Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

LOS GIRASOLES DE AGOSTO... (Testimonio del horror)

 LOS GIRASOLES DE AGOSTO...

(Testimonio del horror)

                                                           

 Aquel 4 de agosto, el día era bello,  el sol doraba el campo.  Más allá de nuestra casa se levantaba el sembradío de mi familia, éramos orgullosamente campesinos. El mar estaba cerca, podíamos oír el ruido de las olas  en la calma de la noche. Recuerdo dejar la ventanas abiertas, después me dormía en la eterna mansedumbre del espacio que la vida me regalaba –

Aquella mañana había hecho planes,  era mi intención recorrer el campo, más allá del arrozal estallaba la luz y los colores en las cresta radiante de naranjas soles,  en  los sombreros de espigados girasoles. Que se erguían esbeltos y garbos alzando su corona  de rojizos despuntes, tornasolando las semillas incrustadas a su áspera piel. Superficie de  apagadas y apacibles llamaradas, habitadas de abejas y pájaros  y  de bellas mariposas, esparciendo el polen y la vida en el pico sagas de inquietos colibríes

.

 Era mi lugar preferido,  lejos de todo, planeaba mi futuro mientras contemplaba  desde  arriba de los manzanos, el uniforme e inmenso manto de fuego,    meciéndose por el viento en un silencio de paz que  aromada mi alma de verdes y de  variados aromas de flores silvestres.

Entre otras palabras  y no menos lágrimas Hiroshi  nos contaba cómo había comenzado el horror. Después de 30 años  se reunían  en el lugar elegido, En lo que después se le llamaría, "Museo de la Paz de Hiroshima". Desde hacía mucho tiempo atrás  postergamos el encuentro. Éramos los "hibakusha" sobrevivientes" de una brutal y despiadada agresión, del hombre contra el hombre, sin miramientos ni piedad.

Etsuko. Seguía tan bella  como antes, parecía lejana, mostrando que  nada había hecho huellas en ella, se negaba a las lágrimas de lo perdido.  Pequeñas quemaduras se resistían a las cirugías, ya cansada de malogrados intentos, lucia las secuelas en su rostro y en su cuerpo, como un funesto mapa de los hechos.  Negándose a contar y recordar, demoro, cuando los amigos pidieron su testimonio. Callo por largos minutos, quizás negándose a plasmar el horror en dolorosas palabras. Pero convencida de que había llegado hasta allí para dejar un pedazo más de miles de similares historias, que la muerte silencio. Los miro a todos  y comenzó diciendo.

  Hoy estoy sola, tan sola como aquel día que la bomba me dejara sin nada. Jamás pude formar una familia. Pensaron que enfermaría y moriría pronto. Otros temían que pudiera tener hijos con deformaciones. Para mí, la bomba ha significado la soledad".  Y desde ese tiempo, odio el resplandor del sol en el poniente.

Hideko, quien ha sido su amiga inseparable de siempre,  la abrazo, seco alguna una furtiva lagrima que corría cause abajo, en un surcado rostro de viejas y perpetuas heridas  para siempre incurables.

Después fue Hideko quien se apresuró a contarnos  momentos y consecuencia del estallido, que se llevaría  miles de vidas, cuerpos desechos sepultados en las cenizas y entre los escombros.

Entera, sin dejar mellas de su dolor, nos decía con la claridad y con certeza de haber superado el horror dejando atrás el odio.  Cuando pude salir de los escombros  después de apagar el incendio en que se hallaba sumido mi cuerpo pude ver como la ciudad ardía a mí alrededor. Mis heridas ardían y llevaba cristales clavados en la espalda y magulladuras por todo el cuerpo. Fui de las pocas personas que, estando a tan escasa distancias de lugar donde estallo el infierno pude sobrevir.  Mis compañeros quedaron sepultados en el sótano de la escuela, lugar, en donde nos refugiaran después de la alerta  aérea. 

Minor, el más viejo de los allí presente,  también dejaba visibles las huellas del estallido  nuclear.   Eran otras sus heridas, las llevaba plegadas en cada rincón de su alma. Por aquel tiempo en que sucedieran los hechos,  trabajaba  en las minas de carbón, el profundo socavón lo  protegió en sus profundidades, alejándolo por un tiempo de las ruinas en que había quedado su pueblo. Día después de vagar sin rumbo, ni certeza,  extraviado en el aturdimiento al que fuera expuesto  al estruendo, multiplicado por miles de decibeles  por el encierro. Regreso a su casa, nada quedaba allí, solo retorcidos hierros  eran testigo de una dolorosa herencia de muerte y destrucción.                                                                                                                      Vecinos que aun andaban como viejos espectros deshilachados de fuego y cenizas le darían detalles de lo sucedido.   Sus padres y sus hermanos menores habían quedado en el campo   entre los pantanos,  en los arrozales, sepultados en el fango,   el mismo, que quizás calmo por un instante el dolor de la muerte.   Las autoridades, los habían sepultados en fosas comunes,  simple seres anónimos  perdidos en la tierra que amaron.  Minor se esforzaba tratando saber de  sus amigos, una sordera crónica lo afectaba desde aquel entonces, necesitaba de señas y gestos,  para entender en el silencio todo cuanto prefería olvidar...    

Eiji,   cuando  quiso exponer su historia todos callaron,  como pudo acomodo  su cuerpo, de sus manos se valía  para sostenerse erguido aferrado a la mesa para no caer.  El cáncer estaba acabando con su vida. De aquel tiempo, con dificultad, nos contaría de su vida,  posterior a la bomba de la destrucción y  de la muerte,  que inútilmente trataba olvidar. Llevando en sus ojos borrosos retratos del horror. Su boca parecía masticar dolor, sus labios se debatían por encontrar su lugar en su boca, que  se descomponía contorsionandose constantemente desarticulando sus tristes movimientos. Despacio tomándose su tiempo lo oímos decir.

