Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

MAS ALLLA DEL HORIZONTE

Cuando Pedro y los otros llegaron, aquel lugar era un bosque de retorcidos algarrobos aferrados a un suelo matoso de chilcas y piquillines, entrelazados al ramaje frondoso lleno de aroma a jarillas que se abrían paso entre las piedras y las rosetas que se clavaban como aguijones en los pies cuyos dedos se escapaban entre los agujeros de las pobres y miserables alpargatas.

Sólo la naturaleza estaba presente y se manifestaba en el cauce caprichoso del río que de a poco robaba terreno a un suelo que se resistía a aquellos veranos de tormentas y granizo cuando el cielo parecía querer llevarse todo. Apenas senderos de animales salvajes daban muestra de vida: mulas, algún que otro caballo y veloces ñandúes se podían ver cuando bajaban por agua al caer la tarde, y el sol enrojecía más allá del monte. Era un camino de cortaderas, el cual descendía de lo más alto de las orillas que amurallaban la trocha del río.

Pedro soñaba llegar allá donde se cierne el horizonte en un contraste de nieves y rocas milenarias, sin embargo, mucho tiempo pasaría para que él ascendiera a la cumbre, a lo más alto de la voluntad humana y así cumplir con sus sueños. Pedro y los otros, los que se dejaron llevar por sueños de bonanzas y paz en la esperanza de un mundo mejor y de una vida más digna, ya eran parte de ese paisaje desolador que para ellos y sus deseos de vencer obstáculos, era prometedor.

Pala, rastrón y pico se conjugaban juntos al hombre y a las bestias en el verbo universal del trabajo. Un páramo desmontado y plano se mostraba limpio, presto al surco y a la semilla. El hombre ya estaba ahí, sus pasos y sus huellas podían verse en cada flor, en cada potrero de ondulante alfalfa. El hombre ya era dueño de su tierra. Manojos de ranchos dispersos en la inmensidad arada, daban muestra de la vida en el fuego encendido de fogones y en la mortecina luz de los candiles.

Ramas, troncos y todo lo que estuviera ya seco y sin vida se amontonaba para esperar el frío invierno. Invierno de escarchas y heladas que quemaban la tierra, partían las manos y los labios. Inviernos de llamitas encendidas, alimentadas con hojas de otoño y deseos de sol. 

Pedro y los otros traían una cultura de años al servicio de la supervivencia, de soportar castigo y maltratos, de ser parte y propiedad del amo, una cultura de obediencia y sumisión cuando les arrebataban a sus hijos para continuar con la explotación al servicio de los señores de una España feudal que ardía en llama de infiernos y dioses benévolos, una España de curas y de viejas santurronas de bastas mantillas cubriendo pecados.

Pedro miraba al cielo y, entre dientes, rezaba en cada tarde cuando las sombras de negros nubarrones demoraban su paso, y el viento caliente ardía en la cara. Un presagio de truenos y relámpagos alertaban el alma derrumbando sueños, muriendo de a poco, impotente y solo, buscando a Dios, pidiendo respuestas.

Pedro conoció a mi madre y se volvió manso, sumó años a su suerte y a sus desgracias. Todo lo que lo rodeaba fue cambiando. Crecieron los álamos, las acacias, los hijos y los recuerdos, se multiplicaron las cepas y se agrandó la casa, se extendió la mesa, y el amasijo del pan se hizo necesario cada día de desayunos y madrugadas de riego y fuego quemando heladas.

Pedro se fue quedando solo, crecieron los hijos y escupieron la tierra, maldijeron el suelo en donde nacieron y se fueron lejos guiados por sus sueños, tratando de olvidar tormentas y truenos, fríos y soledades. Pedro, en silencio, sin reproches ni quejas entendió a los suyos y desató la yunta, dejó volar las palomas, cerró la compuerta y dejó secar el árbol que él plantara cuando yo vine al mundo. Las cepas que produjeron el vino de las navidades y de los cumpleaños de sus doce hijos, se descolgaban secas y sin vida de los alambres. Los corrales permanecieron mudos y vacíos mientras el viento limpiaba el suelo de chala y bosta. Remató su vida y cerró los ojos, se rindió, y vencido vendió la tierra que tanto amara cuando se quedó sin fuerza, cuando ya no quedaba nada por qué rogar, por qué rezar. Murió poco a poco como las acacias desnudas y sin nidos, como los jazmines que plantó mi madre.

Para mí, el tiempo se sucedió en años y en deseos de volver, regresar a la finca y a la vieja casa donde creció mi infancia, donde trepé los álamos y bajé los nidos, donde endulcé mi boca con sabor a moras, duraznos frescos y sandías robadas, allí donde me bañé en pelotas sin importarme nada, y maté los sapos para sentirme malo, y garroteé a los chanchos para vengarme de algo.

Busqué a mi hermano, lo llevé conmigo porque tuve miedo de encontrarme sin nada, me adelanté al llegar al puente, la ansiedad me ahogaba y un dolor de ausencia me dolía en el alma. Vi a mi padre arrodillado en la tierra, a mi madre tendiendo la ropa y a los muchachos tras una pelota, envueltos en tontas peleas y con la tierra tapándole los ojos, y a mis hermanas apretando a sus novios. Todos en un desierto de tamaritanos muertos y espectrales esqueletos de frutales y álamos secos que cercaban de escombros las paredes derrumbadas de la casa, la vieja casa que estaba en mis sueños desde cuando era un pibe que dormía la siesta acurrucado a mi padre. Aún me escucho decir: ¡abrázame fuerte que tengo frío, tengo frío, abrázame fuerte, papá!

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Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el octubre 5, 2015 a las 2:20pm

Aunque el alma desgarre...

Me gusta leerte

Tu vida y trayectoria poética con sumo esfuerzo realizaste.

¡Felicidades!

Comentario por Lola María A. Correa el octubre 5, 2015 a las 8:36am

Emocionante y talentoso tu trabajo, te felicito.

Comentario por Iris del V. Ponce P. el octubre 4, 2015 a las 10:22pm

Rolando...

Una muy triste historia; más no deja de ser interesante y se desarrolla de manera tal que el que te lee no pierde el interés hasta conocer el final.

Pero si fue triste.

Saludos

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