Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

LUZ ENTRE TINIEBLAS
Retazo de mi autobiografía
LUZ ENTRE TINIEBLAS, es un breve fragmento de un inmenso relato, precedido de un poema, REINA DE LAS ROSAS, dedicado a mi querida hija, SONIA PENA ARIAS, rememorando el día en que ha sufrido un inexorable lance de su destino en el que pudo perder la vida. Al menos pudo dejarla marcada para el resto de su existencia. No ha sido así debido a su gran entereza en saber afrontar las grandes adversidades que los designios de su destino le tenían deparado. Viniéndole en una continuidad de corparativismo del mismo Lucifer. Como bien podrá apreciar el lector.
Sonia desde hace unos años, es Ingeniera Química Industrial. Especialidad, Química. Asi mismo, Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. Ostentando otras titulaciones, con altas calificaciones. Pese a todo ese brillante currículum, y su carné de conducir como muchos jóvenes de su edad espera su primer empleo.
Nos remontamos a unos años atrás en el que siendo una niña, al enfermar yo de un cruel Síndrome de Meniere, el cual me llevó a peregrinar por las consultas privadas de casi toda la comunidad de Galicia, puesto que mi marido, para curarme lo más pronto posible de mi inesperada dolencia, no reparaba en el coste de las cuantiosas consultas, agilizándose de este modo los resultados de analíticas radiografías, consultas, etc. evitando una larga lista de espera en la SEGURIDAD SOCIAL.
La enfermedad de Síndrome de Meniére, con sus insondables vértigos me tuvo postrada durante varios años. Sonia que aún no ingresara en el instituto, ayudaba unas veces a su padre a reanimarme cuando recibía estos ataques, En otras ocasiones con destreza se desenvolvía por si misma, como ocurrió en una de las varias ocasiones, que estando ambas alegremente conversando, ella sentada en la mesa blanca de mármol de uno de los lados de la cocina económica, Yo sentada en mi mullido sillón; Me levanté, y al instante el vértigo desestabilizó todo mi cuerpo, cayendo vertiginosamente contra la esquina de la cocina, con el impacto me quedé sin sentido, y Sonia ágil como un rayo sostiene mi cuerpo en el aire posándome en el suelo, Coloca una toalla sobre la brecha de la herida para frenar en lo posible la hemorragia, al mismo tiempo que me daba palmadas en las mejillas diciéndome llorando ¿ mama, mamá( desde los cuatro años siempre me llama por mi nombre de pila) Cuando devine del impacto, me sentí acariciada en mis mejillas, y sus grandes ojos, me miraban suplicantes por mi vida con dulzura y con premisa me dijo, que no sintiese temor que iba en busca de su padre para que me llevase a un centro médico a coserme la herida.
En la velocidad de un breve suspiro, volvió con su padre y un vecino que les ayudó a llevarme en volantas al coche para que me cerrasen la herida con trece puntos.
El camino de mi devenir se hacía largo y escabroso, los médicos no lograban una medicina efectiva para mi organismo que acusaba todos los efectos secundarios. Por otro lado, yo cavilaba que lo que yo sufría tendría que ver con cáncer cerebral, Este temor se mitigó al ver que no tenía fundamento al solicitar de mi médico privado que me enviase a hacerme un scanner.
Debido a mis vértigos que no remetían, siguiendo sin entender el motivo que los originaba, yo no podía atender las tareas del hogar. Tuvimos que contratar a una señora de limpieza, y Sonia que era una niña, me alentaba a que me distrajese escribiendo y leyendo. En aquel entonces, en mis infaustos momentos resignados, me entretenía elaborando gargantillas, brazaletes, sortijas, anillos, pulseras, tanto de corcho, alambre, lentejuelas, piedras semipreciosas. Artesanías que luego fueron a parar a manos amigas y a oneges. Sonia que aún iba a la escuela unitaria, paso a paso se iba haciendo con los menesteres y obligaciones de la casa. Ingresó en el Instituto, y ya compaginaba con destreza las labores y dirección de la casa, tanto en el plano económico, cocina y limpieza, con sus estudios. En tanto yo luchaba por mi curación que tanto se hacía la remolona.
