Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

LATTOF

Alguna vez en el tiempo de un lugar de Colombia se narró una desgarradora y triste historia, de un hombre siempre enamorado de su mujer, al que le alcanzaba el perdón después de darse cuenta de una traición de su más querida dama de la que nunca en las aciagas e equivocadas tormentas dejo de amar….

El verdadero amor de su vida le había dado la espalda al corazón de Leo Lattof, un extranjero místico, supersticioso que había hecho un conjuro que si ella daba ese paso en falso huiría, correría de la mano de su tinieblo hacía la selva, tropezaría y algo anómalo sucedería con su cuerpo por los códigos de su hechizo, mas no de uno de sus sentidos se conservaría a flote, cómo el auditivo como el golpeteo hálitos sostenido en vida, el de su corazón.

Resulto ser cierto lo de su embrujo, pues el pertenecía a la familia de los druidas, hacía pequeños favores en bien o en mal con los espíritus de sus ancestros que servían de puente y comunicación para darle alcance a sus premoniciones para transformar el pecado de las tentaciones mortales en un hecho fatal cómo iluminado según el pedido de su interlocutor.

Nadiera era el nombre de su amada, está luego de ser amante, la conciencia la acoso de sobre manera, la mente era un remolino de ideas locas que la sobre saltaron en gran medida, unas ganas de escapar le infundían esa necesidad de levantar polvo tras sus espaldas, la tranquilidad se salía de casillas y el deseo de no estar un segundo en casa la asfixiaba, tenía que salir de allí para buscar aire, necesitaba oxígeno, solo que ella no intuía que aquella falta y fuera de lugar, eran una maldición de invisibles alas.

Cómo hoja que se lleva el ladino viento toda pusilánime y sin resistencia alguna, saltó fuera de casa dejando puertas abiertas, de la mano de su amante de una sola noche, ahora toda una pesadilla sin fin , en su alocada carrera luego de una hora por caminos nunca antes transitados tropezó cuando el sol parecía rasgar la noche para posesionar el día, en un profundo y susurrante bosque a orillas de un humeral de aguas y espesa maleza cayo abatida luego fulminada.

En segundos de piedra, se fundió envuelta dentro de un vergel musgoso donde sus raíces parecían brotar un líquido viscoso, resbaladizo, culpable de acelerar el proceso de un descomunal crecimiento hasta llegar ser una colosal montaña de difícil acceso…

Fue la mujer durmiente en el inmenso valle de la desolación que todo lo escuchaba, en especial la voz inconfundible de Leo Lattof, quien desconsolado lloraba por la acción de sus prevenidos celos de antaño cuando el aún era un joven mozo y ella una niña despuntando sus quince años.

Compró aquellas tierras aún precio irrisorio para estar cerca de su adorado amor, aquel lugar desde entonces las noches era un lamento de llanto en arrepentimiento que retumba en espasmos tras los ecos, un frío inclemente aullaba con la ferocidad de lobos en estado de guerra que ahuyento a muchos moradores por consecuentes pesadillas.

Leo recorría sus predios mientras pensaba que hacer para llegarle al corazón de la mujer que en verdad amaba tanto cómo su misma vida, era invierno cuando ella dejaba que saliera un río nauseabundo de sus rocosos labios de su amante, para recibir esa gotas de lluvia del llanto de su espeso, de seguro en todo ese verano se habían evaporado para ahora en invierno recibirlas porqué sabía del perdón de su enamorado que aun siendo una inerte mole buscaba la forma para salvarla.

Su imaginación era de instantáneas tomas de aquel fatal desenlace por pensar en lo incierto en entregar su cuerpo por la necesidad de una frívola pasión sin un ápice de amor, recordaba la cobardía de su tinieblo, la expresión de su rostro de no querer saber más de ella luego del acto sexual, percibió que él quería zafarse de ella para tomar distancia el polvorosa, de estar fuera de su femenil alcance, aquel trance de inmovilidad sin fin, de ser arena fundida en roca, tenía ese almizclé de sal azufrado despedía un olor a amoniaco estupefacto que le molestaba su estado olfativo…

Leo lastimado por los sucesos ahora contrarios contemplaba a su mujer tendida como un fardo de sal, esa estatua crecía y crecía de manera desproporcional, se imaginaba el dolor de Lot en Sodoma y Gomorra, solo que aquello había sido un castigo divino, pero lo ocurrido a Nadiera era su culpa, así que se prometió a buscar la fórmula salvadora, lo que había hecho, no tenía la contra para dar con su salvación, necesita encontrarla a como diera lugar. Solo que el tiempo pasaba inexorable espiando su culpa, que arrancaba lágrimas como si fuera vertiente de muchos ríos.

