EL   NIÑO   DE   LA   CALLE   II

                                                             “Es una locura odiar a todas las rosas solo porque una te pinchó.

                                                            Renunciar a todos  tus sueños  solo porque uno de ellos no se cumplió”

                                                                                                                                 El principito

                                                                                                                        Antoine de Saint-Exupéry

 

Para Margarita, abrir las puertas de la biblioteca a las nueve de la mañana, con puntualidad inglesa, se volvió una costumbre desde hacía más de veinte años. Solía prepararse un café negro bien cargado con tres cucharadas de azúcar, se sentaba en su silla de madera, revisaba las actividades y acogía a los lectores que llegaban. El viejo edificio, transpiraba una fragancia difícil de explicar para el pequeño Juan, era un olor  a humedad pero sin humedad, los altos muros de cantera rosa se levantaban como colosos protectores del más valioso de los tesoros, una colección de libros que superaba los 7000 textos. La organización y pulcritud en el trato a cada volumen impresionó al pequeño Juan, nada ahí se asemejaba en lo más mínimo  a su antigua morada, donde predominaba la suciedad, el miedo y el dolor. Con la autorización de Margarita, Juan  pernoctaba en una pequeña habitación  en el punto más apartado de la biblioteca, sus únicas posesiones, una mesa, una silla, un espejo y un ruidoso catre, fueron suficientes para permitir  al niño de once años reconstruir su vida. Para poder permanecer en ese oasis con olor a papel, tinta y piedra, se comprometió a no abandonar sus estudios, como precaución, Margarita falsificó los documentos necesarios para inscribir al niño en otra escuela,  sabía que era una acción arriesgada pero no podía permitir que tanto la madre como el padrastro dieran con el paradero de Juan, situación que nunca se presentó. Muchas noches, después de haber terminado sus tareas escolares, Juan, con lámpara en mano, solía recorrer sin temor los pasillos de la biblioteca, el sonido de sus pasos producía un potente eco que se proyectaba a  cada salón, corredor y anaquel. Juan recibía un llamado de cada uno de los libros, eran ellos los que lo elegían y no al revés, fue así que las letras de Julio Verne, Stevenson, los hermanos Grimm, Salgari, H.G Wells y muchos otros, alimentaron la mente y el espíritu de Juan, a tal grado, que su capacidad de asombro, incluso ante los más pequeños detalles, sería una virtud que jamás lo abandonaría.

Descubrió un hueco que lo transportaba a un mundo de fantasía tangible, disfrutaba el cerrar los ojos, respirar profundo y sentir en su interior como una dulce nube se apoderaba de él, era un sitio al cual solo él tenía acceso, con frecuencia, su rostro se inundaba de lágrimas al saberse por primera vez en su vida realmente protegido, tanto las manos que le infringían dolor como la voces que se escondían y callaban parecían  pertenecer al pasado.