Trascurridos unos años, fui recuperándome, y ya comenzaba a ocuparme de los menesteres propios del hogar y de mi incipiente vocación literaria. Por fin nuestra vida familiar, poco a poco se fue normalizando. Mas como verán los lectores, la adversidad no tardaría en personarse en nuestra existencia, comenzando por el fallecimiento de mi suegro, A corto plazo mi cuñado, el hermano más joven de mi marido, seguido de la enfermedad de mi padre y este acontecimiento del que, a continuación, haré una breve reseña. Puesto que todo el relato daría de si para una amplia novela, ya que como todos sabemos, la realidad supera con creces a la ficción.
Amanecía el día ocho de enero de 2008. Mi marido me acompaña muy de mañana desde la Villa a la que pertenece el pueblo donde residimos, hasta Lugo, ciudad, en la que residen mis padres; y donde yo he crecido y desenvuelto mi niñez;, adolescencia y juventud. Nos dirigimos a casa de mis padres, Por la tarde me dirijo al Obispado al velatorio del recién finado Monseñor, FRAY JOSÉ LÓPEZ, obispo de Lugo, fallecido tras una irreversible enfermedad. Pasaría la noche con ellos para alentar a mi padre que necesitaba sentirse reconfortado ante el panorama de una segunda y última fase del postoperatorio,( pruebas que ya tenía efectuadas en su totalidad, en el traslado en la camilla de la ambulancia, y que ante la tardanza de la llamada a ser intervenido,
vemos que inefablemente habían desaparecido los datos del archivo, y no constaba como era precedente en la lista de prioritarios, viéndonos obligados a llevarlo de nuevo a nuevas pruebas) con una operación quirúrgica de mucho riesgo, puesto que le iban a hacer un implante de prótesis total de cadera.
Tal como lo teníamos planificado, mi marido iba a traer a nuestra hija para que me ayudara en las gestiones burocráticas, y en el traslado al que deberíamos llevar en silla de ruedas, dado que mi madre, al ser de edad avanzada y con dolencias crónicas, no me podría ayudar.
Por la tarde me dirigí al Palacio Episcopal al velatorio del referido Monseñor. Al salir me paso por la Catedral, situada enfrente del Obispado, (Plaza de Santa María).. Salgo de la Catedral y dirijo mi mirada al Obispado, con el firme propósito de ir al día siguiente a su entierro en compañía de mi amiga del alma, la hermana, María Teresa Rodríguez Pol.
Apresuradamente me dirijo a casa de mis padres. Procuro disimular mis trágicos presentimientos, contando algunos chistes para entretenerlos quitando hierro al asunto.
Ellos dos, se muestran confiados, pero dentro de mí me taladraba la preocupación por la incertidumbre del riesgo que iba a padecer.
. Nos acostamos temprano, ya que había que levantarse a las seis de la madrugada para ocuparnos del enfermo. En el transcurso de la noche no lograba conciliar el sueño, ya que mi madre, a cada rato encendía la luz para mirar la hora en el despertador, temerosa de dormirse y que no lo admitieran en el hospital.
Por otro lado, inefablemente, sentía mi ser en efervescencia, atribuyéndolo al temor por su integridad física, así como el requisito de llamar a la ambulancia, rememorando el inexplicable motivo (citado antes)de que estando en la lista de espera, habiendo pasado todas las pruebas requeridas, su archivo había desaparecido, ni por urgente ni nada,¡Inaudito! cuando había ido al hospital en camilla de la ambulancia desde su hogar, y ahí Sonia, acude a sus amistades, solicitando que revisen todo el archivo de su abuelo. Ella misma enfila la silla de ruedas y se reúne con las personas oportunas para tal desaguisado, y con la ayuda de solariegas, humanas personas, consigue que con diligencia su abuelo sea ingresado en el sanatorio, pero antes debe de hacer una última prueba, para su ingreso.
Son las seis de la mañana, suena el teléfono, descuelga mi madre, y me lo pasa. Era Sonia que me habla con su habitual mesura, diciéndome con acertada tranquilidad que ella no puede venir a ayudarme porque, en nuestra casa acaeció un devastador incendio, y que aún estaban los bomberos vigilando las llamas que aparentemente parecían controladas…
Lo peor me dice, es que su padre se ha quemado las dos manos y los brazos hasta el codo, pero que no corre peligro inminente. Parece que las heridas son leves, que lo han llevado al centro médico de la villa, prestándole los primeros auxilios, y que ella se encuentra bien, que está en compañía de unos vecinos del pueblo que los llevaron en su coche.
