Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

La sopa de despedida

Vivir en Japón fue una inaudita maravilla. Para ser una joven mujer científica acostumbrada a la libertad de movimientos de caderas caribeñas resultaba un tanto difícil imitar la delicadeza de las japonesitas, tan diminutas y delicadas que pasaban casi inadvertidas por las aceras y los mercados. Aunque hubiera querido, no hubiera podido pasar sin ser notada, pues lo primero era que sobrepasaba no solo en estatura sino también en peso a casi todos los hombres del país, a excepción de los luchadores de sumo.
Recuerdo la primera vez que me armé de valor y me fui sola a disfrutar de un Kabuqui. Y digo valor porque se necesita valor para estar tres o cuatro horas sentada en un oscuro teatro escuchando a un japonés vestido de mujer gritando al ver a su marido cometer haraquiri por deshonrar a su familia. Literalmente una o dos horas chillando descontrolado mientras se pasa la espada de un lado a otro dentro de su estómago para quitarse la vida. Eso, sin contar a toda la familia en el más bello jardín de piedras gritando también desconsolada por el suicidio del hijo desgraciado que les manchó el honor ante la sociedad.
Todo resultaba ser de una belleza insospechada. Recuerdo que al llegar la primavera se armó una revolución en el laboratorio de Química Física Inorgánica donde trabajé por un año invitada por el Gobierno de La Dieta de Japón en Tokio. Como era la única mujer (esa es otra historia) en el Instituto Rikagaku Kenkiusho, exceptuando por la telefonista Taako y las trabajadoras de la limpieza, mis compañeros científicos todos se armaron de cámaras fotográficas como para una guerra. Si, era la guerra de las fotografías, a ver quien tomaba las más y mejores fotos de los cerezos en flor.
Podrán imaginarse a casi setecientos científicos corriendo como locos, subiéndose a sillas, olfateando las flores, comiéndose las inocentes abejitas, que por millares atacaban el néctar de la más increíble floración de cerezos jamás vista por este ser humano en los inmensos jardines del Instituto Científico. Este ser humano que les narra corría despavorida de un lado para otro, llamada por Decosam, Kumasam, Nikosam, y cientos de sams que me querían mostrar sus fotos electrónicas, y mi cabeza daba vueltas de un lado para otro tratando de decir en mi pobre japonés:
Nijón o Kudasae, Nikon go kudasae para halagar a mis compañeros, que ya tenían bastante con soportar la presencia de una mujer que NO esperaban, cuando les llegué para compartir con ellos un año de mi sabiduría en el área de la Electroquímica. Les juro que jamás podré olvidar ese festín de flores, pero mucho menos a mi jefe, el Dr. Raita Tamamushi, doblándose para olfatear las flores en el suelo. Escena aterradora, considerando que era del tamaño de un samurái.
El año transcurrió entre sobresaltos y más sobresaltos. Creo que el peor y más divertido ocurrió en un Centro Comercial al que concurrí acompañada de Taako, la telefonista del Instituto, que sabía hablar inglés. Aquello era la más gigantesca maravilla. Juro que si Taako me soltaba de la mano me hubiera perdido para siempre en aquella descomunal cantidad de tiendas de aparatos electrónicos, muñecas japonesas, instrumentos de cocina con cuchillos aterradores, y un millón de cosas más. Caminamos entre toda aquella cantidad de locura comercial por casi todo un día. De regreso a tomar el tren le indiqué a Taako, parte con señas y parte con mi librito diccionario fonético, que necesitaba urgentemente un baño para orinar.
No Problen, Dr. Vega, there is a bathroom in the train station. (No se preocupe, Dra. Vega, hay baños en la estación del tren.)
Respiré aliviada, pero el alivio se convirtió en consternación al entrar a un salón largo, larguísimo, con más de 10 urinales en fila en la pared y en el fondo, muy en el fondo 10 tazas de inodoros para mujeres, todo sin nada que cubriera el procedimiento de desahogo humano. La necesidad mía era tan urgente que crucé el espacio masculino casi en shock y me dirigí a una de las tazas, y sin ninguna vergüenza me bajé los jeans y me senté rápidamente para evitar orinarme encima y mojarme la ropa.
Ufff, salí aliviada caminando despacio, muy despacio,mirando a los japoneses orinar, seguida de Taako. Miré detenidamente el espectáculo que se ofrecía ante mi consternación. Taako me haló por la mano para decirme asustada:
Dr. Vega, you are NOT supposed to look the men. (Dra. Vega, usted no se supone que los mire.)
¡How come! I have to look (¡Imposible! Tenía que mirar.)
Nada, que podría estarles contando impactantes situaciones ocurridas a lo largo de todo el año. Pero todo llega a su fin, y faltando una semana para regresar a mi Puerto Rico querido, mis compañeros de laboratorio decidieron hacerme una fiesta de despedida. Lograron reservar en uno de los Restaurantes más caros y exóticos de Tokio. Se especializaban en cetís (pescaditos de ojos grandes y de dos centímetros de largo).
Y allí llegamos todos jubilosos. Las geishas nos dirigieron a un pequeño salón privado cubierto de alfombras de seda con dragones rojos y almohadones dorados. Inmediatamente unas niñas muy hermosas comenzaron a tocar instrumentos. Yo casi lloro de emoción. Les tomé mucho cariño a mis sams, aún con los cientos de travesuras de que fui objeto a lo largo de mi estadía. Creo que ellos me tomaron también mucho cariño, y digo creo pues aún recuerdo sus caras cuando una geisha me trajo mi plato de cetís. Lo colocó con mucha delicadeza asegurándose que el gravado del dragón en la porcelana del plato me diera una feroz mirada.
Entretenida con el dragón dorado no noté que los cetís estaban vivos y al tomar la cucharita llena de sopa vi horrorizada como los cetís sacaban la cabeza y me miraban con sus grandes ojitos, esperando ser tragados por mi boca. Pegué un grito descomunal, y solté la cuchara, el plato voló y le cayó en la cara a Cumasam, que muy rápidamente recogió cetís vivos de sus mejillas y los devoró con su rostro lleno de placer, mientras los otros compañeros reían a carcajadas.
Nada, que hay que ver para creer, y me despedí de mis amigos (¿?), dejando atrás un año de mi vida entre sobresaltos y maravillas. Si tuviera que repetirlo, lo repetiría, pues la hermosura oriental inundó mi alma para siempre.
Carmen Amaralis Vega Olivencia
www.carmenamaralis-vega.com.ve