Un lluvioso  lunes por la tarde del mes de enero, Juan, con mochila al hombro, caminaba desde la escuela hacia la biblioteca, al llegar, observó con gran sorpresa las grandes puertas de hierro ornamental cerradas, intentó entrar a través de una ventana y no tuvo suerte. La noche  se hizo presente, la temperatura bajó y Juan, de nueva cuenta, debió buscar resguardo dentro de los dominios de la sombría selva de concreto. No quería alejarse del edificio, esperaba que Margarita apareciera por la mañana,  encontró una banca cercana, sacó de  un bote con basura varios periódicos para calentarse, se abrigó con el sweater escolar y usó la mochila como almohada, su cuerpo, tiritando fuera de control por el intenso frío, logró conciliar el sueño al sentir el cálido cobijo de una manta que alguien colocó sobre él durante la madrugada. Al despertar en la mañana, el niño de once años sencillamente lo sabía, Margarita, la solterona testaruda de setenta años, de ojos color verde avellana, estatura baja y cabellera  negra hasta la cintura, su ángel protector, su fiel guía, había muerto. Juan se vio de nuevo en la necesidad de reacomodar las piezas de su rompecabezas de vida, no deseaba regresar con su madre y  la biblioteca, al no estar Margarita, dejó de ser una opción. Prometió no dejar la escuela y cumplió su palabra, cada mañana, de siete a una, de lunes a viernes, llegaba puntual a su aula, al escuchar el timbre de salida  se dirigía a trabajar como ayudante de jardinero hasta las siete para después correr a toda prisa con la intención de alcanzar una cama en uno de los albergues. Cuando el cupo se agotaba, Juan acudía a los túneles del metro en donde evadía hasta cierto grado los peligros de la superficie. El poco dinero que ganaba le alcanzaba para medio comer, cubrir los gastos de la escuela pública, asistir al cine una vez al mes y comprar en una tienda de libros usados un texto, el cual, al terminar de leerlo, lo vendía a mitad de precio al mismo establecimiento para adquirir otro pagando la diferencia. Juan gustaba de escribir un diario en una gastada libreta, en la cual, plasmaba  lo que su espíritu le dictaba, la tinta proyectaba la voz de un niño que deseaba con desesperación ser escuchado. La noche anterior a su cumpleaños número doce, bajo las luces penetrantes del subterráneo Juan escribió: 

 

 

 

“Mi casa es mucho más grande de lo que  la gente imagina, no tengo juguetes como la mayoría de los niños pero los libros se convirtieron desde hace tiempo en mis más preciados juguetes, no tengo un lugar fijo donde vivir pero de alguna forma soy el dueño de tantos parques, plazas y fachadas, del olor de las flores en las casas donde he trabajado, del sonido metálico de la lluvia al caer sobre la ciudad, de los árboles que parecen bailar al ser movidos por el viento, de las noches iluminadas por los plateados rayos de una luna que lo ilumina todo, de la magnitud que tiene una palmada en el hombro  y una palabra de aliento de un extraño al ver mis ojos  hinchados por el llanto, de la amistad del doctor Jaime que nunca me cobra la consulta y los medicamentos cuando acudo a él por alguna enfermedad, del abarrotero Ramiro con el cual el dinero siempre me alcanza para comprar mis víveres, de Braulio, el jardinero que no dudó en darme trabajo por las tardes y me enseñó el oficio y sobre todas las personas, la que más se preocupó por mi bienestar, a quien mi corazón le guarda el mayor de los cariños se encuentra doña Margarita, ella me convenció que no toda la gente tiene oscuras intenciones, que un día sin sonreír es un día perdido, que cada mañana tenemos la oportunidad de recoger los pedazos del día anterior para reconstruir un mejor destino y que el mejor día es aquel en el que el alma tiene hambre y sed por la vida que corre ante nuestros ojos.

Iván Alatorre Orozco

2-Diciembre-2018

 

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Comentario por Enrique Nieto Rubio el diciembre 4, 2018 a las 7:34pm

es precioso este relato o cuento,  de este chico  de la calle que se esta labrando su propia vida,  solo con su esfuerzo y sus amistades , 

 muy bueno supongo que habrá miles,  en todo el mundo con este problema . 

saludos . 

Comentario por Josefa Alcaraz Martínez el diciembre 4, 2018 a las 3:33am

Comentario por NELSON LENIN el diciembre 3, 2018 a las 10:44pm

Una versatilidad con una armonía muy cadenciosa donde el lector puede percibir una pluma talentosa que narra un pasaje vivencial en el cual comparto contigo y te felicito a la distancia 

 

Comentario por Ivan Alatorre Orozco el diciembre 3, 2018 a las 2:34pm

Mil gracias Beto y Celeste por sus palabras, es para mi un privilegio el contar con ellas. Les mando un abrazo desde Guadalajara.

Comentario por celeste hernandez el diciembre 3, 2018 a las 2:13pm

Comentario por celeste hernandez el diciembre 3, 2018 a las 1:56pm

La vida...su mejor escuela,racias por compartir...Celeste.

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