Que los vecinos se portaron como verdaderos familiares y amigos, y los están arropando en todo. En realidad todos los conocidos del pueblo y aún de los colindantes se pusieron al frente de la explotación de la ganadería, negocio que mi marido regenta y que tuvo que abandonar temporalmente por la gravedad de su estado. Ella me pedía que no me asustara, que me fuese amañando como pudiera, y sin llorar, que las lágrimas nada solucionaban, que me telefonearía más tarde, para tenerme al corriente de cómo iba todo. Ni que decir tiene que me sentí mareada ante tal lóbrego panorama., Sonia me lo notó y me alentaba para que llevara a mi padre al hospital aunque me las tuviera que ver yo sola, tratando de sobreponerme a todo y salir del paso.
Angustiada y confusa, comienzo a telefonear a la ambulancia de la vez anterior, y ahí me enrollo con la burocracia, No logro que venga una ambulancia ni aún pagando. lo cual me sacaba de mis casillas. Ellos alegaban que todas estaban contratadas en aquel momento, y por más que les imploraba que viniesen a por mi padre; o bien me respondían que me hiciese con el volante del médico de cabecera, o que telefonease a otras, e incluso me colgaban el teléfono.
En medio de esa sima angustiosa, me vuelve a telefonear mi hija para decirme la neta verdad: que mi marido estaba desde las cinco de la madrugada ingresado en el hospital general con las manos, los brazos y pies quemados de 3º y 2º grado, y que era muy posible que tuviese que ser trasladado a la Coruña para operarlo un cirujano plástico, y que de momento permanecía en la Unidad de Cuidados Intensivos, y sigue reiterando, que ella se encuentra bien.
Me sentía el ser más desgraciado del mundo ya que deseaba ardientemente estar junto a mi marido, pero al ser hija única y ver a mi padre tan desvalido era como si dos fuerzas tirasen de mí en sentido opuesto. Pienso entonces que lo mejor sería llevar a mi padre, precisamente al lugar donde ya estaba mi marido ingresado. Una cosa así como querer matar dos pájaros de un tiro, con perdón de la expresión.,
. Al fin consigo que una ambulancia acceda a venir. Llegamos al hospital, mis ansias de llegar junto a él se acrecientan, llevo a mi padre a su sala de espera, miro a ver donde esta mi madre para que se quede al cuidado de mi padre para yo ir a ver a mi marido, y ya no la veo, Pregunto a uno de los celadores si la han visto y me dicen que si, Me desespero en silencio, y espero a que regrese, me dice al volver que se ha ido a ver a mi marido. me sentí muy enfadada y me callé, le pido que se quede al cuidado de mi padre, y repentinamente su cuerpo se vuelve sudor , se marea y casi se desmaya,,
Yo siento que se me derrumba el mundo a mis pies. No puedo más y comienzo a llorar sin disimulos. Me dirijo a las enfermeras para que atiendan a mi madre. Les doy toda clase de explicaciones para que nos ayuden y me miran como si estuviese alelada.. Me responden que no soy la única con problemas.
Los pacientes que esperan su turno, me miran apenados y algunos dicen haber visto por la TV. el devastador incendio y oído las palabras indignadas de una de las vecinas ante la tardanza de los bomberos de la villa.
Mi madre va recuperándose. La retiro de la camilla. La siento, y un matrimonio entrado en años, que espera su vez, se ofrece para empujar la silla de ruedas de mi padre para pasarlo a la consulta.Se lo agradezco, y me alejo a toda prisa en busca de mi marido.
Al fin logro verlo, y lo encuentro sentado y vestido con la bata del hospital y las dos manos y brazos vendados, posicionados en alto.
