Poesia, pensamientos y reflexiones.

El desván del poeta.

Un hombre, un sueño en la inmensidad de dios

 

En  la plenitud de sus sentidos, pensó que era hora de cumplir con sus sueños.  Minuciosamente programo los acontecimientos a seguir. No se sentía aferrado  a nada; los compromisos  habían quedado atrás. Resueltos con rapidez para desligarse de obligaciones. Así habían quedado, algunos cumplidos, otros postergados para un después incierto.

No había motivos para arrepentimientos,  después de mucho dudar  se decidió a  satisfacer su voluntad de continuar soñando. Sueños en-rumbados  en la continua monotonía de repetirse, sin trascender  y sin horizontes.  Se había quedado andando por los rincones  a oscura de su destino, maniatado a indecisiones  y a postergaciones.

 

Puso en orden sus cosas personales, escribió varias misivas,  envió mensajes  alentado ser esperado prometiendo un regreso próximo sin fecha ni calendario.  Busco entre sus prioridades lo más elemental para su viaje, que a pesar que desde mucho tiempo atrás venia organizando esta  partida, nadie sabía de ello, era su secreto, guardado bajo mil llaves permanecía esta decisión de partir  con rumbo incierto, con final impredecible,  solo el inicio se ajustaba a certeras  decisiones.                            

Mañana  era el día,  no  lo podía postergar,  -más aun- se decía -no hay razones para ello- aplazarlo lo exponía a un prematuro fracaso

 Apenas amaneció, Se asesoró que las ventanas estuvieran bien cerradas  corto el gas, encendió la luz del porche.  El vecino se encargaría de la casa,   cada tarde,  se había comprometido a ventilar las habitaciones,  regar el jardín y  velar por su seguridad.

Cargo   sobre sus hombros una abultada mochila: salió a la calle miro sobre sus pasos y vio por última vez su casa, su patio y el jardín.  Tranquilo, le dio la espalda a sus cosas queridas,  nadie de quien despedirse, nadie por quien regresar. Y empezó andar;   días después ya no se acordaría de lo  que había quedado atrás,  disfrutaba de un paisaje bello que colmaba sus expectativas  y se daba por satisfecho  por lo andado y visto.

 

A su paso se llenaba de ocres y verdes, de rojos atardeceres  y en el espejo azul del rió se reencontró con sí mismo y, en el asombro de sentirse liviano y libre, vio con agrado su rostro ahora más joven más color del sol y más lleno de luz.  Hacia dedo en el camino, conoció, otros hombres otra gente que supieron de sus sueños y de su meta.  Se cargó   de nombres y fechas, agiganto su mochila de alegrías y trasnoches, de charlas entre amigos espontáneos y  a la deriva, como su marcha como su incansable andar.

 

Un paisaje de otoño, en un cielo de abril  con una luna plata salpicada de partículas de estaño y oro  se habría  a su paso.  Soñolientos pastos se recostaban sobre la tierra colorada dispuesta a dormir en la cadencia del viento.  Y en la levedad del espacio una tibia brisa, abrazaba su piel como en un cálido beso, se sintió acariciado por la vida y se dormiría soñando con distancias.  

 

Tirado en la inmensidad de lo absoluto, resuelto a no pensar se dejaba estar contemplando el cielo, enumerando estrellas, buscando semejanzas en  la constelación de Dios,  angelitos y hadas, centauros y corderitos llenaban de sapiencia su memoria para después recordar, cuando llegaran los inviernos y las noches se vuelvan oscuras y frías.

 No estaba solo, sin cuerpos ni voces, él con Dios a solas con toda la creación a sus pies, rendido a su imaginación soñaba  con  amaneceres y ponientes,  guías de su marcha, sendero y brújula de su  andar. Placido se estiraba  y se desperezaba de cansancios, Sin ataduras ni relojes, sin almanaques  y sin voces agitando malestares y sublevando su ansiada paz, se disponía a seguir,

 

Allí donde quizás nadie se detuvo, estaba él, libre de candados y rejas,  librado a los caprichos de  la naturaleza que dictaba su tiempo.  Disfruto de la lluvia mojándole la cara, despabilando ganas  y alertando amaneceres. Y en el frió del roció se encontró abrazándose, sintiéndose  apretado a sus brazos queriéndose, soportándose como antes no lo hacía.                                                                               

En  el calor de la tarde estiraba su sombra  bajo un techo acechante de las rocas, después, dejándose llevar en el instinto que lo asistía, se dejaba  estar liberando su andar por senderitos de piedras y “abrojos” espinitas del camino, (castigo y alerta de dios).                                           

Como un animal sediento, encontraba las orillas plañideras del rio que zigzagueaba manso aplacando la sed en las lenguas verdes de una frondosa vegetación que se alzaba custodia de las barrancas.   Descalzaba sus pies  y sentía el mundo bajo ellos, y al tiempo, veía transcurrir  en la lentitud y en la mansedumbre  cristal del agua, que remolinaba su marcha para no dejarlo solo  para no olvidarse de él.

