Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Mi encuentro con Dios

   

Un día de estos, apenas me lo proponga, invitare a mi mesa al buen señor de los cielos, comeremos en mi mesa y hablaremos de algunas cosas pendientes.  Miraremos la tele para conocer las noticias y saber lo que sucedió  con esa criatura creada a su semejanza. Después  del postre  nos dispondremos a recorrer la ciudad, por los barrios emergentes, por las cárceles y las villas, por los andenes y los trenes, los hospitales y  los orfanatos, por asilos de alto muros donde no llega la luz. Por los umbrales hediondos de dolor, por calesitas vacías,  por los parques y sus miserias,  por el paco y la birra sepultando la vida de pibes muriendo, degradándose a pedazos. Por el brillo de las vidrieras ostentosas de banalidades. Por las luces y las sombras y la contracara de la realidad.  

Nos detendremos en la plaza para descansar de la marcha, y conocer a los hombres en la dimensión que  les dio, con sus mezquindades y su grandeza, para saber de sus odios y los amores sentenciados de contradicciones, entre fuegos y cenizas, entre lágrimas y esperanzas, entre lamentos y risas. Pisando árboles derribados y palomas en retirada, por cornisas de gorriones ausentes, escapándole a la  intolerancia, por la ribera de aguas contaminadas y de peces jadeando entre la mugre y el fango.  

Se corre la voz por los bancos –el señor esta aquí- y enseguida se arremolinan para contemplar el milagro. Un pastor prometedor invoca de un altavoz su palabra, vociferando a los grito anuncia de su llegada. Un cura desprevenido ante el asombro acudió a contactar la verdad,  un rosario prontamente de su sotana saco, el señor calmadamente con amor le solicito – no hace falta hijo mío- en el no me encontraras. Una señora indiferente no se pudo resistir y al remolino se acercó, cuidándose de ser manchada, su abrigo de piel guardo, creyendo que era un mendigo unas monedas dejo, el señor las apretó en sus manos y de judas se acordó.        Un militar de licencia por los caminitos paso, en su afán por poner orden entre todos se mesclo, poniendo su inteligencia con sospecha vio, cuando una piba acercó su vientre, de varias lunas encima, una mano poso el señor pero nada le prometió.  

Un pibe carita sucia con las manos extendidas, lastimadas de pedir, se arrodilla ante sus pies,   un viejo resentido, cansado ya de mentiras, duda de los altares y de la “divina bendición” asiéndoselo saber. Una puta desdentada le deja en la cara un beso y con rubor se persigna, ella no pide nada porque ya la condenaron, negándole su perdón. Un chanta observador entre la gente codea asiéndose de un lugar, aprovechando el momento, valiéndose de la ocasión, una cadenita  le extiende pidiendo que la bendiga necesitado de perdón.

 Un joven de cara cansada, se mescla entre la gente, que apasionada pregunta si todo aquello es verdad, Él señor extiende sus manos tratándoles de explicar, el joven llega su lado,  una herida se hace visible y se arrodilla ante él, un  rayo  de luz lo alumbra, después se pone de pies,  dos clavos hay en sus manos  y una corona de espina por donde desrama su sangre, sus ojos iluminan la tarde, en el silencio se oye, como en el latir palpita  la vida.   Con las manos alzadas elevándola hasta el cielo deja escapar un murmullo.

perdónalos señor, como me has perdonado a mí-  

Arrastrando los maderos, el joven de cara triste,  despacito por las piedras se alego, el viejo y el niño le ofrecen ayuda, el con piedad los mira, una lagrima rueda en los ojos  por el peso de la cruz, mitad de nosotros, mitad del que está por venir.  El señor  nos pide calma, , pone  ternura en su voz y con dolor  sentencia

– ya ven lo que nos  paso, si pudiéramos, de él aprender, el mundo y el hombre serían  mejor.

Rolando Bebel    

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