Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Para JJ, quien ilumina mis días con su presencia.

                                                                      En ocasiones he soñado cosas que no he           

                                                                      olvidado nunca y que han cambiado mi modo de

                                                                      pensar. Han pasado por mi alma y le han dado

                                                                      un color nuevo, como cuando al agua se le 

                                                                      agrega vino.

                                                                                       Cumbres Borrascosas, Emily Bronte.

                                                              

                                                                 1. Juegos previos

 

Se acercó en silencio. Llevó ambas manos hacia su nuca y retiró la peineta que sujetaba sus largos cabellos. Éstos cayeron en cascada cubriendo sus hombros. Se quitó el brassiere y las pequeñas bragas.  Colocó ambas prendas con esmero sobre el resto de su ropa negra.

          Levantó la sábana blanca y se acostó junto a él. Cerró los ojos y su mano helada tomó contacto con la piel que rozaba la suya. Exhaló con fuerza y su mano recorrió el masculino muslo, endurecido y cubierto de vello. Su mano fue ascendiendo con delicadeza por el cuerpo hasta llegar al pecho. Palpó los pectorales. Irguiéndose, buscó el cuello a ciegas, con los labios entreabiertos, los cerró en torno al lóbulo de la oreja, presionándolos con absoluto deleite.

          Moviéndose con extrema lentitud, colocó su cuerpo entero sobre el de al lado. Los rostros quedaron frente a frente. Devoró con la mirada, durante un instante que se le hizo infinito, cada detalle del rostro amado. Enterró los dedos en la ondulada cabellera entrecana. Recorrió con la yema de sus dedos la nariz recta y varonil, las mejillas bien rasuradas, los labios pálidos y resecos. Lo besó levemente en la boca. Aspiró con frenesí el perfume que envolvía el cuerpo. Descansó con lentitud la cabeza sobre el delgado hombro. Cerró los ojos.  

          Solo entonces, su memoria remontó el tiempo y voló hasta el día en que conoció al doctor Armando Bermejo. El momento en que esto ocurrió, cinco años atrás, nadie sabía que ese encuentro cambiaría el rumbo de su existencia para siempre.

 

                                                                      2. El inicio

 

Kitula estaba sentada, al lado del doctor Bermejo, en el asiento del copiloto. Vestía de negro y llevaba gafas oscuras.  

-          Toma esta cruz, es celta, la cultura cuya historia te fascina. Llévala junto a tu corazón, tiene catorce diamantes. Cada uno representa un día durante las dos semanas que tu presencia rompió el hielo de mi soledad –el doctor Bermejo colocó una cruz acerada sujeta a un cordón negro de cuero sobre la mano de Kitula.

-          No me la voy a quitar más. Será como llevarte a ti junto a mi negro corazón.

-          Todo en ti es sombrío, todo cuanto te gusta es negro o lúgubre. No lo soporto. Siempre vistes de negro. Tus temas favoritos aluden a la muerte. Nunca abres las cortinas amarillas de tu dormitorio, cada vez que paso por tu casa en mi automóvil, las encuentro corridas. No permites que la luz entre a tu vida.

-          Soy gótica, ¿no lo has advertido? Amo la noche, las historias sobre vampiros, la pintura de Victoria Frances y de Luis Royo, me gustan las brujas y los gatos negros, en música prefiero el metal gótico a cualquier otro género de música, precisamente el tema que ahora estamos escuchando en mi celular es Crucifixio de Lacrimosa. Soy así y no pienso cambiar para gustarte.

 

3. La decepción

 

El automóvil del doctor Armando Bermejo se detuvo frente a la puerta del edificio. En seguida advirtió algo, se puso tenso; lo que fuese que advirtió, le desagradó:

-          No podremos entrar a mi apartamento, Kitula. Micaela ha llegado, su automóvil está allí.

-          Y a mí eso, ¿qué me importa? Ella no es tu mujer.

-          No, pero prefiero no lastimarla. Es solo una cuestión de prudencia.

-          Está bien, vámonos pero pronto. Y que quede claro que ésta ha sido la única oportunidad que has tenido. No habrá otra. Y has preferido no hacerlo.

-          Vamos a mi estudio, allí nadie nos molestará.

-           No, no iremos a sitio alguno. Nunca me ha gustado involucrarme con alguien que tenga compromisos pendientes. Detesto hacer sufrir a la pareja, amante o enamorada de un hombre.

-          Tú no eres mi pareja, mi enamorada, ni mi amante –la miró detenidamente como insultándola-. Eres absolutamente diferente a mí. Nunca podríamos estar juntos. 

