiene en su rostro.

Hermoso, ojos claros y transparentes, dentro de una mirada triste, esa mirada que reclama paz, contención, protección. Pero no tienen brillo. Están muertos.

Levanta la cabeza entre la copa de los arboles, borrosamente, distingue el extremo ardiente de una media luna, la cual siente como una media fruta en una media luna que madura al sol de una mirada de mujer.

Le da la mano. Carlos la toma y su cuerpo se estremece, siente el pasado en esos dedos fríos, inexpresivos, le recorre una sensación por el cuerpo, como si arrasaran las alturas jinetes enlutados, como si la noche estuviera preparada para encontrarse con aquello que ha dejado atrás hace tanto tiempo.

Ella, le deja suavemente una pluma en su mano. Le habla, pero no la entiende. Escucha algo de cruzar un puente. Se acerca más para escuchar esa vos que susurra... “sos el hombre que me acompañara a cruzar el puente...”

Mira su mano, amoratada por el frío, mientras su cara lloraba por el efecto de la lluvia y sus ropas se humedecían. No comprendía. Estaba solo en el medio de esa soledad, sintiendo un golpetear pausado que repiquetea, acercándose cada vez más fuerte. Un sonido hueco, como cascos de caballos sobre adoquines de piedra, como un cuchillo que no termina de derribar el árbol, como una "minerva” que en su ir y venir envolviendo el papel contra el plomo, imprime un solo verso, hecho de una palabra que continuamente se escapa, dejándole sus plumas.

El compás rítmico del sonido entra en paralelo con su corazón, y es su corazón el que perfora la roca cubriéndola de espuma gelatinosa, es el océano en la resaca de ese mar encadenado que se eleva como un caballo joven, prendiéndose en los brazos inmensos de su propia furia, que aprieta dentro de los gritos del silencio, volviéndose en un doloroso minuto sin sonidos.

Se desprendió de la pesadilla. Corre, llegando al bar. Pide una “Legui” para entrar en calor, y un paquete de cigarrillos. La luz del fósforo, perfora la penumbra, descubriendo personas perdidas en las mesas, hundidos en su mundo de brumas.

Ella esta ahí, sentada, mirándolo, como si estuviera esperando una respuesta definitiva. La tormenta no para, sale corriendo sin mirar a sus costados. Sube las escaleras desesperadamente, entra a la casa y se tira en la cama, dejando caer su cuerpo que rebota contra el colchón. Se desprende de la ropa mojada, dejando su cuerpo desnudo, que al contacto con el ambiente calido, deja salir un humeante hilo gris de su cuerpo. Cierra los ojos, buscando ese sueño bruto, procurando no oír ningún sonido. El silencio sin embargo, esta lleno de pequeños ruidos.

En la oscuridad de sus ojos se dice: si lo que oyes, no lo oyes de verdad, solo estas escuchando, tu propio silencio.

De sus ropas cae una pluma, esa pluma que la dama de negro le dio. Ve que es una pluma blanca. La aprieta con sus dos manos contra su pecho desnudo, la vuelve a mirar... viendo como se va manchando de rojo, de rojo sangre... No comprende. Esta desorientado. ¿De donde salio? ¿Qué y quien era esa mujer? Alguien, ella, esa mujer que ya no esta y que aparece en las noches desgreñadas, pálidas de las medias noches, pero que son puntuales en el abuso y el despojo de quien camina en la soledad de la noche. Ni muerta, ni viva, es esa flor que germina en el pecho de los muertos y del sueño de los vivos.

Voces roncas, ojos muertos y hambrientos de vida, y los otros, que son miles y nadie. Se duerme pensando; mañana tengo que encontrar el sol. Secar mis ropas. Coser mi corazón que sangra.

Copyright – Año 2006 –

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