Al verlo me sentí desprotegida del cielo, considerando que mi lugar era estar con él, dejando incluso a mi padre. Pero desorientada por la noticia, creo que no supe tomar la decisión acertada y opté por seguir con lo que llevaba entre manos en ese momento, para que lo suyo no se retrasase
La cara demacrada de mi marido, denotaba haber y estar sufriendo horrores; Pese al cansancio natural, me sonríe y se alegra de verme. Las lágrimas pugnan por aflorar de mis pupilas,trato de contener mi llanto. Lo abrazo, y le pregunto qué le han dicho los doctores. Responde que él les pedía que lo dejasen salir para atender su hacienda. La doctora cirujano le espeta que de ninguna manera, que está corriendo un riesgo muy grande y que de allí no sale hasta ver la evolución de las quemaduras. Que se hiciera a la idea de que tendría que ser ingresado por lo menos dos días en el hospital. Y después de ver la evolución de las heridas, se decidiría si era o no trasladarlo al hospital de la Coruña.
Me comenta que el ingente dolor sentido en la camilla cuando era atendido por los doctores cirujanos y enfermeras, casi le hace desmayarse, y que irremisiblemente se echó a llorar como un niño ante la impotencia de tener que dejar la hacienda en llamas para ser ingresado.
Sentada a su lado, voy sabiendo por él lo acaecido, y ya más tarde, lo que los vecinos vieron a padre e hija. Coligados en la ardua tarea de aplacar las ingentes llamas
Me cuenta que en su habitual costumbre, al finalizar la jornada del día, “di una ultima ojeada a todas las dependencias, revisé que ventanas y puertas quedasen cerradas. Miré toda la maquinaria, Lechería, aperos,. Comprobé como siempre si estaba frío el motor del tractor, por aquello de un cortocircuito .Todo bien. Ya me podía ir tranquilo a cenar. Después de la cena miré un rato la TV, y me fui a descansar Sonia ya se había acostado antes de llegar yo a la casa. Le doy vueltas a mi pensamiento que nos tenemos que levantar temprano para llevar a Sonia a Lugo para ayudar a tu padre.. Queriendo conciliar el sueño no lo consigo a pesar de oír las dos en el reloj de campana...
Un despistado pajarillo, no cesaba de piar. Y me preguntaba, cómo podría estar tan lleno de alegría piando en aquéllas horas, siendo de noche, iluminado sólo con la luz de la farola. De repente, se calla el pájaro, se hace el silencio, y yo me alegro de veras. Al fin podríamos dormir y descansar.
Nada más pasar este pensamiento por mi mente
oí un gran estruendo que colijo que viene del exterior; me levanto y miro por la ventana, y mis ojos no dan crédito a la evidencia, el tractor estaba en llamas en medio de otras maquinarias y al lado anexo al alpendre nada menos que con dos mil pacas de hierba seca que aún teníamos de reserva para la temporada. Llamo a Sonia, y me responde apresurada que ella ya vio por su ventana lo que está ocurriendo y que ya está para salir tal y como está, en pijama. Calzamos lo que encontramos a mano. Ella se puso los zapatos nuevos míos que encontró al paso. Corrimos a sofocar el incendio, valiéndonos del agua encañada del pozo colocándole la manguera al grifo del depósito del agua. En décimas de segundo el fuego se acrecentaba por lo que devoró la manguera. Utilizamos los cubos de metal que había a mano, pero el agua con el ingente calor se evaporaba en el aire antes de caer sobre las ascuas, Las gruesas vigas de madera caían en trozos llameantes a los lados de nosotros, las de cemento resistían. Toda la instalación de tuberías eran pasto de las llamas, como lo eran la totalidad de las máquinas, y ya alcanzaba la lechería y el circuito de ordeño, Al lado las bombonas de butano, el motor del circuito, el generador de energía eléctrica. Creíamos que íbamos a volar por los aires. A menudo nos echábamos agua por nosotros mismos para preservarnos en la medida de lo posible de las quemaduras, el calor nos resecaba la boca, la piel de la cara la sentía tirante; el humo por las llamas de la goma de las tuberías y maquinaria, la hierba, nos envolvía e intoxicaba, cada vez nos sentíamos más impotentes para salvar algo de aquel infierno devastador, Sonia a mi lado sin temor por su vida luchaba conmigo contra el fuego. Yo me puse a empujar una de las máquinas que aún parecía que no estaba muy dañada por estar más hacia fuera, Sonia no paraba, y a veces me gritaba que era mejor dejarlo, que íbamos a morir abrasados; yo le decía que se fuera ella. Yo seguía empujando la máquina, que ya no faltaba mucho para sacarla de aquel infierno. A todo esto la explotación se había llenado de humo y el ganado ni se inmutaba, yo pensaba que todas las reses se morirían asfixiadas, y proseguíamos en la tenaz tarea. Era tanto el humo que como una densa niebla envolvía a todo el pueblo. Pronto apareció un vecino, sorprendido. no supo reaccionar. Se quedó como una inerte estatua mirando y sin articular palabra.