-          Gracias, Armando. Sé que somos diferentes, pero eso no me preocupa. Puedo resultarte extremadamente rara, pero soy leal a mis sentimientos. Algo que tú jamás aprenderás. Eres promiscuo. La mujer que se involucre contigo debería saber que la relación que vive no es de dos sino de tres, cuatro o cinco personas, pues muchas de tus conquistas son mujeres casadas. En pocos meses cumplirás sesenta años, pero eres infantil y no lo percibes. No renunciarás a tu aborrecible estilo de vida y yo nunca lo aceptaré. Nunca cambiaré y sé que no me aceptarás como soy.

-          Solo una vez Kitula, una sola vez. Como un favor especial.

-          No, Armando. Busca alguna de tus mujeres beneficencia para eso. Yo, por si no lo has advertido, me quiero demasiado para jugar en tus términos. Quiero la exclusividad y si no la tengo, lo dejo.

 

4. El desenlace

 

Tomó con delicadeza, la cabeza de ondulados cabellos entrecanos, entre sus blancas manos. Miró intensamente los ojos color caramelo; y, gravemente le dijo:

-          Ya no podemos hacer nada. Tu corazón te ha traicionado. Te amo, Armando. ¿No lo has entendido en todo este tiempo? ¿No podías haber cambiado? ¿No podías haberme aceptado como soy? Con todas mis manías, con mi absoluta irreverencia por tus necesidades espirituales y fisiológicas. Y tomarme tal como me entregué a ti. Como un ser completamente libre. Como el rayo de luna que te envuelve. Como la brisa que acaricia tus pasos por la noche. Tomarme como agua que baña tus prados bajo el sol. Tomarme con amor. Tomar mi alma y sentirla tuya, porque lo soy. Mi alma te pertenece. Mi cuerpo te pertenece. Sin embargo, no te lo daré mientras no me ames como te amo yo. Y si jamás logras sentir lo mismo, no te lo daré, a pesar de ser tuyo. No tenemos todo lo que queremos en la vida, Armando. Yo quiero tu alma, yo necesito tu amor. Y no los tengo.

-          No los tendrás nunca Kitula, nunca, porque mi amor lo tiene otra mujer. Una mujer que supo darme una felicidad que tú estás muy lejos de poderme brindar.

-          No quiero ser esa mujer Armando. No me interesa cambiar. Soy yo y me encanta serlo. Si me amas como soy, bien; y, si no soy capaz de inspirar tu amor, también bien. El hecho que no me ames es completamente independiente al sentimiento que le inspiras tú a mi corazón. El ser que habita dentro de tus ojos es para mí mucho más importante, que el mundano deseo que te consume por apropiarte durante breves minutos de mi sexo; para luego echarme de tu vida, como el papel desechable después de ocupar los servicios.

-          La cosa es simple Kitula, lo tomas o lo dejas. Si deseas seguir disfrutando mi amistad, debes darme lo que deseo.

-          Pretendes someterme a tus deseos.

-          Pretendo que te dejes llevar por los tuyos.

-          No, Armando. No lo haré nunca. Te amo, por eso precisamente no tendrás mi cuerpo, a pesar, te lo repito, que sea tuyo.

-          ¿Ni una vez, Kitula? ¿Ni una sola vez?

-          Una sola vez Armando, te lo daré por única vez, pero será cuando mi alma se libere del endemoniado amor que te pertenece. De este tormentoso sentimiento, que al igual que llamas infernales consume mi alma desde el fondo de mis entrañas hasta la fibra más sensible de mi piel. Me entregaré a ti, el día en que deje de amarte. Te daré lo que deseas cuando este amor tiránico e infernal ya no esclavice mi alma. Lo prometo.

          Kitula, aproximó su boca y entreabriendo los labios tomó los de Armando, secos y tibios. Los presionó con firmeza, mientras su lengua recorría las encías del abogado. Sus lenguas juguetearon durante un instante. Sus salivas se mezclaron formando un manantial de cálidas emociones. Presionó con más fuerza, cerró los labios. Se separó. Lo miró una vez más y salió del estudio, sin prisa y sin llanto, como se lo había prometido al llegar.

 

5.  El sueño

 

La habitación se encontraba iluminada por gruesas velas perfumadas. El ambiente estaba envuelto en el humo aromático del incienso de palosanto que ardía en un brasero desde un rincón del salón. El tema musical había sido cuidadosamente seleccionado: Keep the streets empty for me de Fever Ray. La música, cadenciosa y misteriosa, envolvió la silueta delgada y alta del hombre que se encontraba de pie ante la ventana. Cuando la voz femenina de la intérprete acarició el humo, apareció la muchacha cubierta con un traje semitransparente de encaje negro. Las piernas largas y delgadas estaban envueltas en medias de nylon transparentes, cuyos extremos rematados en encaje, presionaban sensualmente los muslos blancos y firmes.

