El dolor se siente y luego se entiende

El dolor se siente y luego se entiende

La Real Academia define la palabra dolor, como una “sensación molesta y aflictiva de una parte del cuerpo por causa interior o exterior”. En su segunda aplicación, ya desde una perspectiva emocional se describe al dolor como un “sentimiento de pena y congoja”.

Sin embargo, por más elocuentes que parezcan las definiciones, ninguna es capaz de describir esta sensación tan difícil de asimilar como es el dolor del corazón. El dolor es una experiencia desagradable que nuestra naturaleza humana resiste y procura evitar a toda costa.

Para definir el dolor hay que estar en medio de el. Para descubrir su intensidad, hay que sentirlo. Para recibir sus beneficios, hay que padecerlo. Como Jesús, que fue un “varón de dolores y experimentado en quebranto”.

La traición, la pérdida de un ser querido, una tragedia, una mala noticia, el divorcio, el abandono, el engaño, el rechazo, el desprecio y la separación son agentes que provocan el dolor del corazón. Lo peor de todo, es que en ocasiones no se encuentra consuelo ni nada que pueda calmar este sentimiento.

Ni los versículos que se recitan, ni los consejos que se reciben, ni la compañía de los seres queridos, pueden calmar esa angustia. La pena es tan fuerte, que toma control de los pensamientos, del ánimo y aun del apetito.

Solo quienes lo experimentan, saben juzgarlo. Solo quienes lo han sentido saben comprenderlo. Quienes han vivido por situaciones dolorosas, saben que es mejor estar cerca y en silencio al lado de quien lo sufre. Como Dios, que está “cercano a los quebrantados de corazón” (Salmos 34:18). David conocía esta cualidad del Señor seguramente porque lo sintió en carne propia. Porque el rey de Israel tuvo momentos dolorosos, y pudo discernir que Dios estaba a su lado y que estaba allí para acompañarlo. Solo para eso. Porque Dios está cerca de los que sufren, en silencio, llorando con el que llora. Solo para eso. Porque a veces lo único que necesitamos saber, es que no estamos solos.

Pero el dolor no es un fin como tal. No es una meta en si. El dolor es solo un vehículo que nos transporta a un mejor lugar, espiritualmente hablando. El dolor es un instrumento de transformación, porque “mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón”(Eclesiastes 7:3).

Por eso es que no debemos permitir que este sentimiento nos robe la esperanza. Porque Dios tiene esa inigualable capacidad de obrar las cosas para bien. La posibilidad de que el Señor obre en nuestro interior debe ser un motivo de expectativa, porque todo dolor tiene un propósito.

En este sentido, cuando el profeta hablaba en nombre de Dios le dijo al pueblo “Yo que hago dar a luz, ¿no haré nacer?”(Isaias 66:9). En otras palabras, Dios no permite dolor sin dejar que algo nuevo nazca.

Cercano está Dios a los quebrantados de corazón, para dejarles saber que no están solos. Cercano está Dios, para recordarnos que El nos mejora a través del dolor. Cercano está Dios a los quebrantados de corazón, para anunciarles que no todo está perdido, porque después de sus efectos, algo nuevo nace. Y precisamente esto es lo debe arrancar una sonrisa de esperanza, de ese rostro golpeado y bañado por las lágrimas.

Dios sabe de dolor. Es un experto en la materia. Lo permitió, lo vivió y lo sufrió. Dios hizo del dolor un curso obligatorio para todos aquellos que desean ser como El. En la universidad del evangelio, el dolor es requisito indispensable para todos aquellos que desean graduarse de creyentes.

AUTOR  GERSON  MOREY


           AMOR DEL CIELO                           

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