Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

PROCLAMA DE UN MALDITO

 

Contemplo desde mi ataúd a la sosería ñoña. Es maquinal el estímulo fugaz de la excitación. Asumo a la corrupción como una realidad que nos devora. Nos acostumbramos a bañarnos con las mismas aguas y en el mismo río. He sudado demasiada tinta, intentando cuestionar a la justicia. La sosería superficial de las ratas murtes, jamás será laboriosa. Son holgazanes disfrazados, plañideros corruptos. Volveremos a ser salvajes, por las analogías naturales. Le cerramos el grifo al gimoteo popular, con el torbellino del oropel y con los engaños que les embutimos. Todo se puede dar y todo se puede esperar, en las suciedades sociales que habitamos.

El dinero corroe a las estructuras sociales. El hombre no es más que un tísico que se consume como una vela, mirando como un idiota hacia el mar. El trabajo es el arma de la liberación, el preñador y trinchador de oportunidades. La tromba que amollina al fracaso. El duraznero y corpulento, armonioso para no menoscabar lo mohíno de nuestra languidez. El fervor de las ilusiones se enferma, con el dulzón de la realidad que nos empalaga. Somos como la roedura de los gordinflones, verdaderos talayotes de las acrópolis. Me cuestiono desde el indómito arcabuzal, como si fuese un salvaje montañero. Me digo a la desautorización de los neófitos. Hablo por él nugatorio de las famélicas masas, por el nubarrón que aborrecemos los novicios y los expertos.

Ya no me emociona el latón de las medallas. Es nublosa la tragicomedia de nuestra absurda historia. Somos el absurdo de los mamíferos. Lloramos como pájaros carpinteros, golpeándonos contra la realidad. Nos odiamos con un nefasto amor. Me emocionó con el tufo de los recuerdos. Añoro a la imagen lejana, de los mugidos del viento y el aroma fresco de la leche. Ahora la fetidez de los natalicios, es una soberbia tromba. La fragancia del efluvio amoroso, se impone sobre el desencanto. Me fascinan los climas y los aromas del trópico. El olfatear al polvo en oro, que se agolpa en el cuerpo de las mujeres. Revoloteamos como cóndores, seducidos por las inocencias de las tórtolas. Madrugamos como los maretazos, a aguijonear y a perturbar a las doncellas.

Del río brotan las respuestas de lo que desimagino. Venteo un raudal de opciones bárbaras, para salvar mi alma. Degluto con golosía algunas respuestas. Recuerdo la sonrisa de mi padre y la sabiduría de sus palabras. La osita cuestiona a los relámpagos de mi cabeza. Soy un testaduro, el motor de un fracaso torbellino. Sé que es pasar por la ojaladura de la verdad, y clavar conceptos en la cabeza y en el corazón. Me duele ver al hombre parado en la miseria, haciéndole trampas al centavo para sobrevivir. Me ofusca que el pan y las oportunidades, no alcancen para todos. Ni apego como un náufrago entumecido, al bote salvavidas de los privilegiados.

 

Héctor Cediel 2011-01-30

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