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Comentario por Carmen Amaralis Vega Olivencia el enero 22, 2020 a las 10:02pm

Hugo, amigo,  que bueno que te gustó mi relato, ya corregí ¨reían,¨ gracias amigo, bendiciones, Amaralis

Comentario por hugo el enero 22, 2020 a las 6:37pm

¡Qué tan enriquecedora experiencia, mi estimada Carmen Amaralis! Disfruté sonriente la lectura de tu relato de lo acontecido durante tu estadía en el llamado Imperio del Sol Naciente. Agradezco compartir, amiga querida. 

P.S.: solo si te interesa, sugiero revisar, a pocos renglones del final, el vocablo "reinan". Abrazonrisas y buenas ondas desde Argentina y hasta Puerto Rico. 

Comentario por Carmen Amaralis Vega Olivencia el enero 22, 2020 a las 1:42pm

Muchas gracias Celeste, amiga, desde niña tenía en mi agenda viajar el mundo entero, era una meta de vida, y gracias a mi Dios he sido bendecida, cada día agradezco la bendiciones, amiga, Amaralis

Comentario por celeste hernandez el enero 22, 2020 a las 8:54am

¡Que hermosa experiencia vive dentro de ti, Gracias hoy conocí un poco del japón Gracias  TI DE VERDAD GRACIAS Y FELICIDADES.Celeste.

Comentario por Carmen Amaralis Vega Olivencia el enero 17, 2020 a las 4:53pm

Cierto querido amigo Magi, tienes razón, fue un año todo de cosas nuevas y maravillosas, bendiciones, Amaralis

Comentario por magi balsells el enero 17, 2020 a las 4:37pm

una experiencia inolvidable en un pais para nosotros exotico

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