He comprendido desde hace mucho tiempo, que todos los seres humanos somos UNO . . . también entendí que “todos” nuestros senderos son uno solo, a lo largo del tiempo. . . por último, se con certeza ,que al final todo se convierte en luz irremediablemente . . . de modo que llegué a la conclusión, de que toda la creación es un solo sendero a lo largo de la eternidad y que, invariablemente siempre será luz . . .

Nosotros Somos, el Sendero de la Luz.

Con mucha emoción, ahora todo cuanto recuerdo, cobra una visión muy especial. Mis sueños y viajes astrales, ya no son los actos fallidos de una mujer incauta e inconsciente . . . son recuerdos, míos o de otros, que ayudan a quien los lee, a recordar quienes somos. . . por eso los hermosos ángeles y los amados guías, me ayudan a escribir, las Crónicas del Sendero de la Luz





Perdonar. . . hilar… y cantar



De los muchos o pocos temas que conozco, el perdón siempre fue el más difícil. ¿Por qué nos cuesta, desde nuestra perspectiva, otorgar el perdón a otros o a nosotros mismos? Les aseguro que todo radica en una gran ausencia de amor y una dosis de soberbia.

Hace muchos años avanzaba espiritualmente dentro de mi religión, pero ahora desde aquí veo los vacíos, que me hacían dudar de realidades divinas. Una de estas realidades es el perdón y esto ocurre cuando le quitamos la divinidad al perdón.., porque le quitamos el amor. Podría exponerles ampliamente la teoría del perdón. Sé el argumento teológico al respecto, inclusive el respaldo dogmático que pesa sobre él, pero prefiero contarles un sueño que me reveló lo que es el perdón, y que yo perdida entre mis textos y culpas, no he podido entender hasta hoy.

Siempre acepté que no sabía perdonar y me conformaba con tratar de olvidar. Un día me encontré con un error que me trastornó la vida por completo. Decidí hablar con alguien y quitarme ese peso, pero a pesar que ese alguien era un sacerdote amigo mío, simplemente yo no me sentía liberada. Él para consolarme me preguntó:

- ¿Qué crees que piensa Jesús de todo esto?

Sin pensar le respondí:

- Seguro que él ya me perdonó, la que no se perdona soy yo.

Y aquí con mucho cariño pero claramente me dijo:

- Eso se llama soberbia, te sientes tan perfecta, que no te perdonas ni un sólo error.



Pues eso si me dolió y mucho, ya que a mi lista de defectos y errores ahora tenía que agregar la soberbia. La lista ya era muy larga y sentía deseos de eliminarla pero, no sabía como hacerlo.

Ese día por la noche me quedé pensando en el perdón, la soberbia y mi larga e insoportable lista. Mi amable Guía vino por mí, me condujo por un camino tranquilo y curiosamente no hablaba. Yo no paraba de preguntar si era soberbia.., sobre mi lista.., y sobre aquello, que no permite que olvidemos nuestros errores y los errores ajenos. Pero él permanecía en silencio.

El Guía se detuvo y me señaló a un par de mujeres fuera del camino. Me acerqué para verlas mejor.., era una imagen muy agradable. Eran dos ancianas idénticas con el cabello muy largo y completamente blanco. Estaban sentadas en el suelo e hilaban de un mismo Vellón de Oro . Vi como una hilaba para dar forma a un ovillo negro y la otra a un ovillo blanco. Me senté frente a ellas, porque la curiosidad me empujó a tratar de averiguar, de donde sacaban lana de ese color y como la transformaban en dos colores diferentes, pero mi atención se fue detrás de sus voces. Ellas hablaban cantando y me contaron esta historia:



"Primero era un sólo pueblo y todo parecía felicidad. Algunos miraron hacia arriba y al ver el Cielo, pensaron que sería bueno llegar hasta ese lugar. Un hombre se puso de pie y le dijo al pueblo: "¿Quién es más grande que el sol en el cielo?. Sólo en él podemos confiar". Se creó el sacerdocio solar y los que lo siguieron se separaron del pueblo porque al Cielo querían llegar.

Y cuando el tiempo había pasado, una mujer habló: “¿Por qué debemos confiar en el sol? Es la luna la que nos dice cuando sembrar. Es la luna que nos dice cuando nuestros hijos nacerán. La luna vive en la noche y la noche debe reinar”. Nacieron las sacerdotisas de la luna y quienes creyeron en ellas se separaron del pueblo porque ellos también al Cielo querían llegar.

Cuando el tiempo pasó, nació la guerra, porque el día y la noche pelearon dentro del pueblo. Todos querían saber,

¿Quién debe reinar ?...¿La luz o la oscuridad?...

¿Quién es el más fuerte?

¿A quien le pertenece el Cielo?...

¿Quién conoce la verdad?...

¿Y el pueblo por qué tiene que llorar ?"



Las ancianas me miraron sonriendo y junto con la historia terminaron de hilar. Tenían en la mano cada una su ovillo, me lo entregaron y hablando a la vez, me preguntaron:

- ¿Quién debe reinar?



Actué por instinto. Sentí mi cabello sujeto en un moño sobre la nuca y al tocarlo el cabello se soltó. En la mano me quedó un huso de oro. Coloqué los ovillos en mi regazo y juntando la hebra blanca con la negra, empecé a hilar. Conforme hilaba sobre el huso, la lana tomaba un bello color dorado. Al igual que las ancianas canté una historia mientras hilaba y mi historia fue esta:

- “El Cielo miraba con pena al pueblo porque no dejaba de llorar. Sólo recordaban los errores y las culpas nacidas de tanto pelear. Buscó en el pueblo a alguien que no mirara con rencor y encontró sólo dos. Un sacerdote solar que en la luna vio el amor y una mujer de la luna que amaba al sol. En premio a su amor se les dio más amor. Así sus caminos se encontraron y dejaron de ser dos. De tanto amor nació un niño al que llamaron “Perdón”.



Perdón le cantó al pueblo y su bella voz les curó el corazón. Perdón los ayudó a terminar con la guerra, porque les mostró como es el amor. Así, la luz amó a la oscuridad y la hizo suya.., y la oscuridad, de tanto amar, en la luz se perdió. Perdón reinó para siempre con ternura y el pueblo en el Cielo vivió”.



Mi ovillo estaba completo. Dorado y perfecto. Las ancianas no dejaban de sonreír. Me mostraron un espejo y no me sorprendí de lo que veía.., yo era una anciana como ellas, con el cabello muy largo y completamente blanco. Quise entregarles el ovillo dorado pero ellas me dijeron cantando que era mío. No puedo negar que me gustaba y me despedí dando las gracias.

Mientras regresaba con mi Guía ya no quería hacer preguntas, el ovillo capturó toda mi atención, pero fue él Guía quien rompió el silencio con estas palabras:

- Si no puedes perdonar. . . sólo debes hilar . . . y cantar.



Como entenderán al despertar no entendí nada o no quería entender, pues la rara siempre era yo. Con mis sueños extraños y las voces que escuchaba o las cosas que sentía y que nadie más podía sentir , era lógico que dudara de mí. Pero he sacado este recuerdo del armario porque ahora sé lo que es: “He comprendido que la próxima vez que cometa un error o reciba una ofensa, debo unir con amor las hebras de luz y oscuridad que hay dentro de mi.

Entonces cantaré . . . hilaré . . . y perdonaré”







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Comentario por Rossana Ysabel el febrero 16, 2013 a las 7:38pm

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