Postrada como tumba abierta a la intemperie del enfado del enigma y del misterioso que la castigo por una acción infiel, lo pagaba con creces, siendo así doble su angustioso dolor en doble partida, el de ella por estar en ese vegetativo estado y por Leo Lattof, al, escuchaba a cada paso, cada dado, los halitos del corazón de su amado esposo como la voz de ese amor conversándole nítido a sus oídos., tenía ojos para ver de cientos de insectos transmisores de la visión telepática cómo un recurso extra para darse de cuenta cómo un ligero sueño las luchas, contradicciones, dolor, impotencia multiplicado por la culpa y potencializado al de su amor.

La desboronaba la conciencia, el castigo sumido al dolor de la traición, ese sin sabor del corroer del óxido por su infidelidad, ahora yacía como chatarra sin un soplo de vida fuera de ella en el exterior, sí en su interior, desmaraña su temple de belleza ahora incipiente, ya no era la dama de la pasarela que imanaba los ojos de los hombres sobre el tendido escultural de sus pechos duros perfecto, los derretía en la represa de su imaginación hacía donde ella manaba la fuente de aguas cristalinas, hasta llevarlos ahogar dentro de ese océano de emergentes olas como un náufrago abatido por la fuerza de un huracán, o tsunami sin concluir el acto..

Ahora en una flor tronchada y baldía en el panteón de la híbrida soledad, no un óseo esqueleto sin carne, ni una momia o zombi, si un cuerpo tendido, penando embalsamada para morir agujerada por ejércitos de gusanos, larvas, dándose ese banquete como el más delicioso manjar de sus adentros, yace ahora como la fría, roca tan dura y doliente que nadie la puede escalar, tan difícil es su acceso para alcanzar cualquier pendiente, se desborona a destiempo causando el resquemor de un desgarre, la pérdida de un algo de su infinito ser, padecer cada erosión, cada raíz plantada que hiere sus entrañas cómo el filo de un bisturí en constante cortes…

Cuando alguien la intenta escalar, ella se mostraba como una roca prohibida que llora su desgracia por todos sus poros, era un ser humano petrificado si por su inmovilidad, se ponía tan resbaladiza con su entorno hasta hacerse fatal, supuraba ese sudor inconsciente a petróleo para no permitir ser molestada, los jóvenes intrépidos proliferaban a veces a su alrededor, buscando despertar el lívido a sus apetitos varoniles, anhelan incursionar he investigar o conocer ese escultural cuerpo de mujer aterida a la intemperie, no bastaba verla, contemplarla, a lo lejos, si escalarla, intentar ganar ese espacio para caminar sobre ella y buscar cada punto sensual, como el de sus pechos y partes nobles, por ahora oculto en un espeso bosque con olor a kerosene aún sin llamas…

Muchas veces Leo Lattof quiso escalarla, con igual resultado, se diría que cada intento se hacía más colosal y la tierra temblaba al crecer, aunque era una mole inmensa por el latir del tiempo y el paso de cinco dolientes años la vigilaba muy de cerca, mientras su cuerpo cada día se hacía colosal se erigía como una montaña verde con esa particularidad musgosa que parecía protegerla contra todo aventurero qué no podía escalar por ninguna parte.

Después de muchos intentos de Leo Lattof, el abanderado amor de Nadiera de rasgos indígenas y cierto aire de mujer asiática por el cruce de genes de sus padres, había regresado al bosque de remanso puro y evaporar de humedad, cerca de allí había una cabaña que le recordaba su aflorada pasión de luna de miel y en este mismo lugar el amor los había bañado en gran felicidad, en su proceder íntimo, cuando ella iba a cumplir sus quince años y el cuarenta, este había sido su paraíso y nido de idilio veinte años tras.