 -.  Al hospital, donde comenzaba a trabajar de enfermero, llegaban los cuerpos desechos e irreconocibles.  No sabíamos que era la lluvia radiactiva y durante días dejamos que nos mojara. El barrio no había sido golpeado directamente por la bomba, pero por alguna razón           fue mi hermano quien llegó moribundo tres días después. Tenía la boca negra y la piel quemada.                                                                         El dolor era tan intenso que no podíamos siquiera tocarle. Murió en brazos de mi madre y, marchamos a enterrarlo cuando empezó a llover. Fue el más afectado por la ‘lluvia negra’. Y así fue como empezamos a enfermar". Por el día tratábamos a los afectados con aceite, intentando calmar sus quemaduras, y por la noche quemamos los cadáveres de los muertos junto al río, Pensé: en aquel instante ‘El Sol ha caído sobre nosotros’.                                                                                                 Mi hora tenía que haber llegado ya. ¿Es éste el final?  Jamás me perdonaré haberlos sobrevivido y arrastrar este dolor hasta aquí.  Después, calló, lo ayudamos a incorporase y, una silla de rueda esperaba por lo que  aún quedaba de  él...                                         

 

Hiroshi, solo por agregar algo, sería quien terminaría con este recontó de dolor y miserias.  Fugazmente, contó de aquel día en el sembrado de girasoles.                                    -. De pronto  cuando me disponía a regresar, cuando había bajado del manzano, un estallido de luz cegó mi ojos,  después, la nada, al despertar sentí a mi cuerpo arder, me puse de pie como pude, ante mis ojos, un desierto  de esqueletos grises y espectrales se doblaban lentamente, dejándose caer sobre la tierra. No vi pájaros ni mariposas, solo girasoles quemados por el fuego de la bomba, apenas resistían de pie. El color era uniforme, un gris de plomo se desramaba  en mi entorno,  el suelo tapizado de cenizas parecía arder, nada quedaba en pie y con vida.  Las piedras se tornaron blancuzcas por el efecto de la radiación,  Cuando empezó a caer lluvia ácida, gotas de agua negra pintaban de fúnebre  guerra, los muros  y las ruinas                                                                                                    

 Como pude desnude mi cuerpo,  sentía mi piel partirse en pedazos, mis manos colgaban de mi cuerpo ya sin fuerzas, fue entonces cuando vi que no estaba solo en este infierno de gritos y lamentos, de nombres preguntando por otros nombres.  En mudas respuestas, más cerca de la muerte de que de la luz, vi lo que parecía un ejército de fantasmas venir hacia mí. ¿Cómo puede salvarme?’ me preguntaba sin hallar respuestas.                                                                                                 Me quedé solo, al cuidado de un centro de niños sin familia, crecí y apenas pude reinsertarme, sentía que el mundo me negaba, quise esconderme en mi dolor y, en la escritura encontré el elemento. Mis ojos, mi voz y mis palabras cuentan de ello. Jamás olvidaré el rojo de  los girasoles,  fue el último retrato de una vida bella que aún perdura en mi alma.                                                                                                      Uní mi vida a otra desdichada vida y dejamos nuestros nombres en manos de la historia,  pasamos a ser y llamarnos "hibakusha" sobrevivientes".   Porque los hibakusha sólo vivimos para eso, para pedir que no haya más Hiroshima, más, Nagasaki, no más bombas nucleares, no más muertes.                                                                     Cuando nació nuestro primer hijo tuve miedo. Quizás por eso, lo primero que hice, fue ir corriendo a ver si tenía todos los dedos, si me oía y me podía ver....

 

 

 

 

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Comentario por JOSE DE JESUS GIL DELGADILLO el julio 30, 2017 a las 7:02am

DESGARRADOR PERO. .AL MISMO TIEMPO INTERESANTE RELATO

LOS HORRORES DE LA GUERRA.

QUE FIN..  PORQUE TUVO QUE SER ASI QUE TERMINARA ELLA?

Comentario por Ligia Rafaela el julio 29, 2017 a las 10:20pm

Fuerte tus letras querido amigo de algo que no se olvidara ni

con el paso del tiempo, gracias por traerlo a tus letras y compartirlas.

Un abrazo que acerca amigos.

Comentario por magi balsells el julio 29, 2017 a las 6:00pm

Comentario por Josefina Camacho el julio 29, 2017 a las 1:39pm

Poeta, relato que trae al momento el recuerdo de aquellos fatídicos echos , atrocidad de seres  poderosos económicamente, sin  corazón para  pensar en el mal que produjeron al hacer semejante barbarie. Inolvidable e imperdonable para el mundo que usa la razón y el corazón.El mundo sigue caminando y siempre con el alma en un hilo porque esos, los que cometieron tanta maldad acumulada, siguen andando y con el mismo egoísmo, con la misma ambición , porque se creen con derecho a manejar al mundo.La humanidad se pierde cuando el corazón se endurece y vivimos entre el temor de ver nuevamente otra Hiroshima, otra Nagasaki en cualquier parte de  la tierra, abrazo desde el sur.

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el julio 29, 2017 a las 11:18am

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el julio 29, 2017 a las 11:17am

Comentario por celeste hernandez el julio 29, 2017 a las 6:16am

Comentario por celeste hernandez el julio 29, 2017 a las 6:12am

¡ QUE DESGARRADORA  HISTORIA, ! SIN EMBARGO...¡ QUE MAGISTRAL FORMA DE PINTAR LOS HECHOS, FELICIDADES. CELESTE.

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