Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

              EL ATARDECER QUE…  AMANECE

 

          El valle de los sueños de un poeta, nunca dejará de florecer, aunque éstos convivan con los surcos dormidos. Siempre allí habrá un  lugar para una flor, que amaneciendo a la gama del espectro, sea capaz de asimilar el terciopelo de su color preferido, dejar caer una semilla que podrá esperar y esperar para nacer y, de esta forma, pintar un desierto, un valle o una montaña, con la seráfica sensación, de una  belleza desfogada.

         Siempre habrá una luz que impulsa al vate,  caminar a la horitaña y, de esa forma  descubrir, que más allá de los azules oteros, hay un jardín que espera el arribo de una primavera, que no haya vencido el tiempo, que no la hayan cubierto las brozas del vendaval humano, ni la fosca zafia, que marchita las nazcas.

          Siempre allí habrá espacio para soñar y cimentar gradales, que lo lleven al tálamo de las castálidas, que duermen cual daifas arropadas en versos, que entibian el azul espacio del espíritu y de la auto estima; perennes valores de los seres que aman y se entregan, sin prebendas, a la catarsis de lo guardado en el interior. Inalcanzable para los que desparraman ocios sobre telas ajenas o prefabricadas por dueños.-

         De esos lugares, de esos espacios, donde los Florilegios solfean sus anemocoros, nace la senda sin esquinas del bardo que, como estilizados álamos, buscan el azul más puro del cielo, para  refugiarse en él y, desde allí, irisar la comarca con geometrizados hojavanzos que, aceptando el desafío de una hoja en blanco, han de verter el efluvio ubérrimo que inundará  calles sin recodos ni alambradas y  puertas sin ladridos de canes.

         De la filantrópica sombra del lárice o del asilo restaurador de los arimeces, (donde anidan golondrinas fugaces), ha de nacer el verso y la prosa que, en plena quietud, florecerá a la vida; igual que la roca lanzada a la fuente donde titilan los astros robados al cielo y el trovador encuentra el nadir para su verso, que rompe  la placenta que le contiene.

         En el cauce, la clepsidra, borracha de lirismo, lanza a los austros sinalefas y metáforas, mientras las rosas, convertidas en sonetos, aroman, el atardecer... que amanece.-

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ALFONSO JEREZ JEREZ

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