Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Siempre que profundizo un poco más allá de lo puramente superficial me considero una intrusa de mi misma.
¡Qué idiotez! "Una intrusa de mi misma"… ni siquiera sé qué significa esa expresión.

La mente, esa bruja tan obstinada y caprichosa, se empeña en mostrarme datos, fechas, acciones que al recordarlas me obligan a llorar el resto del día.
Finjo ser feliz, pero cuando los recuerdos aparecen, cierro los ojos con fuerza y los devuelvo al apartado rincón del que nunca debieron salir.
A veces quisiera contar a todo el mundo como fue mi vida de pequeña, pero me da miedo y vergüenza.

¿Y si me emborrachase? Los borrachos siempre dicen la verdad, pero luego tienen el problema de no saber lo que han dicho. También puede que finjan estar borrachos para que los demás no les tomen en cuenta y no sepan discernir la realidad de la fantasía.

Nunca me han gustado los borrachos. ¿Será porque mi padre lo era?
De nuevo las imágenes vuelven a mi mente hecha fuerte a base de recibir bofetadas.
No, no quiero recordar. No quiero que nadie sepa lo que sufrí por culpa del alcohol.
Llegué a odiar a mi padre porque maltrataba a mi madre, si, pero también llegué a odiar a mi madre porque se dejaba maltratar.
Odié a mi padre porque maltrataba a todo el mundo, y llegué a odiar al mundo entero porque se dejaba maltratar.
Incluso me odié a mi misma por dejar que le miedo me paralizara, que me obligase a esconderme debajo de la cama o a correr despavorida mientras oía los gritos de mi madre pidiendo ayuda.
Daría la mitad de mi vida por haber tenido una infancia feliz, por haber sido una niña como las demás, con sus alegrías, sus ilusiones, sus regalos…

No obstante hay algo que desarrollé al máximo: la imaginación.
Cuando corría perseguida por mi padre, me convertía en una princesa en busca de un príncipe que me esperaba con los brazos abiertos, me montaba en su carroza y me llevaba lejos, muy lejos, donde todo era paz y armonía.
Luego recordaba a mi madre, sus lágrimas, sus moratones y renunciaba a mi felicidad.
Dejaba de correr y volvía sobre mis pasos para oler su peste, oír sus insultos y recibir sus golpes.

Así aprendí a odiar; pero no es el odio el que me mueve en la actualidad, sino las ganas de amar y ser amada y sobre todo las ganas de no recordar mi pasado jamás.

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Comentario por conchi el septiembre 28, 2009 a las 10:35pm
Muchas gracias Amaya, por tu comentario y sobre todo por la rosa, es preciosa.
La verdad es que el maltrato es asqueroso en todas las persona y a todas las edades, pero parece que un niño maltratado causa más lastima que cualquier otra cosa.
Cuando estemos solas te explicaré cómo me inspiré para escribirlo, jajajaja.
Un besito

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