Mi nombre es Amelia y soy un Vampiro

Me llamo Amelia y en la vida solo he conocido el dolor, esas punzadas de fuego que rasgan tu alma destruyéndola hasta que no puedes más y tu cuerpo llora lágrimas de sangre.

Hace poco tiempo conocí el amor y mi corazón volvió a latir, pero el sonido de sus latidos se convirtió en desgarradoras suplicas de lamento, silenciosas como la nada y mortales como el fuego. Hasta el más bello de los sentimientos era incapaz de iluminar mi oscuridad. Vivo muerta en una noche eterna, alimentando mi cuerpo con sangre y mi alma con los gritos ahogados de mis víctimas. Soy una depredadora, todo en mi incita a mis victimas a acercárseme, mi belleza pura los hipnotiza y los ciega ante el verdadero monstruo que soy, una belleza que para mí es más una maldición que una bendición.

Después de 200 años vagando en soledad por un mundo sin luz para mí, una noche conocí al humano que sería mi salvación y mi perdición. Lo salve de las mortíferas garras de un oso, era tan bello y estaba tan indefenso que no fui capaz de terminar con su agonía y en cambio vengue cada una de sus heridas alimentándome de ese fiero animal. Durante 5 días lo retuve en mi guarida sanando su frágil piel y, para su desgracia, enamorándome locamente de él. Un amor erróneamente correspondido.

Un amor que nos llevaría a los dos a la muerte.

Esos 5 días fueron una tortura y a la vez como estar en el paraíso. El cálido roce de su piel, el sonido de su corazón, el dulce olor de su sangre... todo me tentaba locamente a rasgar su cuello y saciar mi sed, pero el amor era más fuerte y pudo calmar el animal que despertaba en mí.

Una noche se apodero de nosotros la pasión y a la luz de la luna nos entregamos el uno al otro uniendo nuestros cuerpos desnudos, fundiéndonos por el calor de nuestro deseo y convirtiéndonos en uno solo. Esa noche nos juramos amor eterno con palabras mudas en las que, solo con una mirada, bastaba para saber que nos estábamos entregando el alma.

No quería tentar por más tiempo su suerte ni seguir probando mi control y a la noche siguiente tuve que romperle el corazón con palabras de odio y de desprecio para que se alejara de mí y salvar su vida. Tuve que decirle el despreciable ser que era.

- Me amas, puedes mentirme con palabras, pero no con la mirada

- Un monstruo como yo no puede amar y tú solo eres un frágil humano, para mí solo eres comida.

Cada palabra que salía por mi boca era la más grande de las blasfemias y se clavaba en mi corazón como astillas de hierro ardiendo. Me había entregado su corazón y yo lo estaba destrozando junto al mío, odiándome por mi eterna maldición.

Cada lágrima que bañaba su rostro me desgarraba por dentro y cuando conseguí deshacerme de él, era tan grande mi locura y mi furia que destrocé todo lo que había a mí alrededor dejando salir la bestia que había en mí.

Durante un mes me castigué por el daño que le había hecho recordando cada segundo sus lágrimas y sus caricias, refugiándome por el día en cuevas frías y húmedas, dejando de alimentarme queriendo matarme lentamente de hambre y enloqueciendo por el olor de la dulce sangre que me obligaba a no probar, hasta que una noche cometí el error más grande de mi vida. Volví a mi antiguo refugio.

Todo estaba como lo había dejado excepto mi habitación. Encima de la destrozada cama había 30 rosas rojas unidas, cada una de ellas, por un cordón de seda negra a un trozo de papel, cada uno con una frase de amor. Si ahora pudiera llorar habría muerto allí mismo ahogada en mis propias lágrimas de sangre. ¿Cuánto sufrimiento podría llegar a soportar? Si no me mataba el hambre acabaría matándome este incontrolable dolor.

Me deje caer al suelo y me acurruque como un bebe en los brazos de su madre, estaba tan débil por el dolor y por el hambre que no le oí llegar y para cuando quise darme cuenta ya era demasiado tarde y él estaba aquí, a unos escasos metros de mí.

Había venido, como cada noche, a dejar una rosa en mi cama para que cuando volviera supiera que seguía amándome.
En cuanto le vi le grite que se fuera y me arrastre hacia una esquina para alejarme de él pero, sin hacerme caso, se fue acercando poco a poco más a mí.

¡Estúpido humano insensato!

- VETE VETE VETE

- Amelia te amo y no voy a perderte otra vez

- ¡MARCHATE!

Dios, ese dulce olor me estaba volviendo loca. Podía resistir el olor de los animales, pero no el de un humano. No un olor tan dulce, no una sangre tan caliente y apetecible.

La garganta se me estaba secando por la sed, me dolía tanto que no podía casi ni hablar.

Al respirar el aire me rasgaba y me quemaba la garganta y los pulmones como si fuera fuego. Me dolía cada centímetro del cuerpo, cada vena ardiendo, suplicando que volviera a llenarlas otra vez de vida. Me dolía tanto la cabeza que pensaba que explotaría.

Ese estúpido humano al que tanto amaba me estaba enloqueciendo y torturando con su olor, despertando algo en mí que no podría controlar por mucho tiempo.

Ya ni si quiera me quedaban fuerzas para salir corriendo de allí.

Me hice una bola cubriéndome con los brazos y apretándome la cabeza intentando calmar el dolor que me estaba matando. Nunca debí hacerlo.
No le vi acercarse a mí y cuando su mano rozo mi brazo desnudo sentencio su propia muerte. Solo tarde unos segundos en perder el control y la poca humanidad que quedaba en mí, transformándome en la criatura más mortífera que hubiera sobre la tierra.
Unos segundos en los que pronuncio sus últimas palabras: Amelia te amo.
Al notar su calor en mi cuerpo perdí el corazón, el alma, la cordura, la humanidad... y como un animal consumido por la rabia me abalance sobre él y desesperada por la locura rasgue su frágil cuello robándole cada gota de vida, bebiendo ansiosa el vino prohibido sin poder separarme de él, derramando lágrimas de sangre por el horrible crimen que estaba cometiendo.

Cuando termine, dejándolo seco, me quede mirándolo horrorizada.

Estaba cubierto de su sangre, pálido, frío como el hielo y con su bello rostro cubierto de dolor.

Había matado lo que más amaba en el mundo.

Me quedé sin respiración y lo único que conseguí hacer, durante horas, fue gritar, acunándolo entre mis brazos, tanto que hasta los lobos acompañaron con sus aullidos mis desgarradores gritos de dolor.

- Yo también te amo,

...Y me deje morir...

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Respuestas a esta discusión

...Y me deje morir...

***

¡Terrorífico!

Siempre he creído que los vampiros nunca mueren.

Es lo que he leído siempre

¡Buen trabajo amigo Jesús Quintana Aguilarte.

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