ALBERGE TIBIO DE MI ALMA 

Sucucho oscuro de paredes humedecidas de lágrimas y verdín. Mi rincón, el único e invalorable hogar donde dejaba el tiempo en pedazos de vida que se escapaban de mí, en el que me apegaba al calor de la amistad y a retazos de nostalgia. Amigos del alma que se quedaban un ratito más y retardaban el momento de partir para después quedarme solo, y así pensar y soñar despierto para encontrarme con los duendes piadosos de mi incipiente juventud que rondaban invisibles y silenciosos por la pieza que me albergaba con mis pequeñas y pobres cosas; pertenencias del alma unidas a mí por el dolor y la felicidad de tenerlas conmigo.

Un releído manual Cape Luz y una selección incompleta del mundo en donde viajaba para escaparle a la soledad y al abandono que nunca elegí, pero que rondaba y seguía mis pasos camuflándose como si fuera mi sombra. Un libro prestado de García Márquez, “Cien Años de Soledad”, siempre abierto a mi eterna y obsesiva manía de saber, con una cinta roja señalaba la última página leída. Un retrato con una vieja y ajada foto marrón que robé del baúl de la casa un rato antes de partir. Imágenes imborrables donde mi padre abrazaba a mi madre en tiempos en que decían amarse. Un destartalado Winco que me esforzaba por hacerlo andar en esos domingos de mañana en que el corazón necesitaba la música para reponerse, para latir más fuerte y sentir. Pequeñas cosas que se me parecían y nos necesitábamos. 

El colorido aparador que un día llegó a mí, regalo de amigos que sabían de mis necesidades. Guardé ahí todo cuanto tenía: un paquete de arroz esperando por la leche, la mitad de lo que quedaba de una caja de galletas resecas de olvido, unos cuantos tarros de muchas otras cosas y la banderita de Independiente pegada al trisado cristal con la cara tristona del Bocha, prometiéndome magia. Un almanaque en el que no me importaba su tiempo y rayaba únicamente el mes de septiembre, acentuando, precisamente, el dieciocho, día en que desperté al mundo de la sin razón, día nevado, según mi madre, día de asombros, de llantos y resignación.

Cosas, que había hecho mías, andaban por las paredes y la mesa de la pieza. Objetos elegidos y adquiridos por mi pésimo gusto y mi estrecha economía. Un calentador de alcohol suicida debajo de una olla de aluminio acostumbrada a una papa y tres salchichas, fugaz almuerzo y último bocado rápido y barato. Perchas suspendidas en las paredes donde colgaban planchadas y listas dos camisas de botones blancos que le daban un toque de fineza a la pobreza. En el espaldar de mi única silla, se guardaba de ser arrugado un amplio y único pantalón Oxford de vivos colores. Unos mocasines marrones que respiraban aroma a talco y pomada asomaban por debajo de la cama con ganas de partir, de emprender la noche de los sábados prometedores de aventuras con amores fugaces y promesas de volver a vernos. Hasta el próximo “asalto”, solíamos decirnos.

En un rincón estrecho había una mesita destartalada acostumbrada a un solo plato y a una sola y tétrica alma. Mi maltrecha cama cobijo de mis sueños, sostén de mis lágrimas, bajo dos mantas a cuadro de lana barata que picaba hasta los huesos. Cama de sabanas ausentes y de almohada improvisada de algunos trapos arrugados, sacados no sé de dónde.

Cosas más, cosas menos fueron parte del inventario de mis días. Allá en el tiempo en el cual no recuerdo cumpleaños ni fiestas de navidades ya que únicamente me tenía a mí mismo para reír y llorar, para andar y desandar el regreso a mi querida pieza de dos por cuatro, rincón donde albergué mi alma, donde puse a mi corazón al resguardo del odio y de la maldad, y donde siempre escuchaba consejos y voces que me decían: “Aíslate de la gilada, morí en la tuya, en el trabajo y los amigos y en la página de un libro.” 

Rinconcito de mis pesares y alegrías, alberge tibio de mi alma, espera por mí. Aguarda al hombre que soñé ser. Preserva el reconto de imágenes y de breves caricias en la tibieza de un beso y en las alas siempre prestas a volar lejos y alto, hasta donde me sostengan los sueños, hasta que decidida regresar cuando me invada la urgencia del dolor de quedarme solo.                                              ROLANDO BERBEL

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el octubre 5, 2015 a las 8:34pm

precioso tu escrito amigo te felicito

saludos.

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el octubre 5, 2015 a las 2:40am

Comentario por Ligia Rafaela el octubre 5, 2015 a las 2:11am

Amigo, excelente obra poética nos ofreces

para el disfrute del lector, un placer detenerme

ante tus letras y disfrutarlas.

Mis saludos sinceros.

Comentario por Iris del V. Ponce P. el octubre 4, 2015 a las 10:13pm

Hermoso y a la vez triste relato Rolando.

Narras tan vividamente cada episodio que se siente cada objeto que nombras, cada rincón del cual haces referencia, de esos amigos y de la soledad, siempre presente, tu única compañera en ese espacio, tu lugar, donde la seguridad te aguarda.

Muy bien llevado el tema y no pierde la esencia, atrapa al lector.

Gracias por compartir tu publicación.

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