          Los movimientos eran lentos y cadenciosos. Imitaban el avance de un animal carnicero tras su presa. Él extendió un brazo, cuan largo era, hacia ella. Kitula entrelazó sus dedos en los de él. Se movía al compás de los tambores tribales que inundaba la habitación. Se envolvió en su propio brazo y luego en el de él. Cuando su cuerpo tomó contacto con el de Armando, presionó su pecho contra el suyo. Siguiendo el ritmo tribal de la música, se alejó todo el largo de sus brazos extendidos y unidos por las manos entrelazadas. Sus movimientos eran sensuales semejaban la fiera que acecha a su presa. Se balanceaba cadenciosamente de un lado a otro.  

          Él la atrajo hacia su cuerpo y ella nuevamente se envolvió en los brazos de ambos. Su aliento cálido envolvió su rostro. Sintió el aroma Kayak de su colonia, mezclada con el olor de su cálida piel, de su cabellera entrecana, de su cuello. El deseo se apoderó de los latidos de sus entrañas. Él empezó a moverse suavemente, mientras la dirigía al dormitorio. Se movía al mismo compás que ella. Realizaban movimientos felinos con idéntica cadencia. Los cuerpos se balanceaban como uno solo.

          Entraron al dormitorio en penumbra. La cama de dos plazas ocupaba casi todo el espacio de la pequeña habitación blanca. La volvió de espaldas a él. Ella miró las luces de los demás edificios a través de la ventana que tenía ante sí. Armando besó sus hombros y tomó con delicadeza los tirantes del vestido semitransparente. Dejó que se deslice por el cuerpo trémulo hasta ocultar los pies calzados en zapatos de gamuza con altísimos tacones. Besó su espalda a lo largo de toda la columna vertebral. Se detuvo al llegar a las bragas, negras y tan delgadas que desaparecían entre las redondas nalgas.

          Bajó las bragas usando diestramente los dientes, hasta las rodillas. La breve cintura seguía presionada por el portaligas negro que sujetaba las medias de encaje del mismo color. Sus besos recorrieron la piel blanca y temblorosa que palpitaba bajo su aliento. La acostó de bruces sobre la cama y terminó de desnudarla. Luego de desnudarse él, veloz como un rayo, la cubrió con su propio cuerpo. El peso del hombre aprisionando su cuerpo contra la cama, la hizo gemir de deseo. Colocó su mano diestra entre las piernas cerradas, ella lo dejó hacer sin resistir, al tomar contacto con su piel, la acarició sin detenerse, hasta que la respiración se hizo tan profunda que un maullido, como el de una gata en celo, empezó a ronronear junto a su oído.

          Se levantó y la recostó en la cama sobre sus espaldas, ella lo atrapó entre sus largas piernas y lo atrajo hacía sí, se miraron jadeantes como dos luchadores antes del combate, él se acomodó para invadirla, ella cerró los ojos y se mordió los labios. Esperó con ansia el siguiente movimiento. No llegó. Abrió los ojos, estaba sola. La oscuridad la envolvía y la música había cesado. No era en el dormitorio de él donde se encontraba. Estaba sola y en su propia cama. La angustia más helada la envolvió. Buscó la silueta de sus cortinas amarillas bañadas por la luz del farol de la calle. La oscuridad dio lugar a una dulce penumbra cuando sus ojos se acostumbraron a ella. Encendió el equipo de sonido, Love Song de ACDC se adueñó de sus sentidos. Se colocó de bruces sobre la cama, enterró la mano derecha entre sus muslos desnudos y sus dedos juguetearon con la sombra de su pubis. Comenzó a moverse cadenciosamente al ritmo de la música, lo hizo despacio, con absoluta entrega, hasta que llegó el placer cataclísmico desde el fondo de sus entrañas. Quedó tiesa y exánime durante largos minutos.

          Al abrir los ojos nuevamente, suspiró agradecida, el amargo sabor de la frustración dio origen al tierno deleite de absoluta paz que envolvió su piel cálida y nacarada. Se volvió con pereza hacia la ventana y el sueño más dulce, la envolvió.

 

                                                                       6. Necrofilia

 

-          Han pasado cinco años en los que hemos vivido tantas cosas, mi amor. Ahora cumplo tal como te lo ofrecí. Lo prometí, Armando. Ahora soy tuya. Tuya de verdad. Tuya para siempre.

          Kitula se lo repetía una y otra vez, mientras se movía frenéticamente sobre el cuerpo inerte. Hasta que el placer se extendió a lo largo de su cuerpo cálido y trémulo. Esa mañana el doctor Armando Bermejo sufrió un ataque al corazón, que había terminado con su vida.

 

Ella yació después un instante sobre él,

resollando sin aire, y dejó de existir en la oscuridad.

El amor en los tiempos del cólera,

Gabriel García Márquez.

 

                                                                                                                  Puno,  junio de 2012

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