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Leo Lattof de raíces irlandeses un apuesto señor de bonachonas mejillas, tan atlético en su formación de físico culturista y también un gran alpinista en otros tiempos más benignos, era el único inmune a los olores, sus intentos todos fallidos de luego de cinco años infructuosos, observo cualquier día cuando el sol estaba perpendicular, quemaba intenso, se desnudó en punto a las doce del día y con gran determinación la fue escalando con su morral de herramientas, los musgos aceitosos lo hacían patinar como si tuvieran vida propia, sus dedos entrenados en candente arena ardiente tenían callos y se fijaban como garfios de acero, dentro de cualquier hendedura o parte protuberante, parecía ser que aquel liquido viscoso y gelatinoso a esta hora del día no era tan resbaladizo, por alguna razón no lo segregaba, era un corto receso luego emergió con gran ímpetu, pero él ya estaba en la cima en parte firme.

fue así como Leo Lattof, se hizo rápido y ya sobre ella contemplo sus largas piernas aun enteras por la parte frontal, corrió de prisa y se encontró con un exuberante edén en sus partes nobles, no estaba allí para contemplar lo voluptuoso de su sexo, corrió por alrededor de su ombligo ahora un lago de aguas mansas, hasta quedar jadeante, descanso en un montículo del esternón de una vértebra de una de sus costillas, fueron muchos kilómetros que soporto en contra de sus pulmones, no quería que la tempestad que amenazaba con desatarse le ganara la partida, actuaba rápido y sin pérdida de tiempo.

Saco un mapa y lo visualizó confrontándolo metro a metro, realizo una cuantas operaciones matemáticas y midió el ancho de su pecho, trazo una x, rectifico de nuevo a un lado de su seno izquierdo, lo cincelo con certeros golpes de maseta o porra de hierro colado hasta hallar su corazón.

Fueron tres días, merendó con pan, miel, panela y agua, luego agotado por el sobre esfuerzo humano, tomó aire, en varias bocanadas para darse un aireado descanso, se agacho y puso un oído dentro del orificio recién abierto y escucho que aun latía débil, habían pulsaciones.

Fue entonces cuando llenó de aire sus pulmones y pidió al creador una piadosa ayuda, solo una manito con su dosis milagrosa, respiro más profundo volvió a cargar sus pulmones con el pensamiento en el creador, se tendió soplando dentro del orificio tan fuerte que se agotó sin un ápice de aliento, hasta caer de bruces, sin conocimiento alguno.

Nadiera resucito al abrirse la roca de par en par, dejo entre abierto un cráter con el molde de su cuerpo, pero la roca jamás desapareció, ella lo beso con la intensidad de no perderlo jamás, el despertó feliz, no reprocho nada de hecho, ni le recordó nada de ese pasado, simplemente puso un dedo de silencio en sus labios, la acaricio como el rocío a una flor y se fueron con la voz del viento en arrullos, con el caminar de la brisa hablando de un sueño de su fantástico amor hasta el fin de sus días.

Leo Frank Park

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el diciembre 22, 2016 a las 11:33pm

muy buen escrito amigo 

saludos . Resultado de imagen de postales de navidad

Comentario por José Antonio Sifuentes Jaimes el diciembre 22, 2016 a las 8:46pm

Comentario por LUIS GONZALO MACHADO SÀNCHEZ el diciembre 22, 2016 a las 11:21am

preciosa  creación  artística  literaria  un  placer  leerte  felicidades  un  fraternal  abrazo  

Comentario por celeste hernandez el diciembre 22, 2016 a las 7:24am

QUE MARAVILLOSO RELATO E ENCANTO DE CORAZON, FELICIDADES. GRACIAS LEO FRANK POR COMPARTIR, CELESTE.

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el diciembre 21, 2016 a las 4:46pm

Amigo Francisco Pardo Huertas, un placer leerte nuevamente...

¡Felices Fiestas!

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