Llegaron otros vecinos e impresionados, hacían lo mismo que él., pasando a reaccionar en alertarnos que saliéramos de allí.
Al verlos, Sonia, sin parar ni una milésima de segundos en el afán de aplacar las llamas, al menos controlarlas para que no alcanzasen nuestra casa a través de los árboles y el hórreo que la separa de la hacienda, les suplica que nos auxilien con su ayuda, y lo hace guiando a cada uno:
í ¡Manolo. Por favor, puedes ir a por tu tractor y cargar la cisterna de purín (estiércol liquido de las vacas) para verterlo sobre las llamas, y de paso avisar a los demás vecinos que nos ayuden con las cisternas!. Manolo sale a toda prisa y va dar la alarma a vecinos y ya unos tras otros vienen con las cisternas de purín, lo que consigue que las llamas se mantengan sin alcanzar la casa al tiempo
que van devorando lo que encuentran a su paso, Sonia sigue intentando controlar la situación y sigue pidiendo ayuda.¡Carmen por favor, puedes entrar en el establo y abrir todas las ventanas y puertas para que el ganado no se nos muera de asfixia!.Carmen que no hacia más que advertirnos que podíamos salir volando en partículas por el aire, hizo lo que Sonia le ruega. Más tarde Carmen nos informa que el hijo de nuestro vecino de al lado, había alertado del incendio a los bomberos de la villa, y a los de Lugo, que lo había hecho a través del móvil, nada más ver el comienzo del fuego.
El ganado estaba aturdido con el denso humo toxico, ni se inmutaban con la algarabía del gentío, ni el ruido de los tractores, yo ya creía que se habían asfixiado, no era normal, ya que a la mínima actitud a ellos extraña, braman desmesurados .Nuestros pies pisaban sobre cascotes, gomas derretidas, troncos candentes, agua enlamada, la suela del calzado quemada.
Oímos la sirena de los bomberos de Lugo, para nosotros era como oír la voz de Dios. Al frente de la compañía, el jefe los dirigía con energía, unos se subieron a la grúa y con la gruesa manguera enfocaban los chorros de agua a las llamas, que se resistían en extinguirse, por ello les llevó un tiempo controlarlo, tiempo que yo no puedo precisar, pero que a mí se me hacia infinito. Cuando estaba casi un poco controlado, llegaron los bomberos de la villa, que unidos trabajaron por aplacarlas. Nos alentaron para que saliésemos de las llamas, por que ya teníamos el autocargador fuera, estaba algo calcinado, pero yo intuía que si se podría reparar, y yo quería seguir ayudando a los bomberos , y nuestros vecinos, Javier y soledad, insistían en que yo debía de ir al médico para que me hiciesen las curas, ya que según ellos y también Sonia estaba con los brazos quemado, En aquellos momentos, no sentía dolor alguno, y me resistía en dejar la hacienda en las manos de los vecinos, quería estar hasta que todo estuviese apaciguado, Sonia seguía insistiendo en que era mejor que me viese un doctor de urgencia, en ningún momento precisó si ella necesitaba asistencia médica, pese a que tenía los pies igual que yo, negros como el carbón, La miraba a la cara, y sus ojos me miraban como dos inmensos luceros, la templanza de su corazón me hablaba. Entre los tres consiguieron convencerme a ser visitado por facultativos, y una vez en el aseo al lavarme las manos y brazos con estropajo, pensando que lo negro era del humo, veo la carne en vivo… Aún así no sentía dolor, por lo que pensaba que solo sería ir, hacerme las curas y volver.

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Comentario por Ana Arias Saavedra el marzo 17, 2010 a las 1:26am
MI AMADA HIJA CON MI PADRE.
LA LUZ SALVADORA DE LA NOCHE TENEBROSA
Comentario por Ana Arias Saavedra el marzo 17, 2010 a las 1:24am

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