 -Mañana-, se decía desafiante, proponiéndose metas   -alcanzare la altura de aquel cerro, desde allí mirare mis pasos dejados en la placida fatiga sobre la arena que se yergue testigo mudo  de mi   andar y de mis ganas. Allí, cerca de la magnitud sideral, jardín de Dios, a donde viene por descanso de los hombres,   esperare por  la noche-                                                                                                                       

Lobo hambriento de luna, sediento de rocíos, abría los brazos y la boca para juntar estrellas y aullarle a la inmensidad. Para después descender al llano, a la planicie vegetal  y llenarse de olores y savias, de mariposas y polen, de  verdes lagartijas  y de alguaciles indecisos  soplados por el viento, liberando su camino agilizando su marcha.

 De vez en cuando, la gente, como consecuencia del camino,  un rincón  a solas, un cubico baño y una taza caliente  en donde reponía fuerzas.   Guardado en el silencio apena oía voces, apenas visible se dejaba estar por los rincones y sin dejarse hallar, partía de la misma manera en que había llegado sin  gravitar ni trascender.

 .

-Cuanto falta- se decía, cuanto he andado, donde los caminos aun por andar, en  donde la paz esperada donde los sueños que aun persigo. En la calma de la noche silenciaba su voz interior, desoyendo repuestas  se dejaba llevar en anda de otros días y de más sueños, agigantando las esperanzas, sumando tiempo a una gesta de voluntad y empeño. Y en cada paso sellaba,  certificando ante los hombres y ante Dios su paso por aquella  tierra reservada al paraíso  a donde el alma va por luz y  la noche por estrellas.

 

Después, en la placidez  del reencuentro con su interior, interrogaba, calmo y sin asecho a su  empecinado corazón que se expandía altivo y lleno, harto de sentir y disfrutar en la plenitud de los silencios  y en el pensar en nada, en el  que se envolvía de paz.

Allí donde el hombre nunca estuvo, creyó  haber llegado    al final de su marcha, sin cansancio se detuvo y contemplo lo andado.   Hurgo en la inmensidad algún indicio de lo mucho que busco. El silenció y la calma del paisaje apaciguaba pensamientos  premiando de paz la espera. 

Diviso las distancias, ahora más próxima que antes que iniciara su marcha.  Junto piedritas, arrojándolas al vacío estallándolas contra las rocas en inaudible eco. Después, bebió  agua, y  dejo volar terroncitos de greda que partían  en el viento como palomas  llevando secretos  mensajes.                                                                                                  Él seguía esperando,  llego la tarde, después la noche y él estaba allí en la espera de lo buscado,  aferrado al anhelo de cumplir  sus sueños, de realzar su vida a los confines  más alto  donde se disipan las dudas en la clara luz que nos ilumina.

 Los  primeros rayos del sol como filosas puñales dieron en su rostro y despertó  sorprendido, encontró rastros  de pasos a su alrededor.                                                                                             

Con miedo fue por el agua, el recipiente estaba  más lleno, había llegado hasta allí casi vacío, dudo de lo visto, mojo su cabeza hasta estar más despierto y volvió a mirar su entorno.                                

Intrigado, busco algo que  delatase que allí había estado alguien, cuando, se sentía  defraudado se puso de pie para descender,                                                                                                                                Se decidía a volver sobre sus pasos y, vio en el espino de un  robusto arbusto, prendido a sus ramas,  un trozo de tela de entramada y gruesa lana  desteñida de milenios.                                       

Después, asombrado, vio  gotas de sangre  que se hundían levemente haciendo hoyitos en la arena,  más abajo, trozos de espinas al costado del sendero yacían secas e inútiles, entrelazadas una fúnebre corona de muerte.   Cuando creía que había visto todo. A la orilla del camino, viejos maderos astillados de látigos y clavos yacían  ensangrentados y resecos de  tiempo.  Pensaba en ello, cuando, de repente vio pasos sobre la arena, pies descalzos habían seguido su camino mientras él soñaba.

¿Había alcanzado sus sueños? - para qué más-  se dijo y descendió feliz y pleno; más liviano y  más útil  para recoger y expandir las semillas, sembrando palmo a palmo un bello territorio  de sueños.   Había dejado arriba en la cima su cruz, volvía sin espinas ni clavos…   había encontrado a dios…

 

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Comentario por celeste hernandez el septiembre 29, 2017 a las 7:20am

Lobo hambriento de luna, sediento de rocíos, abría los brazos y la boca para juntar estrellas y aullarle a la inmensidad. Para después descender al llano, a la planicie vegetal  y llenarse de olores y savias, de mariposas y polen, de  verdes lagartijas  y de alguaciles indecisos  soplados por el viento, liberando su camino agilizando su marcha.

Comentario por celeste hernandez el septiembre 29, 2017 a las 7:19am

¡Que hermoso relato nos dejas! Precioso mensaje de amor... Me encanto.Gracias por compartir. Me dió mucha luz, Gracias de corazón. Celeste.

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el septiembre 29, 2017 a las 2:51am

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