LA TÍA DE JUAN 

Ella le había prometido el mejor regalo que recibiría en el cumpleaños dieciocho, y Juan fue por lo prometido.
-Demasiado temprano -se dijo, pero igual se atrevió a golpear. No tardó mucho la tía en abrir la puerta haciéndolo pasar. Ella escondía su cuerpo, a medio vestir, detrás de la puerta pidiéndole que la esperara en la cocina.

Curioso, Juan miró por el rabillo del ojo. Lo poco que vio lo sorprendió. Se sentó a esperar. Ella se acercó besándolo en la mejilla, muy cerca de sus labios dejó un beso que conmovió la timidez del sobrino. Una bata de fina seda, casi transparente, la ocultaba de los ojos ansiosos de Juan por descubrir lo que se escondía detrás de las formas, casi perfectas, del cuerpo de la tía que alzaba su cola estirando su cuerpo para alcanzar las tacitas del café del segundo estante del aparador. 

Juan veía deformarse el cuerpo de la tía partido en dos bellos montículos de rosada carne. Ella dejó caer sus piernas y giró. Cuando lo hizo, sorprendida, vio los ojos atolondrados de deseos de su sobrino. Entrecruzando las partes de la bata, cubrió sus redondos y sobresaltados pechos que parecían escapar del insinuante escote.

Se sentó frente a él. Sólo la esquina de la mesa impedía a Juan disfrutar del encanto de dos torneadas piernas que se montaban entre sí, dejando ver unos músculos tersos y bellos por debajo del ruedo que, de a poco, se adaptaba a las formas de las piernas que se abrían y cerraban en un acto de provocación que Juan aún no entendía.
-Déjame vestir y vamos. 
Dijo la tía, retirándose a la pieza desde donde mantenía una conversación intrascendente con el aturdido Juan que contestaba con confusos monosílabos. 

Después, ella apareció dentro de unos ajustados jeans que por detrás marcaban el tentador entorno de sus redondas nalgas. Por delante, partiéndose en dos, su entrepierna como un durazno a punto de madurar, floreciendo como labios hinchados de besar. Juan contemplaba aquello, impávido y aturdido.
- ¡Vamos! - Dijo ella tomándolo de la mano. 
Caminaron, preguntándose cosas sin importar las repuestas. Cada cual ensimismado en lo suyo. Juan quizá la imaginaba desnuda. Ella tal vez reía en silencio sabiendo, de antemano, el final de aquel juego, hasta ahora jugado sólo por ella.

En la tienda, Juan tuvo la libertad de elegir lo que quisiera. Así se lo hizo saber la tía cariñosa y bondadosa como lo señalara la joven vendedora que los atendía. 

Dejaron sobre la cama las perchas de madera que, cuidadosamente, guardaban un saco sport de fino corte, un pantalón crema al tono de la camisa; ésta con pliegues tomados en la espalda, y un par de mocasines marrones cosidos a mano. Ella, curiosa, se mostraba deseosa de ver cómo lucia su sobrino el regalo prometido. Él dio el sí y esperó que la tía se retirara, pero ella permaneció de pie frente a él que no atinaba a desvestirse. Ella tomó la decisión. Empezó por sacarle la remera, le alzó los brazos y logró retirarla de la cabeza del sobrino. Él percibió su cuerpo que olía a aroma de mujer que lo empezaba a enloquecer. Dejando su torso desnudo, fue hasta la cintura y desprendió la hebilla del cinto e invitó al sobrino a seguir. Éste, turbado, demoró la acción; fue ella, entonces, quien comenzó a retirar el pantalón, desabrochándolo, dejándolo caer ex profeso para luego hincarse y quedar a la altura del insipiente bulto que comenzaba a agigantarse conmovido y excitado por aquella mujer que no se detenía, arrinconándolo en los confines de la perturbación más deliciosa que su cuerpo hubiese alguna vez experimentado, provocando estremecimientos y escalofrió en toda su piel.

Metió con la ayuda de la tía sus dos piernas dentro de las amplias botas mangas del pantalón que subía despaciosamente en las manos caliente de la tía que las detuvo en el cierre. Fue por detrás de Juan - para no romper el cierre- diría ella a modo de aseveración que dejaba impávido al bueno de su sobrino, cruzó las dos manos desde atrás hacia adelante, tomó la cremallera y la hizo ir de abajo hacia arriba reiteradas veces, tocando los músculos sensibles del joven novato que a nada atinaba, luego, la camisa. Él se dejó estar, y ella lo vistió de pie a cabeza pasando sus tibias manos por todo el cuerpo de su querido sobrino.

Ella se sentó al borde de la cama pidiendo que retrocediera para contemplarlo mejor, dio varias miradas y algunas indicaciones que Juan aceptó sin reparos: el cuello más cerrado en el antepenúltimo botón, el cinto no tan ajustado, y el saco que cubriera los puños de la camisa; todo en su lugar. Lo invitó a acercase y el joven obedeció y fue hasta donde ella se hallaba sentada con la piernas abiertas. Lo atrajo hacia ella y lo metió entre sus muslos rosados y fuertes, lo acercó a sus pechos, y el bulto ya pronunciado de Juan quedó aprisionado entre dos mundos a punto de revolucionar el instante. Ella lo apretó contra su cuerpo, alzó la vista y con ternura le preguntó:
-¿Te gusta? 
El joven tontamente murmuro: 
-Sí, tía. 
Lo volvió a atraer contra su pecho y pasó sus manos por la cintura del joven, buscó la piel levantando los faldones de la camisa y besó su vientre. Juan volaba, se dejaba hacer, no ponía resistencia, no se atrevía a responder a las caricias. Ella se dejó caer de espalda sobre la cama y lo acomodó justo encima de su cuerpo, abrió las piernas y lo tragó entre sus fuerte muslos que lo aprisionaron dejándolo quieto. Él sintió, con placer, la dureza del entorno de la vulva carnosa, voluble y desmedida de la tía. Ella bajó las manos, buscó el cierre y con sapiencia lo fue abriendo. Juan, ya más colaborador, levantó su cuerpo para que fuera posible la tarea de la encendida tía. Ella levantó su pollera, y la piel se hizo una sola. Caliente la sangre pegando la carne, palpitando juntos, iniciando un mismo viaje al único rumbo que los uniría en una sola parte. Se adentraron conociendo su interior en lo más profundo del ardiente abismo, quemándose de deseos y placer en un estremecimiento final, sin palabras, en el fragor unísono de dos cuerpos copulando por lograr el cometido final donde cada uno puso lo mejor de sí. El fluido placentero corrió cauce abajo dejando la huella de los pasos por donde tía y sobrino pasaron cómplices y en silencio, esperando una próxima ocasión, en un nuevo y deseado encuentro en el renovado y prometido regalo. 

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